Misericordia y esperanza

El concilio Vaticano II, hace ya más de cincuenta años, impulsó una transformación importante en el desarrollo histórico de la fe vivida. Se trata de una nueva eclesiología caracterizada por la comunión y diálogo tanto hacia dentro de la misma Iglesia como hacia el mundo moderno inmerso en grandes cambios. Todo lo que ha venido después se inscribe en esa atmósfera vital de apertura y servicio a cada persona, sin discriminación alguna.

Unos años después se ha hecho más visible el rostro de la Iglesia mediante la misericordia y la esperanza, que afloró con Juan Pablo II y ahora brilla con el Papa Francisco. Y este es sin duda el marco de referencia de la exhortación postsinodal ‘Laetitia amoris’ (LA), para captar su mensaje nuclear junto con los muchos matices y aplicaciones pastorales.

Vaya por delante que estas orientaciones son para todos y principalmente para los laicos, ayudados por otros agentes de pastoral, los sacerdotes y los obispos. No parece que el Papa Francisco pida un cambio de rumbo a los sacerdotes pero sí una sensibilidad pastoral nueva más personalizada a fin de integrar a cada uno en la fe vivida en las comunidades eclesiales, sean parroquias, movimientos, asociaciones y otras realidades de apostolado.

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