Luis Batres: “El hombre ha conquistado el Cielo, la prueba es que hasta en la órbita se puede encontrar basura”

Luis Batres González (Barcelona, 1979) es experto en cualquier objeto que se tenga que poner en órbita. Un offsider que representa el eq…

Luis Batres González (Barcelona, 1979) es experto en cualquier objeto que se tenga que poner en órbita. Un offsider que representa el equilibrio entre investigación y desarrollo que tanto se aprecia en la empresa privada y en el sector de espacio en particular.

Actualmente es consultor independiente para empresas especializadas en el sector aeroespacial. Ha sido director comercial de la División de Espacio de GTD, la empresa líder en el mundo en crear lanzadoras para cohetes. Este ingeniero en Telecomunicaciones y master en Ciencia y Tecnología Aerospacial ha realizado un largo e intenso periplo por todo el mundo en empresas punteras en tecnología espacial: GTD, Rovsing, Thales Alenia Space, Indra Espacio y GMV, entre otras.
Además, ha colaborado con del Departamento de Defensa de Estados Unidos en el Pentágono donde ha desarrollado el RUFI (Robotic Unmanned Flying Insect) para el DARPA, ha sido jefe de proyecto para el Galileo IOV -el ‘GPS europeo’- y desarrolló su labor como investigador en el NOAA (Colorado State University).
Desde el Sputnik, en 1957, se han lanzado unos 30.000 objetos al espacio. El ritmo de lanzamiento de satélites -más de 100 cada año- está aumentando el riesgo de colisiones. Le preguntamos por el reciente y espectacular accidente entre dos satélites estadounidense y ruso, el primero en activo. Además de abordar la actualidad espacial.
¿No es sorprendente que sucedan accidentes de este tipo en misiones calculadas al milímetro?, la propia NASA lo ha calificado de “inusual choque”.
Para mí se trata de un hecho insólito. Existen unos 2.200 satélites abandonados alrededor de la Tierra, y todos están bajo continua vigilancia, lo cual permite evitar los choques. En el pasado, ha habido casos de colisiones, pero eran siempre con lo que se denomina un residuo, es decir, un trozo de un antiguo satélite desintegrado o el de un fragmento de cohete. Esta es la primera vez que dos satélites intactos entran en colisión.

Y aún es más insólito cuando uno de los satélites estaba aún operativo (satélite de comunicaciones estadounidense Iridium 33). Éste colisionó con el satélite inactivo de comunicaciones militares de Rusia Kosmos-2251 sobre Siberia. Los satélites, cada uno pesando más de 450 kilos y navegando a unos 28.000 km/h -17.500 millas/hora-, chocaron a una altura de 788 km sobre la Península de Taimyr, Siberia.
Lo primero que hay entender es que este incidente había sido predicho con la antelación debida. La NASA tiene el Orbital Debris Office (Oficina del Programa de la NASA de Restos Orbitales) en Lyndon B. Johnson Space Center donde se mantiene un seguimiento continuado de las órbitas de dichos satélites.
¿Por qué entonces no se hizo nada para evitarlo?
Las grandes agencias espaciales, como la estadounidense y la rusa, tienen radares que permiten seguir a los satélites alertando a sus colegas de posibles choques. Sin embargo, el choque del pasado febrero no fue alertado por un posible ‘error de vigilancia’. En mi opinión puede que no se haya hecho la maniobra anticolisión a tiempo, o que no se detectara el peligro. Ya se aclarará, pero es muy difícil de entender que no se haya producido una alarma. La tecnología actual debería haber previsto y evitado el choque.
¿Quién es el responsable de este accidente?
Yo no me atrevería a señalar a un responsable, la información que se ha divulgado no es suficiente como para encontrar un culpable del suceso. Puesto que el choque se produjo entre un satélite activo (Iridium 33) y uno ‘muerto’ (el Kosmos), en un principio todo apuntaría a que los controladores de la red Iridium cometieron una grave falta al no reaccionar apropiadamente.
Estados Unidos se despistó.
Como en algunos accidentes de aviación, este choque podría haberse evitado, pero parece complicado identificar a un culpable. Está claro que no podemos culpar directamente a Iridium, pero no por ello su conducta resulta menos reprochable. Lo honesto por su parte hubiese sido reconocer que no podían, ni podrán en el futuro, prever un accidente similar sin colaboración con el STRATCOM o con otros gobiernos, y no dedicarse a repartir acusaciones a diestro y siniestro.
"Es probable que este incidente abra el debate sobre la necesidad de crear un control internacional de objetos en órbita"
El problema de fondo es doble. Por un lado, no existe una base de datos de todos los objetos en órbita en tiempo real, así que ciertamente todas las predicciones de colisiones tienen un margen de error considerable. El segundo punto a tener en cuenta es que los militares norteamericanos, que son los que disponen de los mejores datos de objetos orbitales a través del Space Surveillance System (SSN), no hacen públicos todos sus datos.
¿Por qué?
Para evitar que los enemigos de los Estados Unidos puedan conocer las limitaciones del sistema y las órbitas exactas de los satélites espías norteamericanos. Los datos del SOCRATES y otros sistemas similares no están por tanto debidamente actualizados, lo que impide que puedan ser usados para evitar colisiones en el futuro.
Es muy probable que este incidente abra el debate sobre la necesidad de crear un control internacional de objetos en órbita, lo cual puede que requiera la instalación de más radares en diversas zonas del mundo que permitan trazar las órbitas de los satélites con una alta resolución temporal y espacial. Además sería necesario computar continuamente la probabilidad de colisión entre objetos, lo que requiere mucha potencia de cálculo. El problema es que los radares empleados para controlar satélites son los mismos que se usan para vigilar el lanzamiento de misiles balísticos. Con los Estados Unidos empeñados desde hace años en desplegar un escudo antimisiles destinado a reducir la eficacia de las fuerzas estratégicas chinas y rusas, está claro que la instalación de más radares será un asunto polémico.
A corto plazo, lo ideal sería que el STRATCOM hiciese públicos todos sus datos de los objetos orbitales en tiempo real, salvo quizás aquellos pertenecientes a satélites militares, de forma parecida a cómo se comparte la señal del sistema GPS. A largo plazo se podría crear una base de datos internacional siempre y cuando otros países se sumasen a ella, algo muy complicado de llevar a cabo, pero esencial para intentar evitar futuras colisiones.
Estoy desconcertado, creía que íbamos a hablar de telecomunicaciones y estamos tratando de estrategia militar, espionaje y potencias mundiales.
Desgraciadamente la tecnología no está absenta de política. Grandes avances científicos y tecnológicos se han forjado en momentos de altas tensiones políticas entre las principales potencias, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría son buenos ejemplos de ello. Ciertamente, las principales potencias militares y armamentísticas no se pueden permitir el lujo de ceder su supremacía tecnológica. Sería interesante que en el futuro nos ocupemos de separar los avances tecnológicos de las necesidades militares.
Volviendo al inicio, ¿qué se entiende por ‘basura espacial’?
El hombre ha conquistado el Cielo, no cabe la menor duda. Prueba de ello es que hasta en la órbita del planeta se puede hoy encontrar basura. En este caso, sin embargo, se trata más de ‘chatarra espacial’. Este término engloba cualquier objeto artificial sin utilidad que orbita la Tierra. Se compone de cosas tan variadas como grandes restos de cohetes y satélites viejos, restos de explosiones, o restos de componentes de cohetes como polvo y pequeñas partículas de pintura.
Estos deben ser mayores de cinco centímetros para que puedan detectarlos los radares del programa ‘U.S Space Surveillance Network’, encargado de controlarlos.
La iniciativa la desarrolla el Gobierno de Estados Unidos y tiene como principal objetivo detectar, controlar, catalogar e identificar estos objetos hechos por el hombre y que orbitan alrededor de la Tierra.
"La denominada ‘basura espacial’ es muy abundante y la tendencia actual es claramente al alza"
Asimismo, se encarga de predecir cuándo y dónde caerá un objeto de nuevo en la Tierra, cuál es su posición en el espacio, detecta nuevos cuerpos residuales en el espacio y a qué país pertenecen, además de informar a la NASA si estos objetos interfieren con la estación Shuttle o la Estación Espacial Internacional (ISS).
El problema aparece cuando estas partículas se desplazan a velocidades orbitales, donde una colisión, incluso con fragmentos de pocos centímetros, puede ser altamente perjudicial para los satélites en funcionamiento y puede producir aún más basura espacial.
O sea que estamos convirtiendo la órbita en un vertedero de dimensiones planetarias
Yo no diría un vertedero pero es verdad que la denominada basura espacial es muy abundante y la tendencia actual es claramente al alza. Alrededor de un 40% proviene de fragmentación en vuelo; un 15% de restos de lanzadores; el 20% de restos relacionados con la propia misión de los satélites y por último, alrededor del 25% de los propios satélites no operativos. Cada vez se lanzan más satélites no solo en el campo de las comunicaciones (satélites geoestacionarios), sino también en el campo de la observación de la tierra y los sistemas de navegación. Ahora bien, la tendencia actual se dirige hacia el uso de políticas adecuadas de reducción de basura espacial que evidentemente debería compensar el crecimiento de sistemas en vuelo.
Vamos, que una autopista sobrevuela nuestras cabezas

El incidente en que se han visto envueltos el Iridium-33 y el Cosmos-2251 ha puesto sobre la mesa los problemas de congestión de tráfico que amenazan a las zonas en las que orbitan los satélites. Se ha de exigir que se cumplan las medidas de reducción de escombros espaciales establecidas por la institución internacional con el objetivo de evitar más colisiones entre satélites y asegurar el sentido del orden en las órbitas de los aparatos.

El ritmo de lanzamiento al espacio de satélites -más de 100 cada año- está aumentando el riesgo de colisiones. Desde el Sputnik, en 1957, se han lanzado unos 30.000 objetos y, evidentemente, cuantos más pongamos en el espacio el riesgo es cada vez mayor. El sector espacial está debatiendo una serie de reglas encaminadas a facilitar la retirada de órbita de los satélites que ya han completado su vida útil y que se trata de desplazar a los aparatos inactivos hacia órbitas seguras.
¿Cómo se lo toman los miembros de la Estación Espacial Internacional el hecho de estar en medio de tantos objetos orbitando?
La colisión ocurrió en órbita terrestre baja a una altura de aproximadamente 750 kilómetros, una órbita compartida por numerosos satélites pero al mismo tiempo muy por encima de los 350 kilómetros de altura, la órbita en la que se encuentra la Estación Espacial Internacional y su tripulación humana. Debido a que los satélites pueden desintegrarse al ser golpeados por la basura espacial lanzada a gran velocidad, este accidente pone en evidencia los riesgos de una reacción en cadena —conocida como cascada de ablación— que futuras colisiones podrían terminar por provocar. El resultado, un escenario denominado el Síndrome de Kessler, bien podría ser que los vuelos tripulados se vuelvan muy peligrosos y la vida útil de los costosos satélites se redujera considerablemente.

¿El Síndrome de Kessler?
Este síndrome sostiene que el espacio alrededor de la Tierra se hace tan problemático con la basura que los lanzamientos son casi imposibles. Los vehículos que entraran al espacio resultarían rápidamente destruidos. En mi opinión, el Síndrome Kessler, pertenece más a un elemento clásico de la ciencia ficción.
"Hay que advertir acerca de la aparición de una barrera económica a la exploración del espacio"
Existe una solución a la amenaza de reacción en cadena, pero es costosa. Expertos de la NASA llevan años estudiando esta situación y parece que la única respuesta segura era proceder a tomar medidas de remedio ambiental, incluyendo el retiro de los objetos grandes de su órbita.

Unos robots podrían instalar cohetes de cohetes para enviar las naves muertas de vuelta a la atmósfera, o podrían usarse rayos láser disparados desde la Tierra para destruir los desechos. La mala noticia es que en el corto plazo, ninguna técnica de remedio parece ser técnicamente factible ni económicamente viable.

Con todo, hay que advertir acerca de la aparición de una barrera económica a la exploración del espacio. Para combatir estos desechos los diseñadores tendrán que darle a las naves más y más protección, luchando para protegerlas de la destrucción y haciéndolas más pesadas y más costosas.

¿Qué hace Europa al respecto?
La ESA está lanzado el programa SSA (Space Situational Awareness). Uno de los objetivos principales de este programa es dotar a Europa de un sistema completo de seguimiento de la basura espacial (denominado Space Surveillance), y alimentar y enriquecer la información actualmente existente. Para ello se está analizando los medios a desplegar (observación óptico y radar) y los sistemas de procesado y distribución requeridos en Tierra. España tiene especial interés en este tema y tiene como objetivo ser un jugador principal aportando los medios y capacidades de los centros actualmente desplegados en nuestro país -por ejemplo el ESAC-.

Hay una tendencia natural a que estos cuerpos vayan cayendo hacia la superficie terrestre atraídos por la gravedad de la Tierra. A pesar de que la Oficina del Programa de la Nasa de Restos Orbitales controla esta circunstancia, ¿qué riesgo real existe de que un fragmento de esta basura espacial se precipite sobre un núcleo urbano?
En parte eso es así, pero depende de cómo de cercaestén sus orbitasde la Tierra, algo que suena lógico solo conociendo que tenemos una ley de gravedad queatrae con mayor fuerza a los que orbitan a ‘baja’ altura.
Un objeto a una altitud menor a 200 kilómetros tarda algunos días en caer, uno que orbita a una altitud de entre 200 y 600 kilómetros tarda algunos años, uno que lo hace entre 600 y 800 kilómetros tarda décadas, uno que se sitúa a una altitud mayor a los 800 kilómetros tarda siglos y tardaría toda la vida si el objeto está a 36.000 o más kilómetros de altitud.
Aquellos objetos que se precipitan finalmente a la Tierra lo hacen siempre de forma controlada. La mayoría de basura se desintegra al entrar en la atmósfera terrestre. Los objetos de un tamaño considerable se monitorean para poder predecir y controlar la reentrada y normalmente caen en el océano.
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