Nacionalismos, catalanismo, españolismo… e idolatría

Gran parte de los informativos y tertulias de radio y televisión, de las portadas de prensa, de los mensajes en las redes sociales, son en Espa…

Gran parte de los informativos y tertulias de radio y televisión, de las portadas de prensa, de los mensajes en las redes sociales, son en España desde hace bastantes meses poco menos que monotemáticos: tienen relación con el reto lanzado por una gran parte del nacionalismo catalán a favor del “derecho a decidir”, con el objetivo y la perspectiva de alcanzar un estado independiente de España. La radicalidad es alta, las posiciones encontradas, los sentimientos fuertes y a flor de piel, las tensiones evidentes, e importante el peligro de fractura no sólo política sino también social, ciudadana y hasta familiar. Y con la perspectiva de ir in crescendo en los meses próximos.

Como aquel náufrago que tira al río o el mar una botella que contiene un mensaje a la espera de que alguien la recoja, me propongo lanzar una reflexión sobre la oleada nacionalista desde una óptica cristiana. Desde luego, orillando todo partidismo. Esperando que otros ayuden a ahondar en el tema, por medio de avalar, matizar o contradecir. En todo caso, contribuir a arrojar luz sobre algo que a quienes somos cristianos nos interesa, y que va más allá de la coyuntura política.

Los cristianos podemos sostener posiciones políticas divergentes, incluso contradictorias. Dios ha dejado la política y muchos otros campos a la autonomía de los hombres. Las posiciones políticas no son el Evangelio, ni tampoco el Credo que todo católico debe profesar. Un católico puede apoyar a un partido u otro, excepto a aquéllos que promueven ideologías y programas claramente contrarios a la dignidad de la persona, o en situaciones muy especiales que la propia Jerarquía podría señalar pero que raramente se dan. Por tanto, amplia libertad política, también en el sentimiento de Patria. En este caso España o Cataluña. Pero hay cosas que sí son exigibles a todo cristiano, sea cual fuere su opción política: que viva la justicia y la caridad, que sea sembrador de paz y no de enfrentamientos, que evite la violencia, que diga la verdad. Y que, aún defendiendo con firmeza sus ideas, sitúe la política en el lugar que le corresponde, sin desplazar a aquello que puede ser más importante.

Voy a centrarme en este último aspecto, el de encuadrar la política en el marco que le es propio y al nivel adecuado. Estoy seguro de que todas las exigencias citadas anteriormente serán asumidas por cualquier persona que se considere católica, aunque reconozco que es más fácil enumerar unos principios básicos que aplicarlos a cada circunstancia concreta.

Centrados en el caso que nos ocupa, el de la situación política y los planteamientos secesionistas, afirmo con rotundidad que ni es de Ley Natural, inmutable y exigible por principio, que España es indivisible. Ni tampoco que Cataluña debe ser independiente. Apoyar una opción u otra es legítimo. Más aún: a favor de cada una de las opciones hay católicos convencidos, coherentes, que buscan vivir a fondo su vida cristiana, que aman a Dios y desean ser santos. Unos son independentistas, otros unionistas. También los hay partidarios de terceras vías como la de una España federal, cambios en el Estado de las Autonomías o reforma de la financiación autonómica.

El problema, desde una óptica cristiana, no radica en cuál de las opciones políticas se defiende, sino en qué lugar ocupa en la vida de cada una de estas personas y en cómo defiende su posición.

Observando y analizando atentamente la actuación de muchas personas en Catalunya, y en parte en España, no creo que sea dudoso para nadie que este tema político tan de actualidad ocupa el lugar central en sus vidas. La vehemencia con que lo plantean, el haberlo convertido el asunto en eje de la mayor parte de conversaciones, la hostilidad hacia los discrepantes, las banderas que ocupen desde el balcón a las camisetas, los mensajes desde el twiter a todas las redes sociales, la enseñanza a los niños… Todo ello, legítimo en sí mismo, ha pasado a ser mucho más que una opción política. En muchos lo llena todo, ha desplazado a cualquier otra creencia. Dicho de otra forma, es para ellos el nuevo Absoluto, el nuevo Dios.

Y, que yo recuerde, cuando algo suplanta a Dios es un ídolo, un dios falso. Para bastantes en Cataluña, la nación, o incluso la lengua catalana, son el nuevo Dios. También para no pocos españoles, la unidad de España es un absoluto. Unos y otros pueden haber caído en la idolatría.

Estoy seguro de que algunos intentarán rebatir esas afirmaciones, y no sólo tienen derecho a hacerlo sino que pueden ayudar a clarificar, pero estoy convencido de que este endiosamiento del nacionalismo de los últimos años ha contribuido a la descristianización de Cataluña, que ya es fuerte por otras vías como las del relativismo o el hedonismo. Estas últimas afectan en todas partes, pero en Cataluña se ha sumado aquel planteamiento político que algunos han absolutizado. El nacionalismo catalán no es antirreligioso o anticatólico, pero ha creado una nueva mística en la que el centro es la Nación, lo cual, entre otras cosas, ha desplazado y olvidado a Dios.

La suplantación de Dios se da menos en gran parte del nacionalismo español, en el que hoy por hoy el peligro no es el de olvidar a Dios y al cristianismo, sino más bien el de mezclar religión y política por la carga y tradición histórica en este sentido, pero a medio plazo puede significar un crack para algunos si en una sociedad secularizada y plural no saben separar unidad de nación y cristianismo, aunque reconozcan y aprecien el gran papel de la religión católica en su historia.

En cualquier caso, resituar los nacionalismos en su sitio, al nivel que les corresponde, es un parámetro fundamental desde la óptica cristiana, no sólo política o cívica. Unión o separación en España son opciones políticas legítimas, pero a la vez, relativas, como cualquier convicción humana. Bajarlas de nivel, deshinchar el globo, que no ocupen el lugar central en los corazones y en la mente, es fundamental si se quiere dejar espacio para que en la vida de cada uno sólo Dios sea Dios.

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