Montserrat y el Opus Dei: una relación marcada por la fraternidad entre el abad Escarré y San Josemaría

La relación del Josemaría Escrivá de Balaguer con el Monasterio de Montserrat es cada día más conocida especialmente desde que se hizo pública con es…

La relación del Josemaría Escrivá de Balaguer con el Monasterio de Montserrat es cada día más conocida especialmente desde que se hizo pública con especial intensidad en el año 2002, coincidiendo primero con el centenario del nacimiento del fundador del Opus Dei (1 de junio) y después con su canonización (6 de octubre). El benedictino Josep de Calassanç Laplana, actualmente monje de la comunidad montserratina, explica toda la historia de esta vinculación en un escrito reproducido en septiembre de 2003 por Publicacions de l’Abadia de Montserrat dentro de su publicación QÜESTIONS DE VIDA CRISTIANA. Entre otras reflexiones, el Padre Laplana recuerda que la actuación positiva del monasterio catalán fue muy importante para que la sociedad española de los primeros años del franquismo comprendiese lo que era el Opus Dei. También asegura que están documentadas unas 60 cartas intercambiadas entre Aureli M. Escarré, abad de Montserrat entre 1941 y 1961, y Josemaría Escrivá. En todas ellas, se encuentra un punto común: la fraternidad y el afecto con que se tratan. En todas aparece, por ejemplo, la palabra “hermano”.

La relación, de hecho, va más allá del período en que Escarré gobernaba el monasterio benedictino, pues comenzó cuando el abad era Antoni M. Marcet. El primer contacto del fundador del Opus Dei con Montserrat se produjo concretamente a finales de 1937 en Andorra, donde Escrivá de Balaguer fue acogido, junto con un grupo de jóvenes que le acompañaban, en una casa que los monjes tenían inicialmente como posible refugio por si eran expulsados o tenían que huir durante la Guerra Civil. “El joven sacerdote Josemaría, después de 16 meses de clandestinidad, pudo celebrar la misa en un altar de verdad y revestido con los ornamentos litúrgicos”, explica Josep Laplana. A partir de ese momento, todo fue una relación regular y permanente que tuvo sus primeros encuentros personales en enero de 1938, con una visita del fundador del Opus Dei a los monjes de Montserrat en Belascoain (Navarra), donde residían provisionalmente durante la Guerra Civil española, y en mayo de ese mismo año con una visita del abad Marcet a Burgos, donde San Josemaría vivió un tiempo que coincidió, además, con la elaboración de una parte de su obra Camino.

En enero de 1939, tras los temores iniciales de los monjes ante una posible pérdida del monasterio, la comunidad pudo regresar a Montserrat. Y poco después, Marcet nombró prior a Escarré, quien acabó siendo elegido abad el 27 de abril de 1941. En junio de ese mismo año, apareció por primera vez, dentro de toda esta historia de relaciones, el entonces secretario general del Opus Dei, Álvaro del Portillo, sustituto de Escrivá en la Prelatura tras la muerte del fundador. Su participación fue siendo desde entonces, en el primer encuentro que tuvo lugar en Madrid, cada vez más activa. Y en esa entrevista, el abad Aureli Escarré ya quedó sorprendido porque, según recuerda el Padre Laplana en su reciente escrito, “desdramatizaba totalmente la persecución de que el Opus Dei era objeto en aquella época y mantenía un buen humor y una serenidad espiritual admirables”. Aquel contacto dio paso a las sucesivas cartas y encuentros personales entre Escarré y el propio Escrivá, el primero de ellos el 20 de abril de 1942 también en la capital de España. Por cierto, el hecho de que ambos se tratasen mutuamente como hermanos “es un hecho inusitado y único en toda la biografía del abad Aureli”, según afirma Josep Laplana.

Confianza y complicidad

Otro aspecto importante de toda esta historia es la confianza que tuvo Josemaría Escrivá con el abad Escarré. Llegó a explicarle (algunas veces incluso con documentación reservada) muchos asuntos relacionados con la fundación y el reconocimiento eclesiástico del Opus Dei, un hecho que propició incluso la ayuda y el posicionamento favorable de la comunidad benedictina en todo el proceso canónico que entonces (durante los años 40) se encontraba en Roma. Por ejemplo, en marzo de 1946, pocas semanas después de una visita de Escrivá a Montserrat, Escarré se entrevistó personalmente con el Papa Pío XII, a quien habló muy positivamente sobre la obra fundada por el todavía joven sacerdote Josemaría. Por otro lado, la conexión y buena sintonía entre ambos tenía mucho que ver con la posibilidad de que Montserrat, con sus más de 100 monjes, fuese declarada Iglesia particular, con autoridad ordinaria en el territorio propiedad del monasterio y con el Papa como única jerarquía superior. Aquella posibilidad, que se consideraba viable en aquel momento, presentaba un claro paralelismo con el incipiente Opus Dei, con la única diferencia de que una institución era de vida religiosa y la otra tenía vocación secular.

Las relaciones no son ajenas en absoluto a momentos históricos de gran relevancia, especialmente la entronización de la imagen de Nuestra Señora de Montserrat el 27 de abril de 1947. Precisamente el 27 de abril de 1954, coincidiendo con la festividad de la patrona de Cataluña, “Josemaría Escrivá quedó curado instantánea y definitivamente de la diabetes que le atormentaba desde hacía años”, según explica el Padre Laplana en sus reflexiones. Este hecho propició, según los que convivían habitualmente con el fundador del Opus Dei en ese momento, algunos comentarios en que recordaba sus visitas a Montserrat y agradecía a la Virgen aquella buena noticia para su salud física. “La historia de esta amistad entre San Josemaría y Aureli Escarré ilumina a ambos personajes. Vale la pena que esta amistad sea conocida porque el abad nunca renegó de aquellos primeros años en que vivía en sintonía de fraternidad con Monseñor Escrivá”, concluye Josep de Calassanç Laplana.

El final de dos vidas con mucho en común

Por su parte, el abad Escarré, tras unos años en que su salud se deterioraba por un problema cardíaco que se complicó con diabetes e insuficiencia renal, tuvo que presentar su renuncia en octubre de 1961. Pero la relación se mantuvo hasta la muerte del monje a los 60 años de edad en 1968, 7 años antes que Escrivá, que murió en 1975. Pero en ese período final de la vida de Aureli M. Escarré, se produjo un hecho triste que, de alguna manera, reforzó sus lazos de amistad y fraternidad con el fundador del Opus Dei. En noviembre de 1963, el ya abad emérito hizo unas declaraciones públicas al diario francés LE MONDE que provocaron tensiones internas en la comunidad montserratina y fuertes presiones políticas. El “terremoto mediático” (así define el Padre Laplana lo sucedido sin especificar el contenido de lo publicado) hizo que Escarré fuese apartado del monasterio catalán para fijar su residencia en Viboldone (Italia), una casa de benedictinas situada en la diócesis de Milán.

Joan Baptista Torelló, uno de los primeros jóvenes seguidores del Opus Dei, comunicó este hecho a Josemaría Escrivá, quien le pidió que fuese inmediatamente a visitar al abad Aureli para manifestarle su aprecio. Y así lo hizo en verano de 1967, un año antes de la muerte del religioso (22 de octubre de 1968) y cuando se encontraba gravemente enfermo. El doctor Torelló asegura que el abad no le hizo ningún comentario sobre su situación como benedictino en ese momento y que simplemente le dijo que “su sucesor en Montserrat, el abad Cassià Just, merecía toda su confianza”. Este gesto de comunión resume, de alguna manera, una vinculación entre dos realidades eclesiales (el Opus Dei y Montserrat) que constituye un buen ejemplo para toda la comunidad cristiana en el mundo.

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