Me abrazo a ti, al martirio de mi día a día

Iba a decirte que te espero, pero me doy cuenta de que eres Tú quien me espera a mí

¡Oh, Dios y Padre mío! Concédeme saber abrazarme a ti y a tu cruz, ya desde ahora, con verdadero amor y desprendimiento. Dame la alegría de tu cruz y la humildad de saber llevarla bien alta. Que no me avergüence de la muerte anticipada que comporta no ser aceptado según las estrechas miras del mundo. Infúndeme sabiduría y valor para caminar en pos de ti sin desfallecer y sin dudar, y sin perder la certeza de que cuando llegue al final del camino estarás Tú ahí, esperándome, con los brazos abiertos. Que sepa dar amor hasta el final, empezando por los que me lo rechazan porque no te conocen, pues no saben reconocer el amor verdadero, el que viene de ti. Otórgame, te suplico, el favor de dejarme saborear un anticipo de tu paz, la que me darás al final del trayecto en tu mansión celestial, llena de suculentos manjares. Que no me sienta falto de esperanza mientras llego, dejándome la piel en tan fatigosos trabajos para conseguir pagar el precio de la entrada, precio que para mí ya es el premio, pues la lucha me da esperanza y la esperanza me da fuerzas, al tiempo que todas ellas vienen de mi fe, esa que Tú me das en gracia, por tu pura condescendencia hacia mí, pero gracia al fin, que me hace sentir tu amor por mí, cáliz de tu elección, puramente gratuita. ¿Por qué te fijas en mí? ¡Dame tu mano, que me hundo! ¡Dame tu fuerza, la que necesito para arrostrar la lucha, pues ni eso es mío…! Lo único que sé poner, pobre humano mortal, es mi voluntad, mi asentimiento, y me cuesta tanto: Es la autorización que me pides para entrar en mi aposento, puesto que hasta en esto eres tan sutil y tan grandioso que al pedirme te sometes enteramente a mí, a mi libertad, esa que me diste en soplo al crearme en el vientre de mi madre. Me llamaste a mártir, y aquí estoy en plena lucha. No es, de momento, un martirio cruento, de esos que se ven –“¡mira, lo han clavado en la cruz!”-, sino silencioso, escondido y martirio al fin, quizás más duro y más difícil todavía, porque no dura un instante, sino que está durando toda mi vida. Me doy todo a ti, lo doy todo por ti, porque todo lo mío era, es y será tuyo. Por esto no tengo derecho a quedarme ni una pizca de tu consuelo ni nada, ni a quejarme siquiera si lo que pienso mío vuelve a ti, ahora que vuelvo a ti, sabiendo que salí de ti. …Iba a decirte que te espero, pero me doy cuenta de que eres Tú quien me espera a mí. Vale, pues. Ya sabes: Mi voluntad la tienes toda. ¡Abrázame! ¡Acógeme! ¡Embriágame de ti! Yo me abrazo a ti, al martirio de mi día a día.

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