Mediocres contra santos: la eterna batalla (oculta) (I)

“¡No se puede hablar contigo!”, te escupió por última vez y cada vez que le dices la verdad señalándole la carroña que disimula y hasta trata por todos los medios de imponerte –a ti y a todos-, para disimular sus bajezas.

Es tu hermano en Cristo. Quiere serlo, sólo si dejas que él brille más que tú; incluso en las cosas de la religión. Lo criticaste. Le dijiste en la cara la verdad que alguien tenía que haberle dicho hace ya tantos años, pero a ti, por lo que fuera, nunca te pareció prudente. Pensabas que era mejor tirar mirando hacia adelante, con la esperanza de que la propia vida lo enderezase, pero no fue así, porque, a pesar de tantos avisos que la vida y las personas le han dado, jamás se ha dado por aludido. Al contrario, aún se ha ido afianzando más dándose de cabeza en su idealización de sí mismo. Ahora sí ha habido reacción, pero lejos de rectificar, ha sido enfrentarse aún más descaradamente a ti, como testigo de la verdad. No porque sí, te sonsaca siempre que tú siempre te crees que eres La Verdad, aun si sabe, ve y siente claramente que siempre metes el dedo en la llaga, donde le supura tanto pus. Desde entonces, no quiere saber nada de ti, y ya no te habla. Había llegado a pensar que por fin habías caído en sus redes y cedido por fin a sus encantos. “¡No se puede hablar contigo!”, te escupió por última vez y cada vez que le dices la verdad señalándole la carroña que disimula y hasta trata por todos los medios de imponerte –a ti y a todos-, para disimular sus bajezas. “No se puede hablar contigo”, efectivamente, porque intentas siempre entablar un diálogo que sólo es posible desde la verdad de cada uno; pues si partimos de una mentira cada vez o de la misma siempre, todo se reduce a un diálogo de sordos, a un frontón, del que es imposible que nazca la planta derecha; muy al contrario, crece retorcida sobre sí misma y bajo tierra, y con el tiempo se pudre. “No se puede hablar contigo”, pues tu hermano como el resto de hermanos y hermanas en Cristo que te lo dicen o sin decírtelo te dan la espalda y te dejan solo, son personas con las que es imposible ser sincero y emitir juicios de valoración, pues a la que juzgas u opinas sobre algo, y aunque no juzgues, si actúas siempre –o lo intentas- de acuerdo con la verdad, te atacan a matar; y si tú replicas para defenderte, dicen que quien ataca eres tú. Debes estar calladito escuchando su discurso y dejar que prevalezca su opinión. Es el mundo al revés. Pura soberbia entrelazada con hipocresía, y a menudo enfermedad: mezcla explosiva. Pues las dos primeras llegan a generar la segunda, si es que no es que la segunda llegue a provocar las dos primeras. Y así no hay diálogo posible.

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