Moral social: los bomberos pirómanos

Quisiera comentar la inconsecuencia de ciertos planteos sobre la moral social. Y tomo pie en la inconsecuencia de un importante periódico que e…

Quisiera comentar la inconsecuencia de ciertos planteos sobre la moral social. Y tomo pie en la inconsecuencia de un importante periódico que en un mismo ejemplar alberga cosas antagónicas: por una parte, recoge una entrevista –un poco rasgándose las vestiduras– en que se denuncian determinadas operaciones secretas de organizaciones poderosas militares que habrían urdido atentados en países europeos con fines muy oscuros (Caso “Gladio”).

Pero, por otra parte, en el mismo ejemplar se recoge un panegírico de El Príncipe, de N. Machiavelo, que no olvidemos recomendaba al soberano de la época del Renacimiento que actuara de acuerdo con la perversa máxima “el fin justifica los medios”.

Así, el citado importante periódico denuncia las llamas a la vez que atiza el incendio. Y no olvidemos que la citada máxima que, desarbola todo escrúpulo a la hora de la actuación política, no es sino el apogeo descarnado del relativismo que como vemos ya se fraguaba hace siglos. En efecto, si lo que yo hago, no es, en absoluto, bueno o malo en sí mismo, sino que lo calificaré de bueno o malo según sea eficaz o no para mis fines, que por suposición son loables, estoy en el pantano del relativismo: no se puede afirmar que algo es bueno o malo siempre y en cualquier circunstancia.

Entonces ¿cómo se entiende que pueda denunciar la injusticia, el crimen o la corrupción escandalizándome farisaicamente de las llamas voraces, mientras defiendo y atizo el incendio, propalando que el bien y el mal no existen y que todo es relativo?

En suma, el relativismo deja inerme al ciudadano que se levanta contra la injusticia y el crimen, creyendo (“el muy ingenuo” dirán los relativistas) que hay actuaciones que siempre hay que condenar, que son perversas en sí mismas. Y lo más llamativo es que el relativismo, que ofrece un paso franco a lo criminal, se defienda como un logro de la libertad (de la libertad de la selva en todo caso):

Si yo tengo libertad para definir y actuar según mi concepto particular de lo que es bueno o malo, los demás también tendrán esa supuesta libertad y, huérfana de ningún valor indiscutible, la sociedad desembocará en una lucha de todos contra todos, haciendo valer el más fuerte sus intereses.

El más vergonzante disfraz a esa selva en que se convertiría la sociedad sería la coartada de que eso lo desea la mayoría también supuestamente democrática. Pero, si no se garantiza, por ejemplo, la vida de todos y cada uno de los ciudadanos, ¿no se vaciará de todo contenido la palabra libertad? ¿Acaso no hay primero que vivir para ser libre? Así, si no existen valores absolutos, bien y mal absolutos, que ni siquiera una mayoría pueda abolir, no hay, no puede haber, verdadera libertad, verdadera democracia.

Como decía Juan Pablo II, si no se consagran y respetan unos valores básicos, la democracia puede degenerar en totalitarismo (sólo habría apariencia de democracia).

Sin deberes de todos en favor de cada uno y de cada uno para con todos, no existirá libertad verdadera para nadie: por ejemplo, si yo y todos no respetamos el derecho a la vida de todos y cada uno, mi propio derecho a la vida tampoco tendrá ninguna seguridad, sino que esta sociedad habría degenerado en una “invivible” e inhumana selva en que nada ni nadie estaría seguro: He aquí el envenenado fruto del relativismo de los bomberos-pirómanos que en nombre de la libertad destruyen la propia libertad.

Ojalá que los infectados por estas doctrinas suicidas se den cuenta de su ceguera y vuelvan a defender que existen bien y mal absolutos, que es quizá uno de los caminos para comprender que existe el Bien infinito, que existe un Dios vivo y presente en todo tiempo y época.

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