Navarro-Valls: “han cambiado los nombres, han cambiado los pontificados, pero no la continuidad doctrinal”

A la hora en que el sol está en su punto álgido, a la hora de la Virgen, las 12:00 en nuestro reloj en la Ciudad Eterna, Roma, el &uacut…

A la hora en que el sol está en su punto álgido, a la hora de la Virgen, las 12:00 en nuestro reloj en la Ciudad Eterna, Roma, el último día en que conmemoramos el “dies natalis” de Juan Pablo II antes de su canonización, me concede esta entrevista el Dr Joaquín Navarro-Valls. Navarro-Valls convivió con Juan Pablo II 22 años de su pontificado, además de ser el único laico de la historia en ocupar el puesto de Jefe de Prensa del Vaticano.

Vámonos 9 años atrás, doctor Navarro-Valls: hábleme de ese momento en que nos dejó Karol Wojtyla.

Bueno, en aquel momento tenía la seguridad de que era el final de su sufrimiento.

¿Puede mencionar algunos rasgos personales del nuevo santo? ¿Qué hacía llorar a Karol Wojtyla? ¿Qué música escuchaba el Papa Juan Pablo II? ¿Cuál era su sueño? ¿Con qué libro hacía oración?

Llorar, yo creo que nada, porque en tantos años juntos nunca lo he visto llorar: lo he visto conmovido, lo he visto emocionado pero llorar exteriormente tengo que decir que no lo he visto nunca, ni en público ni en privado.

Él tenía un gran oído musical pero vi que lo que más le gustaba eran los cantos populares polacos. Cuando le mandaban un disco lo gozaba: eran esas cosas con esa riqueza que se conserva en todo los países en sus cantos populares, que no son más que un condensado musical de filosofía popular.

En cuanto a su sueño, realmente era un hombre de muchos sueños. Uno que indudablemente estaba allí era el sueño de poder ir a China. No lo pudo llevar a cabo.

Fundamentalmente rezaba con la Biblia. Y concretamente con el Evangelio de San Juan. Alguna vez le hice una pregunta absurda: si desaparecieran todo los evangelios qué página o qué cita conservaría Usted, de todo esto que iba a desaparecer; no dudó ni un segundo, me mencionó aquel capítulo de San Juan donde dice “la verdad os hará libres”; era un hombre tan enamorado de la verdad que añadió cuando me mencionó eso: “hace más de 30 años que pienso sobre esto y todavía continuo elaborando, pensando sobre esa frase de San Juan”.

“Mikhail Gorbachev después de su larga conversación con Juan Pablo II comentó: ‘los dos somos eslavos’”

¿Qué lugar ocupaba el pueblo polaco en el corazón de Wojtyla?

Naturalmente se sentía muy polaco, se sentía muy hijo de aquella cultura eslava. Recuerdo, es una anécdota en paralelo, aquella entrevista de Juan Pablo II con Mikhail Gorbachev. Fue una entrevista histórica y fundamental, el uno de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve, la primera de una serie que ponía fin, o mejor dicho iniciaba el período de los grandes cambios que afectarían a las vidas de centenares de millones de personas en el centro y en el este europeo. Recuerdo el comentario de Mikhail Gorbachev después de aquella larga conversación, sobre el Papa: “los dos somos eslavos”; es decir hubo una complicidad entre ambos, y eso era recurrente y un rasgo fundamental en la persona de Juan Pablo II. Se sentía muy hijo de Polonia y al mismo tiempo como todos sabemos era un cosmopolita, un hombre que se sentía a gusto en cualquier cultura del mundo

¿Alguna experiencia mística entre Santa María y Karol Woytila?

Ése es todo un gran capítulo de la vida de Karol Wojtyla. Cuando lo veía rezar, concretamente en Fátima o en Lourdes, o en otros lugares donde había un santuario mariano, me parecía estar viendo en aquella figura orante de Juan Pablo II toda la profundidad de un teólogo que conoce muy bien la teología, pero inseparablemente unido a esa dimensión vislumbraba la espontaneidad de un niño, de un niño pequeño; dos cosas perfectamente unidas y equilibradas: era el rasgo que me permitía de algún modo entrar en esa dimensión mariana de su existencia.

“La centralidad del laico en la misión de la Iglesia. Francisco, por citar al último Papa está insistiendo también mucho en esto”

Juan Pablo II dijo a monseñor Cafarra en una ocasión, “ve a ver a Álvaro del Portillo, encontrarás en él apoyo, como en mí”. Cuando murió del Portillo, el Papa fue a rezar ante su capilla ardiente a la sede del Opus Dei en Roma, y al agradecerle el actual Prelado de la Obra, Monseñor Echevarría, entonces secretario general del Opus Dei, su gesto, el Papa comentó que “era necesario, era necesario”. Ahora, Bergoglio ha dicho que no concibe la iglesia sin el Opus Dei, Comunión y Liberación y los movimientos. Del Portillo seguirá ahora a Wojtyla a los altares, en septiembre, en Madrid. ¿Es una bella coincidencia? ¿Los movimientos dentro de la iglesia dan vitalidad a la Esposa de Cristo?

El primer tema es esa referencia que hace usted al Opus Dei y en general a las instituciones de la Iglesia Católica y que tiene como punto central al mundo laical, el mundo de los laicos. Esto es literalmente el Concilio Vaticano II: la centralidad del laico en la misión de la Iglesia. Francisco, por citar al último Papa está insistiendo también mucho en esto. No es solamente el final de una reflexión teológica: es un dato práctico de carácter demográfico. En la Iglesia Católica habrá aproximadamente cuatrocientos cincuenta mil o quinientos mil sacerdotes, religiosos y religiosas, pero hay mil doscientos millones de laicos. Ignorar la vitalidad de este hecho en términos puramente demográficos sería absurdo. Juan Pablo II dedicó gran parte de su misión pastoral antes de ser elegido Papa al mundo de los laicos. Primero andaba al monte con chicos y chicas; luego con matrimonios; después ha elaborado libros.

En el caso de don Álvaro del Portillo y Juan Pablo II lo que puedo decir es que se veían con bastante frecuencia; supongo que el Papa le pediría alguna ayuda o le preguntaría algunas cosas. Le pediría ayuda para algunos objetivos que yo en este momento no conozco, pero esa amistad existía y fue de algún modo subrayada en ese momento excepcional que es que el mismo día que murió del Portillo quiso acudir a la capilla ardiente. Tengo que decir que en todos los años de pontificado solo vi al Papa hacer una excepción análoga; porque ni siquiera cuando moría un cardenal en Roma el Papa iba a la casa. Celebraba un funeral unos días después por él, y esa única excepción además de con Álvaro de Portillo fue cuando murió el médico que lo operó el día del atentado: el doctor Francesco Crucitti. Le dijimos, Santo Padre va a sentar un precedente el ir a ver a una persona a su casa. La respuesta del Papa fue “este hombre me ha salvado la vida, yo voy a su casa”. Fueron las dos únicas excepciones que recuerdo en todo el pontificado.

Juan Pablo II tomó su nombre de Juan Pablo I, que a su vez lo tomó de Juan XXIII y de Pablo VI. ¿Hemos vivido en este siglo una unidad de intenciones entre todos estos Papas? ¿Es un signo profético que coincida la canonización del Papa Bueno y del Papa viajero?

Cuando Juan Pablo II fue elegido yo creo que no dudó un momento en adoptar el mismo nombre que había elegido Juan Pablo I, en aquel pontificado excepcional, sobre todo desde el punto de vista temporal, un Papa que muere 30 días después de ser elegido: era casi obligado. Juan Pablo II alguna vez hizo mención a esto.

El tema de la herencia de los papas precedentes, de Juan XXIII y de Pablo VI, en fin, de acuerdo, tan bien esto pudo influir, pero cuando alguna vez me hablan de la continuidad de un Papa en el caso de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, o de Benedicto con Francisco, digo que en realidad no podemos ignorar que llevamos veintiún siglos de continuidad: desde la fundación del pontificado con Pedro hasta aquí han habido veintiún siglos de continuidad. Han cambiado los nombres, han cambiado los aspectos que cada pontificado subraya prevalentemente, pero no el gran tema de la continuidad doctrinal, moral, de un Papa con otro.

Si Juan Pablo II fue un gran filósofo, hemos tenido en Benedicto XVI a un gran teólogo. ¿Cómo quiso Benedicto dar continuidad a la reforma del mundo según la espiritualidad de su predecesor? ¿Qué consiguió? Hoy se puede hablar de Dios en la calle a cualquiera, es el efecto Francisco. ¿Hace esto que estos tiempos, en apariencia malos, sean los mejores tiempos? ¿Qué nos espera ante la desilusión que se llevaran algunos que ponen esperanzas ajenas a la moral y la doctrina?

En el caso de Juan Pablo II como Papa filósofo, y un gran teólogo como Benedicto XVI, puedo decir que Benedicto ha concedido, desde que renunció al pontificado, una sola entrevista, que estos días se está volviendo a considerar en Italia en un libro que se ha publicado y que me toca presentar el día cinco de abril aquí en Roma; él afirma con la modestia y la riqueza intelectual que le han caracterizado siempre, y la elegancia intelectual: “yo ni quise ni podía imitar a Juan Pablo II”. No lo quise y tampoco lo podía hacer, dice Benedicto. Es decir, cada uno tiene la responsabilidad de lo que es y de lo que tiene que hacer y por ello se diferencia mucho de su predecesor, pero que necesariamente se hace con el propio carisma, con el propio modo de ser. Eso que Dios mismo ha elegido al cambiar una persona por otra. Desde este punto de vista pienso que a Benedicto XVI no le fue difícil dar continuidad a la reforma iniciada por Juan Pablo II. El entonces cardenal Ratzinger era el colaborador número uno de Juan Pablo II durante todo el pontificado, al menos a partir de 1980, que es cuando vino a Roma. Le fue por tanto fácil continuar con su propio estilo, su propia especificidad la gran reforma, que sería ahora largo de explicar, que llevó a cabo Juan Pablo II.

“Yo pienso que el gran desafío del momento es la gran necesidad de superar el gran vacío antropológico, ético”

En cuanto a qué nos espera después de esa popularidad, llamémosle en términos de opinión pública, del Papa Francisco y la desilusión que usted anuncia, yo pienso que el gran desafío del momento, como lo ha sido probablemente en momentos anteriores es la gran necesidad de superar el gran vacío antropológico, ético, en un momento en que en nuestra época es bastante notable, el peor en la historia de la humanidad. Hay grandes problemas éticos en el mundo, pero es que antes que eso hay un gran problema antropológico, y es que no sabemos quién es el ser humano: cada vez que en un congreso internacional de filosofía se habla de este tema de la naturaleza humana o se habla del tema de la verdad, resulta que la gente se siente incómoda, como si fueran dos temas que no tienen que ver con la identidad humana. Ahí está el gran déficit de nuestra época.

Existe la hermosa figura del cardenal “In Pectore”, que el papa crearía sin hacerlo público, como manera de honrar un servicio callado entregado y eficaz a la Iglesia de Cristo. ¿Se ha llegado a decir que Joaquín Navarro-Valls podía haber sido nombrado tal por Juan Pablo II?

(Ríe, sorprendido) Nunca, nunca se me ha ocurrido pensar en esto. Usted sabe que cuando un cardenal “In Pectore” no se hace público y el Papa muere, el cardenal “In Pectore” muere con él.

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