Matrimonio y familia (I)

El pasado domingo se inició en Roma el Sínodo de Obispos –en el que participan obispos, religiosos y laicos, hombres y mujeres&nda…

El pasado domingo se inició en Roma el Sínodo de Obispos –en el que participan obispos, religiosos y laicos, hombres y mujeres– y que tratará sobre "Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización". Tema actual, el más importante que hoy tenemos sobre la mesa: matrimonio y familia tal como los tenemos que afrontar hoy. Y los temas del borrador son: ancianidad, vejez, enfermedad, desempleo, precariedad, homosexualidad, divorcio, droga, celibato, esterilidad, violencia, guerra, sufrimiento de los padres… nada se quedará en el tintero.

Siempre que hay un acontecimiento de la Iglesia todo el mundo opina y sobre el Sínodo no es diferente, los comentaristas de los periódicos, creyentes o no creyentes, comprometidos o no, van metiendo cuñas para orientar sus lectores. Como hoy manda el relativismo total, todo se ve bajo este prisma y, por tanto, cualquier postura es válida: casarse por la iglesia, casarse por lo civil, no casarse, vivir juntos, hombre y mujer, dos hombres o dos mujeres… El miedo al compromiso y al amor para siempre -la entrega fiel, fecunda e indisoluble- es el precio que está pagando el hombre relativista.

La Iglesia, católica, misionera, hace la función de un "hospital de campaña" y va más allá de sus fronteras visibles. En la ley del más fuerte, los más débiles son los que pagan la factura: niños, ancianos y mujeres, recuerda el Papa. Al venir a menos el concepto de ley natural, se tiende a disolver el vínculo entre amor, sexualidad y fertilidad, entendidos como esencia del matrimonio, y muchos aspectos de la moral sexual de la Iglesia hoy no se entienden.

Todo vale en nuestra actual viña relativista, todo es igual de válido, todo el mundo puede hacer lo que le parezca y nadie puede decir que alguien hace algo malo. Hace unos días el director de un periódico, alegando la misericordia, ya dejaba entrever que esto del adulterio es algo que hace que cuando se despierta a media noche se encuentre en la edad media.

Robert Spaemann es un filósofo alemán, profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Munich, que acaba de publicar un trabajo –Divorce and Remarriage– donde explica el atractivo del matrimonio católico y el revulsivo que la enseñanza de la Iglesia suponen en un contexto de aceptación generalizada del divorcio.

Spaemann se alarma ante las cifras de rupturas matrimoniales en las sociedades occidentales, pero le preocupa más la mentalidad divorcista que se ha extendido entre los católicos. Para los creyentes también el matrimonio ha dejado de considerarse una realidad nueva e independiente que se encuentra por encima de la individualidad de los esposos y que no se puede disolver ni por voluntad de los cónyuges ni por la decisión de un sínodo o del Papa.

Cree que no nos podemos rendir ante ciertos "valores" actuales ya que, desde siempre, –desde la misma época romana– el mensaje cristiano ha contrastado con el modo de vida predominante. La Iglesia, hoy, lo quiera o no lo quiera, se está convirtiendo en una contracultura y su futuro dependerá de la fidelidad a las enseñanzas del Evangelio, con independencia de lo que acepte la sociedad.

Spaemann se duele de ver como muchos católicos contraen matrimonio sin estar convencidos de su indisolubilidad. Se casan sin saber las implicaciones del sacramento. La culpa, en gran parte, es de la misma Iglesia, que en la preparación del matrimonio cristiano no presenta a las parejas una imagen clara de las responsabilidades que asumen. Si lo hiciera, muchos decidirían no casarse por la Iglesia. Pero en otros, una buena preparación les ayudaría a decidir su conversión.

No se pueden buscar alternativas para disminuir las responsabilidades que conlleva el compromiso conyugal. Es necesario promover el atractivo de la concepción cristiana del matrimonio y la belleza de la vida matrimonial con sus exigencias, sin diluirlas, sin rebajarlas. Si no fuera así, desaparecería.

Spaemann cree que hay un gran atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer nada la puede destruir; que existe "en la juventud y en la vejez, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza…". Esta convicción es una estimulante y maravillosa fuente de gozo y fortaleza para aquellos esposos que pasan por momentos de crisis matrimonial y que buscan encender, de nuevo, su hermoso y antiguo amor.

Otro aspecto que le preocupa, y mucho, es la opinión de algunos clérigos y obispos que en vez de reforzar el atractivo natural e intuitivo del matrimonio indisoluble "recomiendan" o sugieren "tener en cuenta otra opción": un "segundo matrimonio "que la Iglesia bendeciría en nombre de Dios. Esto es una alternativa a la doctrina cristiana y es una capitulación a la voluntad de Jesús.

Spaemann dice que esta forma de pensar se basa en un grave error: el paso del tiempo no restaura la inocencia, y la amortiguación progresiva del sentido del pecado que genera el paso del tiempo, no hace que el pecado desaparezca. El adúltero, vuelto a casar, quisiera tornar al seno de la Iglesia, estaría dispuesto a confesar la culpa, pero no está dispuesto a pagar el precio de la continencia. Si la Iglesia bendijera esta segunda unión la persona abandonada vería como su abandono recibe un sello de aprobación eclesiástica.

Si fuera así, dice que se debería cambiar la fórmula del compromiso y en vez de decir hasta que la muerte os separe decir hasta que el amor de uno de los dos se enfríe.

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