Mortal reclamo: Dámaso Alonso

Una de las bendiciones de ser católico es que en el amor a una mujer también se puede empezar a conocer la anchura, la altura, la profundidad del amor de Dios

El soneto “Oración por la belleza de una muchacha” de Dámaso Alonso borda en torno a la relación misteriosa entre amor erótico y amor divino. Los dos amores no están separados. Uno es aviso del otro. El amor erótico es puerta y espejo pero también espejismo del amor divino. Es símbolo y es icono. Puede ser ídolo.

Una de las bendiciones de ser católico es que en el amor a una mujer también se puede empezar a conocer la anchura, la altura, la profundidad del amor de Dios. Pero es raro encontrar esos dos amores juntos en un mismo poema. Esta es la maravilla del soneto de Alonso: juntar el amor a una mujer de carne y hueso, sólida, maciza, tangible, con el amor a Dios invisible.

El soneto es una oración como debe ser la oración, algo más que un mero ejercicio mecánico de devoción tibia. Es una interpelación a Dios, un reclamo como los de Job. La belleza de la muchacha del soneto es corporal: los cuartetos celebran su boca, sus ojos, su pecho, sus piernas.

Para el primer terceto, Alonso le canta al monte de Venus y dice cosas hermosas acerca de esa parte del cuerpo femenino. En el soneto, la bella como la boca, pechos, ojos, labios de la mujer vulva, es “esa ladera que en un álabe dulce se derrama, miel secreta en el humo entredorado.” En su esplendor, toda esa belleza va camino hacia la muerte.

El poema de Alonso no se detiene a lamentarse. Tampoco invita a apurar hasta las heces el vaso de la vida breve, en esa filosofía tan triste de los poetas latinos: “Carpe diem.” Hace, por así decirlo, un gesto pascual.  Le reclama a Dios la eternidad de la belleza que Él mismo creó. Le exige que salve a la muchacha de la muerte. Le pide la resurrección de su carne, de esas piernas, “prodigios de exacta arquitectura”, de esos pechos, “bultos de nieve que bullía”, de esos ojos, de esos labios, de esa vulva.

El último terceto del soneto dice: “Mortal belleza eternidad reclama.” Así es. Desde la belleza de una naranja hasta la belleza de una mezquita. Ese es el ay del corazón humano. En el poema, Dios no contesta. Dios nunca contesta. Dios siempre contesta. La genial respuesta divina es: “El que cree en mí no morirá para siempre.”

En la Creación no hay secretos. Toda bondad fue hecha para proclamarla desde las azoteas. Santa es la palabra y tal vez una manera de santificar el amor erótico y las cosas del cuerpo del varón y la mujer sea aprender de nuevo a hablar del amor erótico con palabras ciertas, hermosas y claras, como algo que tiene una relación estrecha y misteriosa con el amor divino.

Curiosamente, Dámaso Alonso, que se tuteaba tan familiarmente con Dios y se ponía a pelear con Él, decía que no era católico. Son especialmente fervorosas las oraciones de los que son tan cristianos que ni siquiera creen serlo.

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