Memorias. El ladrón en la casa vacía‘, de Jean François Revel

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.   J.F. Revel, El conocimiento inútilContra lo que Lenin proclamó, nada hay más r…

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. 
  J.F. Revel, El conocimiento inútil


Contra lo que Lenin proclamó, nada hay más revolucionario que la verdad. Ése es el motivo de que algunas cosas haya que escribirlas de modo que incluso los fariseos (esa variante cínica del pusilánime) las entiendan.

La izquierda nace, ya en el siglo XVIII, de una impostura doble: moral e ideológica. Por eso su resentimiento disfrazado de igualitarismo, por eso su altanería esteticista y reaccionaria. Contra esa fontal suplantación se han erigido pocas y valientes voces, casi todas (con las excepciones corroborantes) en el mundo anglosajón, casi ninguna en el país vecino. Y de los menos, el mejor, Revel.

Su importancia es tal que se antoja imposible sintetizarla en unas líneas, ni siquiera en las muchas páginas de que constan sus extensas memorias. Nadie tan sagaz, nadie tan clarividente, nadie de tanto arrojo, valentía y honestidad intelectuales. Sus libros ponen el dedo en la llaga de la más funesta tradición de la izquierda clásica: la incendiaria mezcla de ventajismo y demagogia sentimental que, desde Saint-Just y Marat hasta el agit prop en que chapotean los estertores actuales de la corrección política, han despeñado el pensamiento libertario por el acantilado de lo obscenamente grotesco.

Y ya quisieran los analfabetos de ahora tener el rigor y la temeridad doctrinal de aquellos revolucionarios que cambiaron el mundo siendo apenas veinteañeros. Esa sí era la tradición de la izquierda: equivocados pero consecuentes.
 
Los de ahora son otra cosa, y Revel lo vio casi desde el principio. Sus libros, todos en primera línea de combate, desde La tentación totalitaria, ya en 1976, hasta el epatante destripe del agostamiento de su nación en La obsesión antiamericana, uno de los mantras tras los que se parapeta la progresía ágrafa; pasando por uno de los mejores ensayos acerca de la (todavía) influencia tóxica de los postulados marxistas, de inmejorable título: La gran mascarada.

Como era un hombre vital e instruido, dedicó gran parte de su vida a destapar las incongruencias ideológicas que anidan en la “izquierda” contemporánea, convirtiéndola en una gigantesca farsa preñada de manierismo como único “argumento científico”. La llamada izquierda ortodoxa se topó de bruces con el muro de Berlín y el sucedáneo resultante del impacto se parece tanto a la tradición izquierdista como Pepiño Blanco a Inmanuel Kant.
 
Desde la abdicación en la defensa de los más débiles (aborto, eutanasia, justificación de las dictaduras…) al ecologismo panteísta y proteccionista, negador del concepto mismo de progreso, en tanto que reaccionario y nostálgico hasta la náusea. La raíz de ese equívoco es el vértice sobre el que Revel construye su crítica: el concepto de ideología, cualquiera que sea su signo: “Es decir, una formulación teórica a priori a partir de la cual se busca interpretar la realidad.

Las anteojeras ideológicas no dejan verla. El concepto precede a la experiencia y con mucha frecuencia ésta lo refuta”. Es éste el extravío intelectual originario, fuente de todos los demás. Esas ideologías que buscan, “ante todo, retener sólo los hechos favorables a las tesis que sostienen y omiten los que las contradicen.

Todo ideólogo, en efecto, cree y consigue hacer creer que tiene un sistema explicativo global fundado sobre pruebas objetivas. A esta dispensa intelectual se suma una dispensa práctica porque les impide a sus fracasos todo valor de refutación. La tercera, aún más peligrosa, es la dispensa moral, pues deroga las nociones del bien y del mal al justificar cualquier medio en busca de un fin.

Purgas, fusilamientos, destierros, gulags y muchas otras formas de terror fueron convertidos por la ideología comunista en necesidades del proceso revolucionario”. Y la primera mentira, como decíamos antes, está en la propia definición de la izquierda: “Al principio designaba a los defensores de la libertad, del derecho, de la felicidad y de la paz.

Hoy es ostentada por la mayoría de regímenes despóticos, represivos e imperialistas, en los cuales todos los que no pertenecen a la clase dirigente viven en la pobreza o en la miseria. A despecho de esta situación, se conserva por costumbre la idea de que la izquierda es una frágil, débil y minúscula llama de justicia, resistiendo ante el apagavelas de una derecha gigantesca, omnipresente y omnipotente”. Y esa, para nuestro autor, es la ventaja precisamente del liberalismo, que no es una ideología.
 
Revel, al que pareció siempre importarle una higa pensar a contracorriente, fue uno de los escasísimos liberales franceses y el más importante de todos ellos, de mucha mayor relevancia que André Glucksmann, Pascal Bruckner, Marc Fumaroli o Alain Finkielkraut; (lo de Bernard-Henri Lévy es otra cosa). Su compromiso con la libertad y su denuncia de las mentiras de la izquierda europea, siempre tan obsequiosa con el totalitarismo, le convirtieron en uno de los más grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo pasado.

Crítico insobornable de las pulsiones totalitarias de su tiempo, defensor acérrimo de la libertad, polemista feroz, fustigador implacable de la estupidez socialista primero y progresista después, se publican ahora en España (la edición francesa es de 1998) las imprescindibles memorias de este hombre libre. Por si no lo habíamos dicho.
 
 
Memorias. El ladrón en la casa vacía
 Jean François Revel
Editorial Gota a gota, 2007
665 páginas

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