Monumento al niño no nacido

Vivimos en una sociedad cristalizada en donde los mal llamados derechos emergen como las flores de los campos en plena primavera. Bajo el amparo democ…

Vivimos en una sociedad cristalizada en donde los mal llamados derechos emergen como las flores de los campos en plena primavera. Bajo el amparo democrático y representativo que ostentan nuestros electos gobernantes, de igual forma pueden obviar una multitud de garantías encaminadas a proteger el género humano como pueden promover un acervo de sinrazones fundamentado, como casi siempre, en el próspero avance socio-cultural que acompaña a la actividad evolutiva del hombre.

Si damos un paseo físico o virtual por las calles y plazas de nuestras ciudades y pueblos, e incluso fuera de nuestra autóctona geografía, extramuros de nuestras nativas tierras, allí por donde vayamos podremos observar monumentos, estatuas y diversos conjuntos artísticos que, en particular, evocan, rememoran y perpetúan hechos históricos, actos heroicos, celebridades, nostalgias, personajes insignes, o sencillamente aspectos que no merecen perderse en el olvido.

Pero, detenido por un instante, intento recordar pero no consigo traer a mi memoria la existencia de alguna representación acerca del “niño no nacido”, de todos aquellos que nunca llegaron a ver la luz ni llegaron a culminar el alumbramiento del vientre de sus madres por ser fruto de un aborto, y sobre todo de aquel que, intencionada, programada y conscientemente fue practicado con la anuencia materna y la aquiescencia tan cruel como legal que avalaron al equipo sanitario obrando en aquel.

Si analizamos esta situación, la muerte provocada conscientemente de seres humanos en periodo de gestación quiebra frontalmente la naturaleza propia del ser humano, degradando al mismo tiempo todo el elenco declarativo de Derechos Humanos y el articulado prescrito en las Cartas Magnas en defensa de la vida que, como papel mojado, la han convertido en mercancía estadística que carece de valor.

Con todo, hace unos días, un medio de comunicación de prensa escrita publicaba una noticia en la que se exhibían tasas de descenso, de tantos por ciento, de comparativas anuales…, pero, ¿qué se dice acerca de los 113.031 abortos practicados en 2010 a tenor de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE)?

Sobre los derechos y deberes de la persona y del conjunto de la sociedad, concierne a la recta moral arrojar luz sobre las conciencias, y a la vez al Derecho, determinar y ordenar los deberes que se han de prestar socialmente. Asimismo, existen derechos que una sociedad no puede convertir en objetos de arbitrio, pues son anteriores a ella misma, ya que tienen como fin tutelar a las personas. Por ello, el primer derecho siempre será el de vivir, pues de otro modo, si este faltara, sobraría cualquier otro que se debiera apoyar sobre aquel, es decir, el resto.

Una discriminación fundada sobre los diversos períodos de la vida no justifica más que otra segregación añadida. El derecho a la vida es íntegro, no se puede seccionar, segmentar o tratar como propiedad de nadie, no se puede manipular como un efecto de bazar. A tal respecto, Quinto Septimio Florente Tertuliano, natural de Cartago y converso al cristianismo, en épocas que no estaban exentas de aberraciones sociales, comentaba que “es ya un hombre aquel que está en camino de serlo”, y no le faltaba la razón.

La historia, cargada de acontecimientos de los que toman nota quines los inmortalizan en los referidos monumentos, nos indica que los siglos XX y XXI enarbolan una época llena de ataques masivos contra la vida. Y es verdad que las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones difíciles e incluso dramáticas, pero es en el ámbito cultural, social y político donde exhibe su semblante más subversivo, interpretándose verdaderos delitos como legítimas expresiones de la libertad. Indudablemente, en ambos casos, es reprobable atentar contra la vida de las personas en cualquier faceta.

Como consecuencia, se está poniendo en peligro la convivencia democrática al correr el riesgo de construir sociedades de excluidos, marginados y eliminados, en vez de sociedades de con-vivientes. La sensibilidad moral no puede ser reducida a un mero y retórico ejercicio dialéctico tan estéril como baldío, cargado en todo caso de un profundo egoísmo relativista que, encerrado en su restrictiva materialidad, condicione el desarrollo de los pueblos y cosifique el carácter trascendente de la vida.

La cultura de la vida no se afana por intervenir y someter el nacimiento y la muerte humana a ciertas tecnologías políticamente correctas o a corrientes ideológicamente concupiscentes, bien al contrario, aquella promueve y potencia los valores del “ser” relegando los aspectos negativos del “tener”. Pero, ante este contexto socialmente intoxicado por el eclipse de lo divino y la pérdida del sentido del pecado, sendos obstáculos para quienes pretenden la conquista de una nueva civilización secularizada y tiránica, todavía existen países nutridos de personas que, sensibles con la merma demográfica ocasionada por tanto aborto indiscriminado, han decido plasmar en una estatua “el perdón y el amor del niño no nacido hacia su madre”. Así fue el pasado 28 de octubre en Eslovaquia, una escultura del artista Martin Hudáceka que, según comentaba Carmen Bellver en su blog titulado diálogo sin fronteras, “sorprende por su realismo y poética expresividad”.

Pero, a pesar de todo, todavía quedan personas y pueblos que desean la perpetuidad aunque sea en un frío pero penitente y compungido trozo de piedra de aquellos débiles e indefensos niños que no han podido nacer por el error, la mentira, la ignorancia o la mala fe de quienes reivindican materiales intereses prácticos, sustentados por manipulaciones genéticas, técnicas reproductivas y por un banal ordenamiento jurídico que cruelmente respalda las luctuosas consecuencias del aborto por medio de una frívola y eufemística dialéctica.

En nombre de la dignidad, si nadie llega a ser consciente de la gravedad de las muertes de estos vulnerables e inermes seres humanos, por lo menos tengámoslos presentes con el reconocimiento que se merecen. Así las cosas, todavía nos faltan monumentos que evoquen a los niños no nacidos. Tenemos calle, plazas y buenos artistas. Nos falta más corazón. No tengamos miedo y seamos capaces de inmortalizar a los no nacidos, con cinceladas de amor.

Estamos en Navidad, y ya que el niño Jesús sí nació y así lo conmemoramos, que Él haga nacer en nuestras almas la procura existencial hacia nuestros iguales, los gestantes, sin exclusiones que perturben un deseable y diligente progreso social.

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