Marx, el Profeta

Marx fundó una religión a su nombre sin darse cuenta Marx fundó una religión a su nombre sin darse cuenta

Desde mi nacimiento, y con exponencial intensidad, he ido escuchando el nombre de Karl Marx, el genio, el infame, el enfant terrible de la filosofía. Como persona y autor está catalogado oficialmente de filósofo, pero muchos desde su vida hasta hoy, no lo han tratado como tal, sino como un Profeta, aun no dándose cuenta. Como una figura religiosa. Este trato ha conllevado importantísimas consecuencias para el desarrollo de las sociedades humanas. Y debería parar.

Analicémoslo bien: todas las figuras más o menos importantes dentro de la filosofía tienen sus seguidores y admiradores, pero nadie cree que estas importantes personalidades históricas, desde Platón hasta Heidegger, estén en posesión de la verdad absoluta, por lo menos en los campos que cada cual tocó. Pero hay algunas figuras históricas que pasan por encima regla, la mayoría  tienen que ver con la religión. Todo el mundo cree que todo lo que dijo Jesucristo es cierto si antes acepta sus premisas (que Él es Dios, que Dios existe, etc.). También pasa lo mismo con Mahoma. Con Buda no tanto porque no existe una vinculación divina directa, pero casi. En el lejano Oriente se toma a menudo a Lao-Tse y Confucio como autoridades morales inmaculadas, imbuidas en mito y leyenda. Pero estas personas han sido gente de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. No fueron incorruptibles. Podemos demostrar que para que los preceptos de una religión rijan la vida de uno no hace falta que haya una mitología divina de por medio.

Y esto es lo que ha pasado con Marx y el comunismo. Marx no solo fue un hombre de pensamiento. También lo fue de acción. Creía con pasión en lo que escribió y no dudó desde el primer momento en lanzarse al mundo, desde Alemania a París o Londres y al final de su vida a Nueva York a propagar sus ideas. Aunque su pensamiento no toque para nada algo que tenga que ver con lo sobrenatural, el modo de pensar y actuar concuerda perfectamente con el perfil de un profeta. Y esto no es en principio malo. Marx es un señor que quiso intentar convencer al mundo de lo que pensaba. Y normalmente existe una tendencia a la proporcionalidad directa entre el éxito de una idea y su veracidad y calidad. Aquellos que le menosprecian no deberían hacerlo.

Marx fundó una religión a su nombre sin darse cuenta porque aún hoy la gente habla en nombre suyo, la gente se declara seguidor suyo como no lo hace de ningún otro filósofo, y su nombre mismo es el de una corriente, o una serie de corrientes de pensamiento que a veces, de hecho, no tienen mucho que ver con los textos sagrados originales, como El Capital. Marx habló sobretodo de cómo no tenia que ser el mundo, y muchos le malinterpretaron y le ampliaron el pensamiento sin su consentimiento (porque estaba muerto) hasta querer decir como tenía -y tiene- que ser el mundo.

El Marxismo es la religión central de nuestra cultura, no el cristianismo u otra religión con un enfoque divino, porque en esta sociedad laica lo que importa es este mundo, no el siguiente, y lo que importa es como debería ser este mundo. El debate de la vida ultra-terrenal se relega al ámbito privado y en el ámbito público se procura que el debate sea sobre una filosofía accesible a todos los públicos: la ideología, es decir, la filosofía para los incultos. Mientras que las matemáticas y ciencias exactas avanzadas desarrollan teoremas solo accesibles a unas pocas mentes, la filosofía estándar se pierde en un laberinto de extraños conceptos, ideas y personas descaradamente complejo, y la música y otras disciplinas artísticas requieren años y miles de horas de práctica y trabajo para ser dominadas, entre todas las actividades humanas hay una que sobresale por su facilidad de entrada y su poca rigurosidad: hablar de ideología y política, sobre todo cuando se hace de manera más informal. Ahí no hay que acreditar nada, todo el mundo puede opinar, hasta el más inculto y malévolo. Todos tienen derecho a opinar sobre lo que (no) saben. Si no fuera porque la humanidad aún está acomplejada por todos los siglos de falta de libertad de expresión, podríamos llegar a decir que esto es incluso injusto.

Mientras que todas las ciencias, artes y oficios tienen miles de reglas, ideas, técnicas y fórmulas, en la ideología se puede resumir todo en dos conceptos: izquierda y derecha. Así de simple y fácil. Y cuando algo es así de simple y fácil, es sospechoso. Básicamente porque la izquierda es el nombre que se le ha dado a una serie larguísima y variadísima de movimientos sociales con enfoques muy distintos y contrarios. Que si medio-ambiente, que si apoderarse de los medios de producción, que si feminismo, que si lo que sea. Los eslóganes y objetivos van mutando según los países y las eras. En el fondo esto se ha permitido que sea así porque el gran orgullo y superioridad moral de la izquierda ha consistido en jactarse de quienes no son, es decir, de la actual sociedad corrupta, del sistema tan denostado por esas personas, el capitalismo.

Luego está la derecha, que suele equivaler a lo que es el establishment, la gente conservadora, etc. de cada sociedad. Es decir, la derecha no es algo, es un grupo de personas para la izquierda. A la derecha se pertenece, no se escoge ser. Y esto es así porque en el fondo, la derecha es el no-sistema. La derecha es la ausencia de ideología. La izquierda lucha contra un capitalismo que nunca derrota porque da bandazos ciegos contra un ente incorpóreo. Un ente que está basado en la libertad personal, y que por tanto no tiene estructura, ni organización, ni principio ni fin. Un ente económico que solo refleja la realidad social, una realidad que engloba una serie de muchísimos sistemas y subsistemas políticos, tanto dentro de un país como en el orden mundial. Pero la izquierda, ajena a esto, insiste en simplificar el debate en las famosas dos direcciones.

Y así como durante siglos no entrar en el debate sobre si eras cristiano o no era el mayor sinsentido que podrías tener jamás, hoy en día es imposible no ser ni de izquierdas, ni de derechas (o ni de centro). El no clasificarse en la barra no tiene sentido. Has de ponerte allí, sea donde sea, obligatoriamente. Puedes, en definitiva, declararte seguidor en mayor o menor medida de la religión Marxista, o puedes no hacerlo, pero la elección la has de tomar.

Hoy en día es imposible imaginar un sistema de partidos que no esté basado en esta dicotomía, pero ojalá llegue el día en que valoremos a nuestros políticos por sus aptitudes y actitudes, y no por esta religión laica, producto ni más ni menos que del pensamiento incipiente de una sociedad adolescente, que despertó de la niñez intelectual en la Ilustración con la masificación del índice de alfabetismo.

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