Miedo en Occidente

No cabe duda de que los yihadistas, que tan poco aprecio muestran por la vida, están buscando argumentos para su causa y ninguno mejor que poner sobre la mesa muchos mártires y víctimas inocentes de los suyos

Una cultura que se propone como meta última la fraternidad universal de toda la Humanidad no puede responder al odio con el odio Una cultura que se propone como meta última la fraternidad universal de toda la Humanidad no puede responder al odio con el odio

Hace unos días nos preguntábamos si los bombardeos a Raqqa, capital del Estado Islámico, y los que se presumía iban a venir, serían la respuesta adecuada al cruel atentado del terrorismo yihadista acaecido en Paris el 13 de noviembre. Desgraciadamente, a los 135 que allí murieron no se les ha podido devolver la vida, ni se ha podido borrar de la memoria de los 350 heridos las trágicas escenas de horror, ni acallar el dolor de los familiares y amigos de las víctimas. Lo que hoy podemos decir es que las cosas han empeorado con un conflicto cada vez más enconado, tal como lo demuestra la matanza de S. Bernardino y el ataque aéreo a ISIS por parte del Reino Unido, sin que nada nos haga presagiar un escenario de paz y concordia.

Por supuesto que Francia y Occidente están en su derecho de defenderse del terrorismo yihadista, no faltaría más, de esto no hay duda; la cuestión está en cómo acertar en los procedimientos, en saber cómo hacerlo para que las medidas tomadas sean eficaces y tengan un efecto disuasorio y no revulsivo. No hace falta decir que la violencia lo que genera es más violencia y que lo que nunca se debería hacer es tratar de apagar el fuego con gasolina. Precedentes ha habido que nos hacen pensar que los bombardeos no es la mejor estrategia para acabar con avisperos como éste, sino todo lo contrario y a lo peor esto es precisamente lo que buscan los propios terroristas.

No cabe duda de que los yihadistas, que tan poco aprecio muestran por la vida, están buscando argumentos para su causa y ninguno mejor que poner sobre la mesa muchos mártires y víctimas inocentes de los suyos, caídos en los bombardeos, para así poder despertar las conciencias de las multitudinarias poblaciones musulmanas residentes en Europa, sobre todo en Francia, Bélgica, Holanda, Reino Unido, Alemania y Suecia, de modo que al final acaben por no entender la actitud de Occidente. Si esto se produjera, el efecto rebote de una desproporcionada intervención militar ¿no podría traducirse en una desestabilización de las Comunidades Musulmanas residentes en Europa, con consecuencias imprevisibles, poniendo en juego otro tipo de medidas presumiblemente más eficaces y menos provocadoras? Medidas como poner en marcha un bien coordinado servicio de inteligencia internacional es posible, como también lo es el establecer un férreo control con el fin de impedir que a los terroristas les llegase suministro de armas y material bélico y sobre todo trabajar para sacar de la ignorancia y de la desesperación a aquellos jóvenes que corren serio riesgo de ser captados para la causa yihadista.

Aparte de estas consideraciones de tipo estratégico, la cuestión merece ser analizada en otro plano, que casi nadie toma en consideración y que a mi modo de ver resulta fundamental, incluso nos podía dar la clave para la solución definitiva del conflicto y comenzar a hablar de la posibilidad de una coexistencia pacífica, que no sólo es deseable, sino que también es posible, aunque haya quienes no creen en ella. Durante estos días de máxima excitación se han podido escuchar expresiones salidas de tono, que nos retrotraen a una época de barbarie y que mejor es no reproducir. Pareciera como que Occidente no estuviera ya a la altura de miras que por tradición e historia le corresponde. Si Francia y Europa, en estos momentos cruciales, no disponen de otro tipo de solución más que el derivado de los bombardeos sistemáticos y la fuerza, tendríamos que decir que es bien poco lo que pueden ofrecernos.

Malo sería que Europa, además de laicista, comenzara a ser belicista y fuera distanciándose de esa altura moral que de ella cabría esperar. Una cultura que se siente superior debiera saber que el bien es más fuerte que el mal y no debiera responder nunca con “el ojo por ojo y diente por diente”. Una cultura segura de sí misma, y segura de los principios en que descansa, ha de disponer de otros recursos que no sean la violencia pura y dura para reafirmarse a sí misma. Una cultura que se propone como meta última la fraternidad universal de toda la Humanidad no puede responder al odio con el odio. Una cultura que cree en el hombre por encima de todo no puede pensar que la única salida que hay es el exterminio del otro.

La paz y tranquilidad que en estos momentos todos anhelamos habrá de ser fruto de la concordia y no de arrebatos violentos, nos lo recuerda el Papa Francisco en su viaje a Centroáfrica: “La paz sin amor, sin amistad, sin tolerancia, sin perdón, no es posible”. Palabras son éstas que reflejan la esencia del cristianismo; pero tristemente Occidente, como ya sucediera en tiempos pasados, no tiene oídos para oír estas voces; tristemente Occidente ha perdido la fe en los valores más sagrados, anda errante sin ninguna seguridad a que agarrarse, navegando sin rumbo por el mar proceloso del relativismo oportunista. No quisiera, amigo lector, que me vieras como un ingenuo, pues al igual que tú soy consciente del grave peligro que para Humanidad entera supone el fundamentalismo islamista, lo que sucede es que el materialismo relativista de Occidente comienza a ser también peligroso y preocupante. Esto es algo que mejor que yo supo expresarlo Juan Pablo II cuando en la Veritatis Splendor se atrevió a decir: “Después de la caída del marxismo, existe hoy un riesgo no menos grave: la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia cualquier referencia moral segura”.

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