¿Miedo al yihadismo?

No sé muy bien hasta qué punto somos conscientes del peligro real que para Europa en general y para España en particular represen…

No sé muy bien hasta qué punto somos conscientes del peligro real que para Europa en general y para España en particular representa el yihadismo. No sé muy bien si es que no lo vemos porque nos parece un problema de dimensiones reducidas, porque lo entendemos como un problema policial o simplemente no lo vemos porque preferimos no verlo, pero el problema existe. Y existe en un doble ámbito territorial, exterior e interior. Si miramos el mundo musulmán exterior a nosotros, el yihadismo hace tiempo que está aquí, a cero centímetros de las ciudades españolas de África, Ceuta y Melilla, y a catorce kilómetros de la España peninsular. Si miramos hacia adentro, de cuando en cuando nos salta la noticia de que la policía está trabajando muy seriamente desarticulando células radicales y deteniendo a individuos peligrosos en diversas ciudades: Ceuta, Melilla, Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, etc.

En cambio la cosa no es tan simple ni tan superficial porque ahí no está todo el peligro, ni siquiera la parte más preocupante del mismo. Dicho con las debidas cautelas, no debería asustar mucho que de vez en cuando la policía descabece a un grupo de fundamentalistas peligrosos y los mande al juez. Que la policía trabaje bien y atrape a terroristas potenciales o reales, más que preocupación, debería infundir tranquilidad. Pero el verdadero meollo del problema, digo, no está ahí. El verdadero problema está en que el yihadismo tiene una gran capacidad de persuasión y en diversos países europeos, España entre ellos, hay un importante sector de población musulmana. Porcentualmente podría parecer que son pocos porque se calcula que en nuestra sociedad se sitúan en torno al 3,6 % de la población, lo cual en cifras absolutas equivale a algo más de 1.700.000 personas.

El yihadismo es conocido por su radicalidad violenta y su fanatismo y es un asunto espinoso y complejo, con muchas caras, y por tanto ni obedece a una causa única ni para explicarlo sirven los análisis simplistas. De las múltiples cuestiones que encierra yo me quiero referir a una sola, que es nuestra postura ante la población musulmana española, bien porque son españoles de nacimiento, bien porque lo son de adopción. Las autoridades policiales saben y así lo han advertido que muchos de estos compatriotas musulmanes se verán y se están viendo tentados de incorporarse a la yihad, pero no para desplazarse al avispero de oriente, sino con la esperanza de poder actuar aquí. Y a mí me parece que una buena parte del problema está en que a los fieles del Islam que se han asentado entre nosotros, y a sus hijos que ya han nacido aquí, occidente, o sea nosotros, los no musulmanes, no les estamos ofreciendo convicciones que puedan servir de contrapeso a las llamadas de sus correligionarios fundamentalistas. Y no se las estamos ofreciendo porque no las tenemos. Podemos darles, y les damos como expectativa -y por eso se han quedado-, un estilo de vida materialista y cómodo. Podemos darles, y les damos, parte de nuestra riqueza, nuestros recursos públicos (medios de comunicación, colegios, hospitales, etc.) y los puestos de trabajo que no nos gustan. Eso les damos y eso toman, y de ello se aprovechan, pero vendría bien recordar que el puro confort no satisface los anhelos más profundos del corazón humano. El materialismo no es combustible para el alma humana, por más que lo disfracemos con ese eufemismo cursi que hemos llamado ‘calidad de vida’ y que en realidad no es sino la versión actualizada del ‘panem et circenses‘. La mayor parte de nosotros, los occidentales, no podemos darles una identidad sólida porque carecemos de ella. La mayor parte de nosotros vivimos cómodamente amodorrados en la blandura y sin más horizonte que un estilo de vida hedonista y derrochón, y así puede que tengamos enormes dificultades para entender que “no solo de pan vive el hombre” y que la vida solo merece la pena si se entrega a causas elevadas y nobles. Reconozcámoslo abiertamente: dicho en general y fuera de círculos minoritarios, no estamos dando -ni pidiendo- a nuestros jóvenes metas arduas, no les estamos haciendo soñar sino con la molicie, no les entusiasmamos con nada. Y esto es lo grave, que no les entusiasmamos.

Y todo esto que socialmente no les damos -porque nadie da lo que no tiene- es justamente lo que encuentran en la yihad. ¿Con qué se puede entusiasmar un joven musulmán en occidente? ¿Con unos modelos de familia desustanciados y hechos trizas? ¿Con noches eternas de botellón y discoteca?, ¿con ‘findes’ de sexo y drogas?, ¿jugándose la vida de manera absurda en deportes de riesgo? Para jugarse la vida por nada, uno se la juega por algo que merezca la pena. Y la yihad, para un musulmán inquieto, merece la pena. Los que no somos musulmanes ya podemos hartarnos de denunciar sus métodos, su violencia extrema, su crueldad y su barbarie. Ya podemos razonar civilizadamente, ya podemos hablarles de derechos humanos y de democracia, de paridad entre los sexos y de igualdad educativa, de estado de derecho y de división de poderes. ¿Qué le dice todo eso a un alma profundamente religiosa y combativa? ¿Qué puede convencer al musulmán europeo, de segunda generación, que anda en busca de una identidad valiosa que no acaba de encontrar? De todo lo dicho nada, absolutamente nada.

El yihadismo predica, practica y se jacta del odio, de la venganza, de la barbarie, del terror… Sí, sí, nos sobra razón. Los yihadistas pueden mostrar -y muestran- una conducta tan bárbara y tan aberrante como queramos denunciar, pueden estar tan fuera de cordura como evidencia el sentido común más natural… pero son convencidos y solo los convencidos convencen. Sus errores son muy grandes pero están persuadidos. ¿Estamos firmes y persuadidos de algo en occidente?

Solo tenemos algo que ellos mayoritariamente no tienen, y es lo único que podría reconducir sus vidas, exactamente del mismo modo que puede reconducir las nuestras. Me refiero a Jesucristo, el Señor. Ni hay otra puerta, ni tenemos otro nombre, ni hay otra posibilidad para entrar en razón, pero ni se lo damos ni se nos ocurre ofrecérselo. Si estuviéramos convencidos nosotros, probablemente la mayoría de los islamistas seguirían siendo lo que son, pero sí cabría la posibilidad de que de entre los de buena voluntad, algunos se plantearan su paso al cristianismo. Si nos vieran radiantes, convencidos de nuestra fe, si anduviéramos afanados y deseosos de extenderla como es de esperar de cualquier bautizado, si cristiano fuera sinónimo de enamorado, si en la Iglesia secundáramos las indicaciones del Santo Padre, el Papa Francisco, en lugar de mirarle con recelo, apartándonos de su autoridad por la izquierda o por la derecha…

¿Campaña del Domund? Por supuesto que sí, pero también aquí, sin salir de nuestras fronteras.

Dios nos ayude a entender. Que Él te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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