Match Point‘, de Woody Allen: suerte y desamor en terrible tensión

En su relato "Justo castigo" (Perfiles, 1975), Woody Allen nos cuenta una curiosa historia en la que un dramaturgo de mediana edad, obvio tr…

En su relato "Justo castigo" (Perfiles, 1975), Woody Allen nos cuenta una curiosa historia en la que un dramaturgo de mediana edad, obvio trasunto del mismo Allen, encuentra el amor apasionado y correspondido de una joven arrebatadora e inteligente bastantes años menor.
 
Ésta, antes de presentarlo oficialmente a su familia, con esa clásica intención entre la chanza y la temerosa cautela, le advierte sobre la tremenda belleza de su hermana pequeña, ante el lógico temor de que pudiera abandonarla por ella. Y en efecto, él acaba sintiéndose terriblemente atraído por un miembro de la familia de su amante, mas no por la atractiva hermana, sino por su madre.
 
Match Point (2005) es la última película de Woody Allen. El punto de partida es, si bien no idéntico, sí análogo: el joven profesor de tenis Chris Wilton, tenista irlandés retirado, contacta con Tom Hewett, primogénito de una prototípica familia burguesa anglosajona y hermano de Chloe, una atractiva joven que se enamorará de él como consecuencia de un funesto flechazo. 
 
Como se verá, pese a los favores de todo tipo que su nueva amante le dispensa, él no podrá refrenar una pasión creciente y casi puramente sexual hacia Nola Rice, la inicial prometida de Tom. Pronto Chris contraerá matrimonio con Chloe, a quien permanecerá infiel en todo momento, acompañado de un sentimiento de culpa que va alimentando consciente o inconscientemente mediante furtivos y cada vez más numerosos encuentros con Nola. Entre tanto, Chloe desarrollará prácticamente en solitario una frustración y una obsesión producida por su aparente imposibilidad de concebir.
 
La suerte parece ser el leit motiv de esta nueva producción. En algunos partidos de tenis, según se nos dice en su comienzo, la pelota bota sobre la red, de tal modo que su resultado permanece a merced del azar durante esos segundos en los que no sabemos en qué parte del campo acabará cayendo.
 
La buena suerte no parece ser en absoluto una bendición, o al menos no según Allen; la suerte vacía, inconsistente y opaca a la que tanta alusión -de forma incluso demasiado explícita- se hace durante los cerca de ciento veinte minutos de metraje, se entrelaza irremisiblemente con el fatum, con ese terrible destino que se cernía como una oscura nube sobre los personajes de las obras clásicas y que en tantas ocasiones las hacía culminar de modo trágico.
 
En el caso que nos ocupa, el azar -sustituto posmoderno del épico destino y de la caprichosa voluntad de los antiguos dioses- castiga con la buena suerte a un protagonista que parece no poder escapar a un destino que le sonríe con la desdentada y torva sonrisa que dirige el juez prevaricador al acusado culpable de todos los cargos imputados cuando le absuelve de ellos, consciente de que no hay mayor pena que el abandono del reo a merced del enorme y creciente peso de su conciencia, de una conciencia que no se apoya más que en la incapacidad de obtener su propia compasión.
 
El nihilismo al que nos tiene acostumbrados Allen cruza de nuevo la delgada línea incolora que separa sus dos manifestaciones más lógicas, y así la comedia deconstructiva y divertida deja paso una vez más a la tragedia casi absoluta, al abismo del ser inconsistente -como Lenny Mendel, aquel personaje de otro de sus famosos relatos- que deja de ser dueño de sus actos cuando toma consciencia de su papel como mera marioneta a manos del azar o, con más precisión y riesgo, se convierte inconscientemente en una mera marioneta a manos de un presunto azar cuando deja de ser dueño de sus actos.
 
La conclusión es desoladora y terrible, como la película, cuya tensión narrativa va en aumento en su rumbo fijo hacia la desesperación, pese a algún guiño humorístico y al personaje de Tom, interpretado por Matthew Goode, una suerte de patético alter ego de Bingo Little, aquel enamoradizo y simpático personaje de P.G. Wodehouse. Entre las interpretaciones, cabe destacar las que nos ofrecen Scarlett Johansson y, de modo paulatinamente creciente en calidad, John Rhys Meyers.
 
La banda sonora, en la que la ópera sustituye al jazz al que Allen nos tiene acostumbrados; el hecho de que Inglaterra releve a Nueva York como telón de fondo en el que se desarrolla la trama; o el contraste que ofrece su dramatismo respecto al tono más o menos desenfadado de sus últimas producciones, son factores que pueden provocar en algunos espectadores la engañosa sensación de estar asistiendo a la película más atípica de su célebre director.
 
No obstante, quien conozca su trayectoria ideológica y vital, tan ostensiblemente plasmada en sus obras, se rendirá ante la evidencia de estar frente a la que es sin duda una de sus más notables creaciones hasta el momento.

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