Modelo y Madre de la fe y de la paz

Querido hermano en el episcopado, Mons. Irízar, querida Comunidad Franciscana de Aránzazu, queridos sacerdotes concelebrantes, queridos …

Querido hermano en el episcopado, Mons. Irízar, querida Comunidad Franciscana de Aránzazu, queridos sacerdotes concelebrantes, queridos fieles todos; y también un saludo especial para las autoridades aquí presentes:

Recuerdo que en la homilía de esta fiesta de Nuestra Señora de Aránzazu, el año pasado, hacíamos referencia a la proximidad del Año de la Fe convocado por Benedicto XVI, y animábamos a prepararnos para un acontecimiento de gracia al que la Iglesia nos convocaba con motivo de los 50 años del Concilio Vaticano II y los 20 años de la promulgación del Catecismo. Ciertamente, no imaginábamos en aquel entonces —hace tan solo un año— lo que este Año de la Fe habría de suponer en la vida de la Iglesia Católica. Ni tan siquiera nuestro ahora Papa emérito, Benedicto XVI, podía imaginar entonces el soplo del Espíritu que todos recibiríamos en el decurso del inolvidable Año de la Fe. Solo podemos decir: ¡Bendito sea el Señor, esposo de la Iglesia, que la ama profundamente, y la guía y conduce a través de crisis, de tempestades, de persecuciones y de todo tipo de avatares! El Año de la Fe ha demostrado que la Iglesia es un ‘milagro’; un milagro de la acción del Espíritu Santo entre nosotros. La Iglesia sigue viva —más viva que nunca— por la sencilla razón de que es la Iglesia del Resucitado.

Pero no hablemos del Año de la Fe como si fuese algo ya pasado, porque lo cierto es que todavía estamos inmersos en él, hasta su clausura en la solemnidad de Cristo Rey, culminación del año litúrgico. En nuestra Diócesis esperamos concluir este Año de la Fe con un signo luminoso, como es la lectura pública y prolongada de la Palabra de Dios en la Basílica de Santa María del Coro de San Sebastián.

La presencia maternal de la Virgen María está siendo muy notoria en este Año de la Fe. Nuestra Madre Iglesia nos la ha presentado como prototipo de todos los creyentes, al mismo tiempo que como Madre de nuestra fe. Vale la pena que hagamos una breve reflexión sobre esto:

María, antes que nada, es una mujer de fe, hasta el punto de ser el modelo de todos los que tenemos fe en su Hijo Jesucristo. Conviene que reparemos en un matiz, que nos ayudará a ser conscientes de la importancia que tiene el que Dios nos haya regalado en María, un modelo tan cercano. Me refiero al hecho de que la Iglesia no se ha referido nunca a Jesús como un ‘creyente’; como alguien que haya vivido su relación con el Padre a través de la fe. Fijémonos en que en la Sagrada Escritura no se dice en ningún momento que Jesús tuviese fe. Y, por supuesto, tampoco se afirma tal cosa en los documentos magisteriales de la Iglesia. Jesús no tenía fe en el Padre, más bien Jesús “ve” al Padre, tal y como lo describe el Evangelio de San Juan. Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo hecho carne, y su relación con el Padre trasciende la relación de fe que nosotros tenemos. Si Jesús fuera un creyente como nosotros, aunque fuese un creyente ejemplar, no podría ser el revelador que nos muestra el rostro del Padre. Por el contrario, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, goza de un conocimiento íntimo e inmediato de su Padre, de una “experiencia”, que ciertamente va más allá de la fe.

También el Catecismo de la Iglesia Católica habla de este conocimiento inmediato que Jesús tiene del Padre, y que supera la fe. Así por ejemplo en el nº 474 dice: “El conocimiento humano de Cristo, por su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, gozaba de la plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar”. En resumen, la relación de Jesús con Dios Padre no se expresa correctamente diciendo que era un creyente como nosotros. Al contrario, es precisamente la intimidad y el conocimiento directo e inmediato que Jesús tiene del Padre, lo que le permite revelar a los hombres el misterio del amor divino. Solo así nos puede introducir a nosotros en el camino de la fe.

Hecha esta precisión importante, entendemos mejor la singularidad que supone presentar a María como “modelo de nuestra fe”. Ciertamente, se trata de algo que afirmamos de María, y no de Jesús. Ella encabeza la lista de los creyentes de todos los tiempos, que nos relacionamos con Dios por la fe y en la fe. Por ello, en este año tan especial convocado por Benedicto XVI, la Iglesia presenta a María como la ‘experta creyente’ y ‘peregrina de la fe’. El camino trazado para Ella en el seguimiento de Jesucristo, es básicamente el mismo que el nuestro. A Ella más que a nadie, se le puede aplicar la conocida expresión de San Pablo: “El justo vivirá por la fe” (Rm 1, 17). De Ella y en Ella, en la escuela de María, nosotros aprendemos a “vivir por la fe”.

Pero como decía anteriormente, la Virgen María no solo es “modelo de nuestra fe”, sino también “madre de nuestra fe”. Para entender esto, hemos de comprender que tras la glorificación de María en los Cielos, adonde fue asunta en cuerpo y alma, Ella participa más activamente que nunca del cuidado de cada uno de nosotros. Aquella encomienda que recibió al pie de la cruz para custodiarnos —“Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26)— la está ejerciendo especialmente en el momento presente.

Conocemos el sufrimiento de las madres cuando se ven impotentes para transmitir a sus hijos el don de la fe. ¡Qué no harían muchas madres cristianas para que sus hijos se abriesen a acoger la fe! Estoy seguro de que algunas de las aquí presentes —o tal vez, muchas—estaríais dispuestas a entregar vuestras vidas a cambio de la fe de vuestros hijos…

Pues bien, queridos hermanos, eso es precisamente lo que hace María: dar la vida, dedicar todo su quehacer y todos sus anhelos, para que sus hijos —es decir, cado uno de nosotros— tengamos una fe viva, madura, coherente, comprometida, sincera, apostólica… Es decir, una fe como la suya. Para ello hay un secreto. Me refiero al hecho de que la fe, como tantas otras cosas, en cierto sentido se “contagia”. San Pablo nos dice que “la fe entra por el oído” (yo también me atrevería a añadir que “por el ojo”…). Por ello, es del todo importante que procuremos oír y contemplar a María, para “contagiarnos” de su fe… Pero, ¿cómo se hace eso de ‘escuchar’ y ‘contemplar’ a María? Entre otros conductos, visitando los santuarios marianos, como este en el que hoy nos encontramos, así como rezando humildemente el Rosario. Si lo hacemos así, Ella se encargará de cuidar nuestra fe y la de nuestra familia.

Queridos hermanos, el sábado pasado, víspera de la Natividad de María, la Iglesia entera respondía a la llamada del Papa Francisco a ayunar y a orar por la paz. En el mundo suenan tambores de guerra, y con la santa osadía de quien se sabe el Vicario de Cristo en la Tierra, Francisco ha levantado su voz con estas palabras que hacemos nuestras: "Hoy quiero hacerme intérprete del grito que sube desde cada parte de la tierra, desde cada pueblo, del corazón de cada uno, de la única gran familia que es la humanidad, con angustia creciente: es el grito de la paz (…) ¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra! La paz es un don demasiado precioso que tiene que ser promovido y protegido.(…) El uso de la violencia nunca trae la paz. La guerra engendra guerra, la violencia engendra violencia. Con toda mi fuerza pido a las partes en conflicto que escuchen la voz de la propia conciencia, de no cerrarse en los intereses propios, pero que miren al otro como a un hermano y que tomen posición con decisión en el camino del encuentro y del negociado, superando la ciega contraposición.

Con la misma fuerza exhorto también a la comunidad internacional de manera que haga un esfuerzo para promover, sin ulterior indulgencia, iniciativas claras por la paz en ese país, basadas en el diálogo y la negociación, en el bien de la población siria. No sea ahorrado ningún esfuerzo para garantizar asistencia humanitaria a quien fue golpeado por este terrible conflicto. En particular a los desplazados en el país y a los numerosos prófugos en los países vecinos. A los operadores humanitarios empeñados en aliviar el sufrimiento de la población, le sea asegurada la posibilidad de dar la ayuda necesaria.

¿Qué podemos hacer nosotros por la paz en el mundo? Como decía el Papa Juan, a todos nos corresponde la tarea de recomponer la relación de convivencia en la justicia y el amor. Una cadena de empeño por la paz una a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.(…)

A María le pedimos que nos ayude a responder a la violencia, al conflicto y a la guerra, con la fuerza del diálogo, la reconciliación y del amor. Ella es madre. Que ella nos ayude a encontrar la paz. Todos nosotros somos sus hijos. ¡Ayúdanos María a superar este difícil momento y a empeñarnos cada día, en cada ambiente, en una auténtica cultura del encuentro y de la paz! ¡María, Reina de la paz, ruega por nosotros!".

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