Murmuración, mal negocio (y 2)

Los jefes no deberían consentir jamás la murmuración, que debería ser castigada severamente y con rapidez. Muchas veces, es suficiente la presencia de…

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Los jefes no deberían consentir jamás la murmuración, que debería ser castigada severamente y con rapidez. Muchas veces, es suficiente la presencia de un solo hombre o mujer “decente” para cambiar un ambiente bajuno. A la larga, la murmuración es un negocio donde todo son pérdidas.

En el campo del catolicismo la murmuración, los chismes, la maledicencia, la calumnia,… están bien definidas, se las considera siempre de más o menos gravedad, según los casos, pero todo el mundo sabe, o debería saber, a que atenerse.

El Catecismo de la Iglesia Católica no deja dudas al respecto, y los confesores no deberían ser transigentes con los aparentes casos leves, que por su continua repetición, abren la puerta a más graves situaciones. Supuesto que se confiesen de esos “casos leves”.

En el terreno de la política, los políticos saben los daños que causan las murmuraciones y calumnias; sin embargo, los utilizan descaradamente como armas de combate contra los rivales políticos. Aprovechando los medios de comunicación afines se puede incidir en el voto de los ciudadanos y modificar así el rumbo de cualquier política. Se juega en estos casos con la vida y el porvenir de millones de personas.

Los políticos carentes de toda moral, los seguidores de la Nueva Era, del Relativismo Moral y de cualquiera de las sociedades secretas o sectas conocidas como perjudiciales no deberían ser votados ¡jamás!

Son como el caballo de Atila, por donde pasan no crece la hierba. No es difícil detectarlos: “Por sus hechos los conoceréis” Un buen político ha sido primero un buen hombre, lo que antes se llamaba un hombre cabal, un hombre en el que se puede confiar. Si lleva estas virtudes a la política será un buen político; si no, se quedará como otros muchos en políticos de rastrojera, cuando no terminan en simples alimañas.

La murmuración es una roña que ensucia y entorpece el engranaje social, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la amistad entre las personas. Es difícil de eliminar; pero, como a la malas hierbas, podemos reducirla a dimensiones soportables.

El sucio ambiente de la murmuración se transforma radicalmente cuando nos acostumbramos a hablar de forma cordial de todo y de todos. Todos tenemos algo bueno. Si no fuera posible, callémonos, así no tendremos que arrepentirnos.

Hagamos una prueba durante una semana: Empecemos a hablar bien de todos nuestros conocidos, con naturalidad, sin coba – la falta de sinceridad se nota rápidamente-, sonriamos levemente con agrado, pocas palabras, consideremos como hermanos a los que nos rodean – en realidad lo son-.

Hagamos un esfuerzo por comprenderlos y quererlos. Algo así como lo que hacía la hermana Teresa de Calcuta o como lo hacen las madres con sus niños pequeños.

¿Es difícil ? Naturalmente, y mucho más de lo que nos imaginamos. Hablar bien de lo bueno que tengan nuestros amigos es algo que a algunos les cuesta muchísimo trabajo. Si a ellos los elevamos, parece como si nosotros bajásemos. Por lo menos, intentémoslo.

Sin olvidar que para hacer el bien hay que entrenarse diariamente, no menos que para meter goles. El principio físico de “Toda acción tiene una reacción igual y contraria” , también se da en las relaciones humanas: Sonría y le sonreirán; ame y le amarán, de y le darán; gruña, y le gruñirán;…

Bastaría ser un poco inteligente para comprobar que nos “conviene” cambiar seriamente y de verdad nuestra actitud para con los que nos rodean. Si se nos ocurriese utilizar la “coba” nos pasaríamos de listos y caeríamos en un repugnante fariseísmo.

La única arma válida es la del amor, la que nos recordó Jesús: “Amar al prójimo como a sí mismo”. Aun no se ha inventado nada mejor. Solución : Jamás hablemos mal de nadie, pues como cuando escupimos al cielo, antes o después la saliva nos caerá en la cara.

No hablar mal, no es suficiente. Las personas queremos, necesitamos ser amados, estimados y que alguien hable bien de nosotros y reconozca lo poco o mucho bueno que tenemos. Deseamos ser alguien , no algo.

Reconozcamos con sinceridad lo guapa que está María, lo buen trabajador que es nuestro amigo Juan, lo elegante que va y lo bien que guisa nuestra mujer o madre, lo bien que juega al fútbol nuestro hijo…

Podríamos asegurar que muy pronto subiremos varios puntos sobre el concepto que tenían de nosotros. Hasta nos mirarán con un poquito más de cariño. Y todo, por un precio bastante módico.

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