Neurodidáctica y educación de los adolescentes

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Un nuevo concepto está empezando a ponerse de moda en los ámbitos de la enseñanza. Se trata de la neurodidáctica, que sería la aplicación de los conocimientos neurobiológicos a la enseñanza. En principio la idea es buena, como acostumbra a serlo en general todo intento de encontrar aplicaciones a los avances científicos. Pero en el caso de la enseñanza, como en todos aquellos que afectan a la complejidad del ser humano, posee el riesgo, tan propio de nuestra época, de aplicar un conocimiento atomizado. Me explico: dejando al margen que la neurobiología es un campo del conocimiento en el que todavía se está en sus inicios y que, por lo tanto, sus deducciones deben tomarse con serias precauciones, hay que señalar que utilizar relaciones excesivamente mecanicistas entre activación de áreas del cerebro y proceso educativo puede llegar a conclusiones muy equivocadas.

La primera cuestión que hay que dilucidar, y ésta es previa a la neurobiología, es qué entendemos por educar y, sobre todo, cuál es el concepto que poseemos del ser humano con una vida realizada, el ser humano de vida buena. Porque educar es conducir, aportar los elementos para que cada persona pueda alcanzar su máximo desarrollo dentro de las limitaciones que la vida aporta. Pero, claro, para decidir este desarrollo, hemos de saber previamente qué entendemos bajo tal concepto, y es ahí donde la cuestión creo que falla.

En un reciente debate en Cataluña sobre la neurodidáctica aparecían conceptos del tipo siguiente por parte del director de un instituto: “hemos de actuar bajo el principio de que no hay cognición sin emoción”. Y esto que, en definitiva, intuitivamente ya se sabía puede llevar por el buen camino o por el malo, no garantiza absolutamente nada. Cuando el director dice “estamos trabajando mucho en este terreno y estamos potenciando la inteligencia emocional, e incluso hemos creado una asignatura optativa de magia,….” hay que decir que la vía aparece como equivocada. La emoción, que es un concepto en el que caben muchas cosas, podríamos también substituirla, en buena medida, por atención. Debe estar ligada al descubrimiento de un hecho por parte del alumno, pero para ello no vamos a alterar los hechos que son necesarios conocer, sino que vamos a esforzarnos en dotar al alumno de los alicientes y razones necesarias para que sepa valorarlos. No vamos a hacer clases de magia para que estudie mejor, lo que vamos a hacer es enseñarle cómo estudiar mejor y a impartir clases que sean en sí mismas buenas.

He tenido ocasión de comprobar los resultados del primer curso de Liderazgo Joven que hemos montado en la Universidad Abad Oliba de Barcelona. Está dirigido a chicos y chicas de primero y segundo de Bachillerato y primero y segundo de carrera, que deben pasar previamente una entrevista personal y que deben presentar un currículum escolar razonablemente bueno, es decir sin suspensos. Naturalmente, hay esta preselección y esto condiciona para bien, no es el estudiante prototipo, pero a pesar de ello el esfuerzo que estos chicos realizan es notabilísimo. Durante dos sábados al mes, por la mañana, y a lo largo de todo el curso asisten a clases que cubren tres grandes áreas. Una, de aplicaciones, en la que adquieren conocimientos para desarrollar mejor sus capacidades de dirección, de liderazgo, entendido como una actitud de servicio, no como un subirse a un taburete para señalar el camino. Otra, de experiencias, en las que reciben y dialogan con personas que en sus respectivos campos han alcanzado buenos resultados. Y todavía una tercera, de fundamentos: Filosofía, Ética, Teología, Historia, fundamentos matemáticos, fundamentos de la ciencia. No todo es divertido ni todo despierta emociones, pero los profesores y la receptividad de los alumnos implica un resultado literalmente sensacional.

La motivación, es decir la emoción, se encuentra en el corazón de cada chico y lo importante no son los estímulos artificiales montados para que esta emoción se produzca en la clase, sino en llegar al corazón de cada uno de ellos para que sean capaces de desarrollar el interés por aquello que en aquel momento les corresponde conocer. El éxito pedagógico más grande del siglo XX no ha sido realizado por ninguna escuela ni por ningún pedagogo, sino por un general del Ejército Británico, Baden Powell, fundador del Escultismo. Él ha sido la persona que mejor ha conseguido trabar teoría y práctica, mejor ha presentido cuales son los motores de los adolescentes y de los jóvenes, y ha sabido encauzar su sentido de la aventura en una formación integral de su persona. El Escultismo sigue siendo un gran elemento de referencia a pesar de las crisis y de las manipulaciones que ha sufrido en muchos países, también en el nuestro. Pero, la pedagogía que surgió de este hombre procedente del Ejército y que, visto desde los ojos de ahora, se le puede presuponer una escasa capacidad para entender a los más jóvenes sigue constituyendo un punto de referencia.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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