Me ha pedido Dios muchos sacrificios, me quiere arriba en la Cruz

Uno de los dos “curetas de Monzón” se despedía en carta a su hermano jesuita asegurando que se ofrecía a Dios en la Cruz

Tres mártires del siglo XX en España nacieron un 27 de mayo: un sacerdote secular oscense -uno de los “curetas de Monzón”-, otro valenciano y un seminarista salesiano navarro.

Infinidad de veces se privó de su alimento para socorrer a los necesitados
José Jordán y Blecua, de 30 años y natural de Azlor (Huesca), se ordenó sacerdote en 1932 y era coadjutor en la parroquia de Santa María del Romeral (Monzón), lo mismo que José Nadal y Guiu, de 25 años y ordenado sacerdote en 1935, con quien fue asesinado el 12 de agosto de 1936 y beatificado en 2013.

En Monzón, según recuerda el decreto de martirio firmado el 10 de diciembre de 2010 por el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, “el 19 de julio de 1936, el así llamado Comité antifascista, unido a anarquistas y comunistas, tomó las riendas del gobierno. [Los sacerdotes] rechazaron todas las propuestas que se les hicieron a fin de conseguir la libertad, y de palabra y de obra se mostraron felices de entregar su vida por amor a Cristo y a su Iglesia, perdonando a sus perseguidores y ofreciéndose como víctimas a Jesús Sacerdote. Antes de que fueran ejecutados, se escucharon mutuamente en confesión y se mantuvieron en humilde y constante oración. [Tras matarlos], los verdugos, trataron de quemar los cuerpos, cosa que lograron solamente en parte; y así, rápidamente los enterraron en el mismo lugar del martirio. Pero sucedió algo conmovedor mientras sepultaban sus cuerpos; ésos, parcialmente quemados, quedaron fusionados entre sí, de modo que, aunque habían traído dos cajas para su sepultura, determinaron ponerlos en una sola”.

Según afirma este estudio sin firma publicado en La Nueva España, el asesinato de los curetas de Monzón y de un total de 24 personas entre las cuales debía haber otros dos sacerdotes -solo sobrevivió a la guerra uno de los seis que vivían en el pueblo, Mosén Manuel Jaime, vicario de la Iglesia de San Juan-, fue obra del POUM catalán, plegándose al afán de venganzas de su sección local.

Entre los testimonios sobre los curetas, el párroco José Luis Pueyo, cita tres sobre Mosén Jordán. El de Consuelo Turón, viuda de Faustino Rufas —administrador local de Correos, también asesinado—: “Se destacaba por la caridad hacia los necesitados, siendo sus preferidos los niños, pobres y enfermos; gustando estar con ellos, no escatimando ni sacrificios ni limosnas, privándose de lo superfino para darlo a los demás. Cuando familiarmente le preguntábamos qué tal iban sus ahorros, nos contestaba que el sacerdote debe ser pobre”. El de Irene Subías: “He visto su gran sentimiento y piedad hacia los pobres y cómo infinidad de veces se privó de su alimento para socorrer a los necesitados“. Y el de la Hermana Faustina, de la comunidad de Santa Ana: “Era extraordinaria su caridad, pudiendo decirse con todo acierto que no tenía un céntimo suyo. ¡Cuántas veces, al reconocer que tenía que pedir dinero a su familia para pagar el hospedaje, le reprendíamos cariñosamente: ‘Pero ¿qué hace usted de su dinero?’ Nunca quiso decírnoslo, contentándose con evadir la respuesta; pero nosotras sabíamos muy bien adónde iban a parar sus monedas”.

De la carta con que Mosén Jordán se despidió de su padre, se ha destacado esta frase:
“Estoy muy contento de padecer este martirio por la causa de Cristo … sentiría mucho no poder morir por El”.
Aún más difundidas, con motivo de la beatificación, fueron las cartas de despedida de Mosén Nadal. Dirigiéndose a su hermano mellizo, jesuita, le escribió pocas horas antes de su muerte, desde la cárcel:
Jaime, inolvidable en Cristo Jesús, hermano mío: Estas son seguramente mis últimas letras que te escribo en esta Tierra: te llevo en mi corazón, hermano mío. El primero que llegó al sacerdocio se ha trocado en hostia del sacerdote Jesús en vez de ser sacerdote del Jesús hostia. Hermano de mi corazón, me ha pedido Dios durante estos días muchos sacrificios pero se ve que me quiere arriba en la cruz. Yo me ofrezco totalmente a Él como siempre me he ofrecido y conmigo todas mis cosas. Recibe la última bendición de mis manos consagradas, que era tu sueño podérmelas besar y que juntamente contigo la envíes también a los míos. Hasta el cielo. Allí te espero.

A sus padres, el mismo día les escribió:
Inolvidables papás, tíos y hermanitos en Cristo Jesús. Dos letras de despido acá en la tierra. Me parece haber llegado a la hora destinada por la Divina Providencia de dar nuestra vida por Cristo, después de haber esperado este dichoso momento veinte o más días. Estad tranquilos porque me truecan este destierro en vida mejor, el cielo. Oh, el cielo, quién no suspira y quién no anhela por él. Había pedido a Dios durante toda mi vida seminarística que me dejara llegar al sacerdocio y cuando llegué a él no le pedí otra cosa a Dios que ser pastor de almas y hasta el martirio. No me resta sino pediros perdón a vosotros (···) por las faltas que he podido cometer de caridad con vosotros.
Y añadía una post-data: Perdono a todos.

Sobre Mosén Nadal diría el futuro párroco de posguerra Mosén Macarulla: “Tuvo especial interés por que las jóvenes aprendiesen a bautizar, diciéndoles que pronto se verían precisadas a actuar, por ausencia de los sacerdotes. Me llamó poderosamente la atención que, habiendo conocido al Rvdo. Nadal en el Seminario como alumno de corta inteligencia, alabasen los feligreses de Monzón sus sermones y conferencias como cosa extraordinaria, así como que le tuviesen por un gran director de conciencias”. El mártir escribió: “Tengo miedo que no me vuelva adocenado. Que no vea otra cosa que almas para llevarlas a Dios. Que no intente nunca en mi ministerio sacerdotal ningún fin torcido ni mundano. Dios, mi alma y almas, nada más, nada más”.

Un patrono para el Misterio de Elche y la acción social católica
Alfonso Sebastiá Viñals, de 26 años y oriundo de Valencia, fue asesinado el 1 de septiembre de 1936 y beatificado en 2001. Era el menor de 11 hermanos. De los siete a los diez años, interpretó el papel de ángel que anuncia la muerte a la Virgen, en el Misterio de Elche. Ingresó en 1920 en el seminario de Orihuela, y tras ordenarse en 1933, fue destinado a Ludiente (Castellón) como párroco y arcipreste de siete pequeñas parroquias. Organizó allí la Acción Católica, lo mismo que desde 1935 en Valencia, donde, a petición de Ángel Herrera Oria, fue director de la Escuela de Formación Social fundada allí por la AcdP. En 1936, no aceptó las propuestas de marchar al extranjero, diciendo que en los trances difíciles era cuando se tenía que demostrar el amor y el sacrificio por la fe. El 20 de agosto, se presentaron en su casa los milicianos, llevando a cabo un registro. Le preguntaron qué profesión tenía y él dijo: “Yo soy sacerdote”. Fue detenido y llevado al Gobierno Civil y ese mismo día lo trasladaron al penal de San Miguel de los Reyes. La vida en la prisión se caracterizó por los malos tratos y vejaciones morales, que supo llevar con entereza. El 1 de septiembre de 1936, en el momento del desayuno, al oír la lectura de la lista de presos en la que estaba él incluido, dijo a un compañero: “Voy a morir, estoy seguro. Sólo pido que reces por mí para que pueda perdonar hasta el último momento”. Lo ejecutaron en el Picadero de Paterna.

Juan Lorenzo Larragueta Garay, de 21 años y natural de Arrieta (Navarra), seminarista salesiano de la comunidad de Mohernando, es uno de los 11 beatificados (en 2007) de los 303 asesinados en las cárceles de Guadalajara el 6 de diciembre de 1936.

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