Necesitamos partidos de cultura cristiana

¿Necesitamos partidos políticos que respondan con sinceridad y coherencia a una concepción cristiana de la persona, a un humanismo cristiano? La respu…

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¿Necesitamos partidos políticos que respondan con sinceridad y coherencia a una concepción cristiana de la persona, a un humanismo cristiano? La respuesta es que sí. Precisémoslo: no se trata de partidos confesionales, todavía menos de reducir el catolicismo a una formula política. Nada de esto. Ni tan siquiera el objetivo debería ser reunir solo a las personas que viven la fe.

No, un partido de fundamentos cristianos es una interpretación de la realidad a través de los fundamentos que la cultura cristiana –que no la fe- ha dado al mundo. El derecho y el sentido de la vida, la concepción del matrimonio y la familia, la libertad en la educación y la enseñanza, la justicia social, el bien común y la subsidiariedad, entendidos en términos concretos y operativos.

Iríamos mucho mejor, me refiero a la sociedad, si existieran partidos de este tipo, porque la política recuperaría coherencia, perdería tacticismo, ganaría en su capacidad para tener un orden de prioridades adaptado a las necesidades humanas, en lugar de inventos extraños. Contribuiría, en definitiva, a que la política fuera bastante más que pan y circo, y recuperara el sentido noble que tenía para Aristóteles, como espacio público donde ejercer las virtudes personales.

Por consiguiente, si es bueno que puedan existir partidos social-cristianos, de fundamentos cristianos, ¿por qué negar que sea bueno que si no hay más, al menos exista uno? No tendría sentido apostar por lo genérico y criticarlo cuando se concreta. Negar la posibilidad de este tipo de partidos es una brutalidad contra la coherencia del significado del cristianismo, porque equivale a negar que el cristianismo sea generador de una determinada cultura, de una determinada concepción de la vida y la sociedad, de su sentido, y toda cultura más pronto o más tarde interviene en el espacio público como proyecto político.

Todo esto no quita que existan católicos que legítimamente puedan elegir otras opciones, siempre y cuando, claro está, éstas resulten compatibles con lo fundamental del Magisterio de la Iglesia.

El actual Congreso de Unió Democrática ha tenido la virtud de manifestar sin complejos su decidida apuesta por una formulación social-cristiana. Creo que es un hecho absolutamente positivo, y que estos fundamentos deben estar más allá de la coyuntura política. Otra cosa distinta es saber cuál es la consistencia real de esta posición. En otras palabras, si realmente dentro de UDC hay la suficiente voluntad y número de personas para que esta opción esté bien sedimentada, si es algo más que la consecuencia del empuje de Duran Lleida y un grupo reducido de personas.

En todo caso, cuando resulta tan habitual nuestra crítica a los partidos por su alejamiento, cuando no simple agresión, a los fundamentos cristianos, es necesario subrayar un hecho tan positivo como el del último congreso de UDC.

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