María Estuardo, la reina sin reino

Puede parecer algo precipitado comenzar un artículo con un titular tan pretencioso como éste: un oxímoron siempre trata algo grav…

Puede parecer algo precipitado comenzar un artículo con un titular tan pretencioso como éste: un oxímoron siempre trata algo grave y, en este caso, como suele acontecer, lo es. Aparentemente la vida de la realeza es fácil: algunos compromisos sociales, algunas responsabilidades pero en general poco trabajo y una vida cómoda costeada por un gran número de sirvientes avasallados bajo el pomposo título de monarca que sostiene una persona cuyo mayor mérito es haber nacido.

María Estuardo nació casi reina y sin embargo murió cuál delincuente en el remoto castillo de Fotheringhay, en Northamptonshire. Su historia, tan fascinante como aterradora, la ha convertido en uno de los personajes más trágicamente interesantes de toda la edad Moderna.

María heredó el trono de su padre, Jacobo V de Escocia, a los 6 días de edad. Pocas semanas después el fatalmente renombrado Enrique VIII de Inglaterra propuso a la viuda del rey prometer a su pequeña en matrimonio con el príncipe Eduardo, quien tenía que suceder a su sanguinario padre en el trono inglés. María de Guisa, madre de la futura reina e hija de una nobilísima familia francesa, pronto quebrantó el trato debido a las exigencias del que tenía que haber sido suegro de la princesa. El monarca inglés quería, ni más ni menos, que la custodia de María, así como que Escocia rompiese sus relaciones con Francia. La custodia de la futura reina implicaba su educación, pues María era católica e Inglaterra anglicana. El cese de la ayuda francesa habría dejado sola a Escocia, un territorio secundario y algo atrasado, ante la floreciente tierra de los ingleses.

Enrique VIII no encajó bien tan repentina negativa y su reacción ante la determinación de María de Guisa fue la de invadir Escocia para secuestrar a la futura reina, que era entonces apenas una tierna criatura. El brillante porvenir de María comienza en 1547, año en que fallece Enrique VIII de Inglaterra. Ese mismo año Enrique II de Francia hereda el trono de su padre, Francisco I. El monarca francés propone a María de Guisa casar a su hijo Francisco con la pequeña María Estuardo, propuesta que fue aceptada por la madre de ésta. De esta manera, María Estuardo, aun siendo la heredera de Escocia se convierte en Delfina de Francia y parte hacia la corte de París donde será educada y pasará los 13 años más felices de su vida.

En 1558 María Estuardo y el futuro Francisco II de Francia contrajeron matrimonio. La temprana muerte de Enrique II convirtió a los jóvenes en monarcas poco tiempo después de su desposorio. A sus 16 años, María Estuardo es, pues, reina de Francia y de Escocia, aunque su madre fuera todavía entonces reina regente, al mismo tiempo que es la primera en la línea de sucesión del trono inglés. En caso de haber heredado dichos territorios, María hubiese supuesto un auténtico peligro para el imperio más poderoso de aquellos tiempos: la monarquía hispánica, ya que las Provincias Unidas hubiesen quedado atrapadas en una temible tenaza de territorios francoingleses bajo el reinado de una jovencísima escocesa.

Pero no solo la monarquía hispánica temía a la futura reina, también a Isabel II de Inglaterra, último miembro de la familia de los Tudor en ocupar el trono inglés, le espantaba la idea de ver Escocia, Francia y hasta su misma Inglaterra unidas bajo el hipotético reinado de la que debería haber sido la primera Estuardo en acomodarse en el trono de Londres. María, además, era cristiana católica y contaba con el apoyo de los católicos ingleses, quienes no aceptaron jamás a Isabel como legítima reina.

La situación para María Estuardo sufrió un irreversible traspié en 1560, pues murieron tanto su madre como su esposo. La muerte de María de Guisa la convirtió en reina de Escocia pero la de su esposo hizo que dejase de ser reina de Francia: fue Carlos IX quien heredó el trono, y su madre, Catalina de Médici asumió la regencia.

Despojada de cualquier derecho y arropamiento francés, María vuelve a su Escocia natal en 1560, pero la acogida que allí le esperaba no puede considerarse una bienvenida digna ni siquiera de un traidor brote de viruela. La tierra de las Highlands se encuentra sumida en una rebelión protestante encabezada por John Knox. La inexperta reina no puede contar con el apoyo francés que había recibido su madre, y además Isabel de Inglaterra apoya a los traidores. Sus primeras y bravas decisiones son tomar como consejero a su hermano ilegitimo, que era protestante, y no reconocer a Isabel como reina.

María se casó en 1565 con un primo suyo, descendiente de Enrique VIII y católico, Lord Darnly. Sin embargo, el matrimonio no duró mucho: en un repentino ataque de celos, el rey mata al secretario de María y ésta le rechaza, a pesar de estar embarazada de su hijo Jacobo. Lord Darnly muere a las pocas semanas en una misteriosa explosión del castillo dónde se alojaba. En 1567 María es secuestrada y obligada a casarse con un protestante, Bothwell.

En ese momento la nobleza escocesa, de confesión católica en su mayoría, le retira el apoyo y la obligan a abdicar en su hijo, que es apenas un infante. María escapa e intenta recuperar el trono escocés, pero es derrotada y marcha a Inglaterra, donde es capturada y juzgada por la muerte de su segundo esposo.

Finalmente, tras 18 años privada de libertad, María, la reina que podría haber disputado la hegemonía a los territorios de Felipe II, es decapitada el 18 de febrero de 1587, acusada de conspiración contra Isabel: por alzar presuntamente a los católicos e intentar conseguir el trono inglés con la hipotética ayuda de Francia y de los propios reinos hispánicos.

Esta historia es la de una auténtica tragedia en tres actos: un matrimonio, dos muertes y una pelea doméstica irresuelta que terminaron con la vida de la mujer que habría podido cambiar el curso de la historia, con el brazo ejecutor de una temerosa corona inglesa. Pero, caprichos del porvenir, será el hijo de María, Jacobo, quien sucederá a Isabel en el trono inglés. Una victoria tan tardía como inútil, pues la disyuntiva a la historia europea yace en un remoto castillo del corazón de Inglaterra. Descanse en paz.

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