Matrimonios al 50%

A los abuelos de hoy, que la gran mayoría ya tenemos los hijos fuera de casa, nos puede pasar –si hace poco que estamos jubiados– q…

A los abuelos de hoy, que la gran mayoría ya tenemos los hijos fuera de casa, nos puede pasar –si hace poco que estamos jubiados– que la abuela tenga todo el trabajo sobre la espalda y los abuelos pasemos olímpicamente de las cosas de hogar. Y como somos de una generación que las madres lo hacían casi todo en casa y los maridos poco –o nada– merece la pena que replanteemos este tema para afrontar la vida, ahora que estamos solos, sin rencores ni conflictos. Debemos replantearnos cómo y de qué manera nos repartimos las tareas del hogar para que no nos pase lo mismo que a muchos matrimonios jóvenes de hoy.

Dicen las estadísticas que el principal motivo de los conflictos de los matrimonios jóvenes se debe, precisamente, al reparto de las tareas domésticas: tú la lavadora, yo el lavavajillas; tú el niño, yo la niña; tú las cacas, yo el baño; tú te levantas por la noche, yo los llevo a la cama; tú cocinas y compras, yo… y así todas y cada una de las cosas: se reparte todo. No hay tarea que no esté asignada. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Cada uno al 50%. Y se tienen dos cuentas corrientes, dos coches (no me cojas el mío, ¿eh?), hay quien tiene dos camas (¡se mueve tanto cuando duerme!)… ¡Ah !, eso sí: ¡una hipoteca!

Es aquel chiste que cuentan que hay una pareja en el altar a punto de casarse y el cura pregunta al chico: "–Antonio, ¿quieres recibir a Josefina como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte os separe?" y Antonio –que ya había decidido con Josefina que iban a mitad-mitad– contesta:" –Sí no; sí, no; sí, no…". Así no se puede vivir. En una casa, en una familia, los dos, él y ella, tenemos que ir al cien por cien cada uno. Está bien que las tareas materiales estén más o menos repartidas, pero cuando uno de los dos es incapaz de levantarse para hacer algo que "toca" al otro… mal asunto. ¿Y si uno se pone enfermo? El otro debe hacerlo todo, claro. ¿Y haré una lista de cosas que "me debe" el otro? Porque si vamos al cincuenta por ciento resulta que ¡yo ya llevo hechas más cosas de la cuenta!

Así no se puede vivir. Esto son dos líneas paralelas, que según la definición de cuando nosotros íbamos a la escuela, son aquellas que por más que se prolonguen nunca llegan a encontrarse. ¡Los dos tenemos que ir al ¡cien por cien! Amar es darse al otro, sin miramientos, sin pensar si he hecho más o menos yo que él o ella, sin pasar facturas, sin lista de agravios, sin lista de tareas que me debe, sin pensar que yo hago mucho y el otro poco… Darse, amar al otro, significa olvidarme de mí mismo y hacer todo lo necesario para que ella o él se sienta querido.

Si, tradicionalmente, las tareas del hogar han recaído sobre las mujeres, ahora se ha vuelto la tortilla. Hasta los anuncios de cosas del hogar, de comidas, de limpieza… ¡los anuncian hombres! Eh, no nos malentendáis: no queremos decir que los hombres no tengamos que hacer estas tareas, pero lo que hoy está pasando es… la ley del péndulo. "–Como Siempre nos hemos cargado estas tareas las mujeres, ya era hora de que ahora las hagan los hombres". Y caemos por la vertiente contraria: el chico compra, cocina, pone la lavadora, el lavavajillas, plancha, hace la cama, se cuida de los niños…

Hemos conocido chicas que dicen: "–¡Uy, no! Soy incapaz de aprender a cocinar…". Y otra: "–Él plancha sin dejar arrugas: yo no lo haría igual". Y otra: "–¿Por qué tengo que hacerlo yo, si él lo hace tan bien?". Todo el mundo es capaz de aprender algo si se lo propone. Todo se aprende a hacerlo, haciéndolo! Si lo hago, lo aprendo Si no lo quiero aprender, no lo hago. Ya lo sabemos: si quiero, puedo! Es cuestión de querer, y en los temas de la familia, si hay amor de verdad uno hace lo que sea necesario. Si no, ¿de qué manera enseñaremos a los hijos a vivir el espíritu de servicio, a hacer las cosas para los demás a cambio de nada?

Repartir todas las tareas del hogar no es fácil porque además de las dichas quedan un montón: levantar los niños de la cama, que se laven, que desayunen, que se vistan, llevar y recoger a los niños de la escuela, ayudarles a hacer los deberes, llevarlos a las actividades extraescolares, acompañarlos a hacer deporte y a las competiciones escolares (¡sábados o domingos!)… Establecer un mecanismo regulador para todas estas actividades (y las doscientas que no hemos anotado) no es nada fácil y menos cuando se funciona con mentalidad del cincuenta por ciento.

Los abuelos tenemos que animar a los padres a que enseñen a hijos e hijas a hacerlo todo. Y cuando decimos todo, queremos decir todo, cada cosa a su edad, claro, pero mejor empezar antes de que dejarlo para después: hacer la cama, limpiar zapatos, ordenar la ropa, poner y quitar la mesa, poner la lavadora, el lavavajillas, limpiar cristales, tirar la basura, ir a comprar (el pan y lo que sea necesario), ayudar a cocinar, hacerse cargo de un hermano menor, ayudar a hacer arreglos de la casa…

Queremos lanzar un llamamiento a los padres ya las madres jóvenes para que entiendan que el quererse, el amor, el darse el uno al otro y a los hijos, pasa por dedicar el cien por cien de uno y de una a todas y cada una de las actividades que se desarrollan en el seno de una familia. En una familia no puede haber compartimentos estancos, todo lo que pasa va por vía de los vasos comunicantes. Si cuando aparece una dificultad la dirigimos al "otro" porque es "suya", si padre y madre no estamos dispuestos a amar el cien por cien, cada día, todos los días del año, el conflicto está garantizado. En una familia no son los problemas los que deterioran las relaciones, es cuando dejamos de solucionarlos juntos.

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