Mediocres contra santos: la eterna batalla (oculta) (II)

Es lícito que cada uno vaya con ánimo de convencer al otro de su punto de vista, pero no de imponerle su criterio con malas artes, porque entonces no es diálogo.

Dos no dialogan si uno no quiere. Dejando al margen la disquisición sobre si pocos saben dialogar, para empezar, hay que querer hacerlo. Muchos no ven que hablando se entiende la gente. ¡O no quieren verlo! No buscan el encuentro, sino imponerte su “verdad”, que generalmente es su gran mentira. Es lícito que cada uno vaya con ánimo de convencer al otro de su punto de vista, pero no de imponerle su criterio con malas artes, porque entonces no es diálogo. Para ir al encuentro, primero tendrían que aceptarse como son, o aceptar que podrían estar equivocados; y si no quieren aceptarse sino camuflarse, es imposible romper el caparazón para entrar en su “verdad”. Porque, en realidad, el problema de raíz es que parten de una “verdad” que saben que no es la verdad. Con palabras del Papa Francisco, son unos corruptos. Como él dijo, “¡Pecadores sí, corruptos no!”. Lo aseveró en una homilía en la capilla de Santa Marta, la residencia donde vive. No quieren razonar sobre si están equivocados o no. Sólo quieren oír lo que les agrada, oír para ver la imagen de sí mismos que tienen forjada de puertas afuera, aunque si dentro de sí saben que es una gran mentira. Es ahí, dentro de su caparazón, donde esconden sus miserias, y no están dispuestos a reconocerlo. Son los típicos que tanto “opinan” en internet ahora, con comentarios anónimos o firmados con pseudónimo en las noticias o los artículos que les hacen cosquillas, pero que en la vida real no abren la boca en esa línea, o lo hacen en otro sentido, si eres el tipo de persona a la que quieren vender su película. Puede que eso fuera una grieta por la que entrara la luz en su caparazón, pero cuando ven que respondes con un criterio recto y no entras en su juego, se quedan en silencio y desaparecen; como en la vida real, no te hablan. Y se atreven a llamarte enfermo, cosa que hacen a menudo solapadamente, cuando saben que lo son ellos. Porque en una relación sincera, profunda y de calidad, tarde o temprano tienes que acabar expresando tu opinión. Sucede en muchos matrimonios que descubren que no pueden sostener más esa mentira, y si llega la separación, son de los que dicen siempre que su matrimonio era nulo. Por eso el mundo está tan revuelto hoy y no funciona ya: porque está cimentado sobre la mentira desde las relaciones personales más primarias y elementales; y dicen que eso no es ser falso, sino político: porque para ellos la política también es una mentira… ¡y no ven que la mentira son ellos!

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