Miró i Ardèvol y el ‘Liderazgo Joven’: “El gran problema de la sociedad es la incapacidad para educar en las virtudes”

¿El liderazgo está en crisis? ¿Nos hemos quedado sin dirigentes que sepan afrontar la guía de otras personas con valores y…

¿El liderazgo está en crisis? ¿Nos hemos quedado sin dirigentes que sepan afrontar la guía de otras personas con valores y perseverancia? ¿Esa es la razón de la actual crisis global?

Más que nunca, en un entorno de crisis económica, pero también de crisis social y de valores, se necesitan nuevas voces, jóvenes que sean capaces de encauzar sus vidas a través de una vocación de servicio a través de sus respectivas áreas de profesionalización.
Es por eso que la Universitat Abat Oliba CEU ideó desarrollar un programa de dos años que se inició el año pasado y que en 2012-2013 inaugurará el segundo curso. Se trata de un programa destinado a perfeccionar jóvenes que tienen vocación de responsabilidad social, ‘liderazgo’, entendido como vocación de servicio. El objetivo es dotarles de capacidad de liderazgo en su entorno vocacional; ahora los estudios, más adelante su actividad profesional, en la sociedad, en la empresa, en la enseñanza, la comunicación, la cultura o la política. Allí donde se sientan llamados.
Conversamos con el coordinador de este Programa: el presidente de e-Cristians y miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, Josep Miró i Ardèvol.
¿Por qué la sociedad necesita jóvenes formados en liderazgo?
El mejor educador de un joven es otro joven. A partir de la adolescencia se inicia un proceso de socialización muy intenso donde los amigos, el grupo, toman una importancia decisiva. Si se consigue que en estos entornos naturales de la vida de la gente joven estén presentes chicos y chicas con fundamentos sólidos, con sentido de la vida, y con capacidad para trasmitirlos de manera convincente estaremos haciendo sin duda alguna la mejor tarea pedagógica. Y estro sirve tanto para la educación en las virtudes como para la transmisión de la fe.
Procede aquí recordar que el ejemplo más extraordinario de éxito en un modelo de organización del tiempo libre de los jóvenes es el escultismo. Está extendido por todo el mundo y lo practican la mayor parte de los jóvenes de la mayoría de los países. Se conoce si en un país hay una dictadura si no existe escultismo. Pues bien, su fundador Baden Powell no hizo otra cosa que aplicar lo que había observado de la propia dinámica juvenil: la existencia de jóvenes que son capaces de asumir responsabilidades en relación a sus compañeros, la vocación de estos de agruparse y realizar cosas juntos, el sentido de la competencia unido al de la cooperación, el entender la vida como una aventura y un juego que merece ser vivido. Bien, estos ingredientes siguen siendo válidos y presentes, lo que pasa es que a través de extraños mecanismos pedagógicos nos hemos olvidado de ellos. Hay que rescatarlos, y en nuestro caso concreto, lo hacemos en un plano distinto del escultismo que es preparando jóvenes responsables. Líderes no en el sentido de una persona que se sube a un taburete y dice, “¡todos por allí”. Sino de aquella persona que en cualquier circunstancia sabe aportar a su entorno la respuesta más correcta, la indicación más adecuada.
“Para que se produzca la verdad, que es un valor, debe haber hombres veraces, y esto es una virtud”
¿Y qué cualidades deben tener los futuros líderes de la sociedad para aportar esas respuestas?
Bajo mi punto de vista, que no es una elaboración mía, ni mucho menos, el problema fundamental de nuestra sociedad es la incapacidad para educar en las virtudes. Se hablan mucho de los valores pero se olvida que estos son objetivos externos a uno mismo, horizontes de sentido que deben alcanzarse. Para que se produzca la verdad, que es un valor, debe haber hombres veraces, y esto es una virtud. La ausencia de virtudes, la fragmentación de la ética, la incapacidad para establecer la verdad de las cosas a causa del relativismo, el emotivismo en la lógica de las actitudes que se adoptan en el sentido en que se confunde la decisión justa con la simple preferencia personal, todo eso destruye la capacidad educadora y esto lo registran nuestros jóvenes.
Nosotros tenemos la vocación de educar en las virtudes y, por lo tanto, en las prácticas buenas a quienes acuden a los cursos de liderazgo, en definitiva, se trata de actualizar la concepción ariestotélicotomista de la mano de pensadores como MacIntry traduciéndolos en prácticas concretas. Solo si nuestra sociedad dispone de hombres y mujeres virtuosos que formen comunidades capaces de mantener viva su tradición cultural será posible que superemos la acumulación de crisis de la sociedad, de las cuales la económica es una de sus manifestaciones más visibles y trágicas, pero no la única.
“Hay virtudes que nos conducen a la relación con Dios y que la mantienen viva”
¿Por qué es necesaria la formación en virtudes?
Por lo dicho anteriormente, porque la virtud es la capacidad de obrar bien. Esto es lo que la define. Estas virtudes pueden ser de signo muy diferente, pero en todo caso se constituyen en prácticas, no son solo o fundamentalmente ideas teóricas. Existen prácticas que generan unas actitudes inherentes a aquellas prácticas, por ejemplo, las que tiene el médico en su actividad, o el conductor de vehículos, pero además de estas derivadas internas se exceden otras de carácter general que tienen traducción sobre el conjunto de la sociedad, serían las virtudes cívicas. Por último, hay aquellas virtudes que nos conducen a la relación con Dios y que la mantienen viva y actuante, son virtudes relacionadas con la trascendencia. Si no conseguimos que los seres humanos las posean, sucede que tiene abierto ante sí cualquier posibilidad, cualquier opción, prácticamente nada les es prohibido, pero al mismo tiempo, carecen de caminos, de prácticas concretas para perseguirlos. Eso es lo que hace falta, esa es la causa fundamental de la formación en virtudes, facilitar los caminos para los que transitar hacia los valores deseables.
“La política es el lugar donde se ejerce al servicio de la polis las virtudes personales”
¿Qué significa servir bien a la sociedad?
Para servir bien a la sociedad primero hay que entender qué es una vida buena y realizada. Es decir, hay que interrogarse sobre la propia vida. Solo aquel que tiene la respuesta adecuada al sentido de su vida tiene algo que aportar a los demás. Por eso, los antiguos griegos valoraban tanto la política, porque era el lugar donde se ejercía al servicio de la polis las virtudes personales.
A partir de esta consideración, servir bien a la sociedad significa hacer política, en el sentido pleno del término, es decir, ocuparse de aquellas cuestiones que no están en el orden de nuestros intereses inmediatos, sino que afectan a los demás, y ocuparse de ellas con vocación de donación, de servir y no de ser servido. Actuar de manera que se pueda ver que quien hace aquello es un hombre virtuoso y que no lo hace por el dinero, por la fama o por el honor, sino simplemente porque ejerce las virtudes que tiene. Y en este ejercicio encuentra su recompensa, además, actúa desde una virtud colectiva muy importante que es la amistad civil aristotélica. Aquella condición que hace tener una relación de amistad con personas lejanas por el simple hecho de que todos, piensen como piensen, están comprometidos con el bienestar humano, con el progreso de su comunidad.
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