Mandela: el perdón

Sudáfrica amanece entre cantos a Dios y preocupación en parte de los ciudadanos por la muerte del hombre que ha simbolizado la construcc…

Sudáfrica amanece entre cantos a Dios y preocupación en parte de los ciudadanos por la muerte del hombre que ha simbolizado la construcción de este nuevo país, heredero de uno de los más crueles regímenes que la mente humanan puede concebir basado en el racismo. La salida de aquella pesadilla no ha sido un sueño. Sudáfrica, el país de mayor potencial de África, cuyo PIB representa más del 20% de aquel continente, sigue presentando índices alarmantes de criminalidad, de diferencias sociales y de carencias básicas. Pero el progreso material y la sensación de libertad siguen ahí y sus habitantes mantienen un espíritu religioso que se ha hecho patente en las imágenes de estos días. Existe preocupación por la desaparición de Mandela, no porque este tuviera ninguna capacidad de intervención en estos últimos años, sino porque su autoridad moral seguía viva sin necesidad de presencia ni palabras.

Es un hecho que la elevada criminalidad en el país tiene algunos focos específicos que no pueden explicarse solo en términos de delincuencia, como la elevada tasa de muertes de los granjeros blancos, pero a pesar de ello hay que confiar en que lo que se ha sabido construir no empiece a ser destruido ahora. Para que sea así, resulta imprescindible que mantengan vivo el emblema de Mandela, el motor de todos los cambios y sobre todo de su éxito, la razón por la que es tan admirado en el mundo. Porque su imagen es propia de un líder global. Esta gran fuerza se llama perdón. La vida de Mandela, su más de un cuarto de siglo de prisión, la forma como encaró la salida del apartheid y gobernó, tuvieron como eje el perdón y la reconciliación profunda. Profunda e inmediata. Su acogida a los blancos y la permanencia en sus lugares en el ejército y la policía de quienes habían contribuido decisivamente a las brutalidades del apartheid permitieron forjar este nuevo país de gran mayoría negra en el que los blancos pueden continuar su vida, que a tenor de las cifras sigue siendo extraordinariamente buena.

Este ejemplo de Mandela es válido para todos y de manera especial para aquellas sociedades como la española, que mantienen rescoldos humeantes de históricas querellas que con facilidad caen en el cainismo, aunque ahora solo sea verbal. La política española se entiende siempre como un acto de vindicación y de orgullo, como un choque de carneros, a pesar de que sabemos por experiencia histórica que esta forma de proceder, tan poco cristiana, donde el perdón no encuentra una acogida real solo ha conducido al fracaso y a la esterilidad.

El mejor ejemplo en sentido contrario fue el de la Transición de los años que pilotó Suárez. Los que los vivieron pueden recordar la sensación de un nuevo inicio real, en el que todo era posible; por tanto, de incertidumbres, pero sobre todo de esperanzas, de ganas de construir grandes cosas. Lo que hicieron tiene un mérito histórico extraordinario: pasar de un sistema autoritario, de nacimiento dictatorial, a una democracia. Y hacerlo de forma pacífica, con violencia en los bordes, como era inevitable, pero con un tronco de la sociedad asentado en la serenidad y la convivencia. Fue precisamente esta capacidad mutua para la comprensión y el perdón lo que hizo posible afrontar una crisis económica de gran magnitud; la que hizo posible los Pactos de la Moncloa, que encarrilaron por mucho tiempo la política económica de este país. En definitiva, la que nos hizo capaces de superar todo aquello que ahora nos esclaviza: la falta de generosidad, el oportunismo, la política convertida en bandería… Es terrible, y revive a una escala distinta los antiguos demonios. Surgen otra vez las diferencias entre Cataluña y el conjunto de España. Renace la cuestión religiosa. Se acentúa la crispación social.

Todo esto exige una respuesta que solo el perdón, la reconciliación, el reconocimiento de las bondades del otro pueden aportar. El ejemplo de Mandela sin duda puede ayudarnos, pero sobre todo nuestra propia experiencia reciente debería ser la pauta de conducta actual. En este terreno, los cristianos deberían ser lo que Jesucristo nos dice que debemos ser: la luz que ilumina, la sal que da sabor; y también esta exigencia nos llama a interrogarnos sobre si en estos tiempos difíciles estamos cumpliendo con nuestro papel o demasiados han convertido al catolicismo en una ideología de regresión y confrontación en lugar de una oferta de acogida y reconciliación.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>