Marx en la mente de Ratzinger (I)

Spe Salvi son las dos palabras que inician la segunda encíclica sobre “la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana” de …

Spe Salvi son las dos palabras que inician la segunda encíclica sobre “la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana” de Benito XVI, publicada el 30 de noviembre del 2007, prácticamente dos años después de la publicación de su primera encíclica Deus caritas est, aparecida en enero del 2006.

Resulta difícil clasificar el último texto de Benito XVI. Por un lado, es una indagación teológica sobre la virtud de la esperanza, pero, por otro lado, es un excelente monográfico sobre filosofía de la historia donde el autor dialoga con los grandes pensadores modernos y contemporáneos.

Un ejercicio intelectualmente riguroso, propio de un Herr Professor, acostumbrado a la lectura de los clásicos del pensamiento y al arte de argumentar. Ratzinger edifica un ensayo sobre la esperanza considerando las grandes objeciones del pensamiento contemporáneo y respondiendo a cada una de ellas.

Especialmente interesante es la receptio de Marx en la última encíclica. Ya en la primera se refirió a él, como también a Friedrich Nietzsche, el maestro de la sospecha por antonomasia. En ésta ahonda en el espíritu y en la letra de la filosofía marxiana.

La lectura de Marx se articula en un doble nivel. Valora por un lado, su decidida apuesta por la justicia y por la igualdad, así como también reconoce los agudos análisis de Engels sobre la situación de la clase proletaria, pero critica algunos aspectos fundamentales de su obra y el materialismo histórico y dialéctico que la fundamentan.

Dice Benito XVI: “Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica los cambios hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía de nuevo. Después, la revolución se implantó también de manera más radical en Rusia” (& 20). Probablemente es la primera vez en la historia que la máxima autoridad de la iglesia católica se refiere al autor del Manifiesto del Partido comunista (1848) en estos términos.

Y añade: “Con su victoria se puso de manifiesto también el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros” (& 21).

Sin citar la caída del muro del Berlín (9 de noviembre de 1989), ni la consiguiente descomposición de la Unión Soviética (1991), inspirada en el marxismo-leninismo, Ratzinger elabora una crítica apriorística de la filosofía de Marx. Muestra como en la entraña de su obra subsiste un desconocimiento del misterio más hondo del ser humano, el enigma de la libertad que habita en él y defiende la imposibilidad de reducirlo a un puro conglomerado de determinaciones sociales y económicas.

“El error de Marx -sostiene Ratzinger- no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y olvidado su libertad. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo desde fuera, creando condiciones económicas favorables” (& 21).

Los mismos discípulos heterodoxos de Marx, entre ellos, los miembros de la Escuela de Frankfurt, que Ratzinger cita prolijamente en esta última encíclica, se habían ya referido a estas incongruencias de Marx.

Como en el caso de Sigmund Freud, los discípulos vieron las miopías e hipérboles de su maestro. Incluso en supuestas condiciones de igualdad social y económica, el deseo de felicidad del ser humano no queda colmado, como tampoco realizada la libertad que anida en su ser, ni la aspiración a la plenitud. Las estructuras sociales y económicas son claves para alcanzar una mínima dignidad humana, pero en el mejor de los mundos materiales, el ser humano no alcanza la felicidad, porque es un ser constitutivamente abierto a la trascendencia, un ens capax Dei.

Con suma finura intelectual, no cae en la trampa de criticar a Marx por sus consecuencias históricas, pues siempre se podría argüir que los sistemas totalitarios que derivaron de él fueron, de hecho, una adulteración o peor todavía una instrumentalización de la filosofía de Marx. Y en parte, se debe reconocer, que así fue.

La crítica va a la entraña de su pensamiento, al nivel más antropológico. El ser humano no se puede reducir a un simple conglomerado de determinaciones sociales y económicas y, menos aún, a pura materia en movimiento. En él subsiste una semilla de eternidad que nada puede colmar en este mundo.

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