Musulmanes y católicos

En Europa la cuestión del Islam está lejos de estar bien resuelta. La razón radica en la complejidad del hecho, porque en &eacute…

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En Europa la cuestión del Islam está lejos de estar bien resuelta. La razón radica en la complejidad del hecho, porque en él se mezclan cuestiones religiosas bien respetables, fundamentalismos, problemas sociales, desarraigo, también como en el caso francés, las dificultades de una juventud que no tiene un sentido de pertenencia bien definido, en definitiva una amalgama que debe desautorizar toda solución simplificadora y reduccionista.

En este contexto lo que hagamos los católicos es determinante. Lo es por dos buenas razones. La primera, porque somos una parte muy decisiva del presente, del pasado y del futuro de la mayoría de los países. Y, en cualquier caso, un factor de referencia para aquellos donde el catolicismo tiene una presencia mínima.
La segunda razón nunca deberíamos perderla de vista, se trata de nuestra dimensión universal. Pertenecemos a una Iglesia que se define en estos términos, y esto significa que nuestras actuaciones están enlazadas en una red que envuelve al mundo. Lo que hagamos aquí, a la larga o a la corta, repercute sobre los cristianos de otras comunidades, minoritarias, que viven en países musulmanes y que son, en la mayoría de casos, anteriores al Islam en su implantación.
¿Cómo deberíamos afrontar esta cuestión? Pues como lo que somos: Como católicos, y por tanto escuchando el mandato de Jesucristo y llevándolo a cabo, estando atentos a lo que dice el Santo Padre y lo que hace Roma. En este sentido, vale la pena recordar el reciente encuentro este mes de diciembre de líderes católicos y musulmanes en Roma, en el marco del XI Coloquio Católico-Musulmán. Concretamente, el Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso y la World Islamic Call Society. En esta reunión, que tendrá su continuación dentro de dos años en Trípoli, se establecieron las siguientes conclusiones.
La primera es la de que los líderes religiosos tienen como tarea principal la actividad religiosa de acuerdo con sus tradiciones respectivas y cumpliendo fielmente, a través de la enseñanza de las buenas obras y el ejemplo, el servicio a sus comunidades para la Gloria de Dios. Subraya, por consiguiente, este primer punto el carácter religioso de la tarea particular y común.
Al mismo tiempo, consideran que las religiones tienen una función cultural y social que se desempeña en la promoción de los valores éticos fundamentales y señala cuestiones muy concretas: la justicia, la solidaridad, la paz, el bien común de la sociedad en su conjunto, especialmente hacia los débiles, los migrantes y los oprimidos. También declara que los líderes religiosos tienen una especial responsabilidad hacia los jóvenes para que no caigan víctimas del fanatismo religioso y el radicalismo; que puedan recibir una buena educación que les ayude a convertirse en constructores de puentes de paz.
Finalmente, consideran que teniendo en cuenta que crisis de diversa naturaleza, incluso en las relaciones interreligiosas, son posibles tanto a nivel internacional como nacional, los líderes religiosos deben aprender a prevenir, a afrontar y poner remedio a estas situaciones evitando su degeneración en violencia confesional. Esto requiere un respeto, conocimiento recíproco, cultivo de las relaciones personales y fomento de la confianza mutua, con el fin de afrontar juntos las crisis cuando sucedan.
En estos acuerdos, creemos que están presentes buena parte de los contenidos que deben guiar nuestra relación práctica con el Islam, y que están en las antípodas del rechazo, del antagonismo y la desconfianza. Actitudes todas que, además de no convenir desde el punto de vista práctico, vale la pena subrayar que tienen poco de cristiano.
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