Nikolái Berdiáev: la mística del cristianismo oriental

 Desterrado por marxista Nikolái Berdiáev nace en Kiev, en medio de una familia de gobernadores y militares. Durante su infancia y juventud se le educ…

 

Desterrado por marxista

 

Nikolái Berdiáev nace en Kiev, en medio de una familia de gobernadores y militares. Durante su infancia y juventud se le educa en el mundo feudal aristocrático, entre príncipes y condes. Pero, como él mismo nos explica en su autobiografía: "nunca amé aquel mundo, y aún de niño me sentí en oposición al mismo" (Samopoznaniye. Opït filosofskoy avtobiografii, 1949).

 

Marcado por innumerables enfermedades desde su infancia, siendo joven siente una inclinación hacia la filosofía y el conocimiento del sentido de la vida. Ejercen en él una notable influencia las obras de los literatos Dostoiévski y L. Tolstoi. Sus ideas hasta la revolución rusa de 1917 son básicamente socialistas.

 

Partidario del marxismo, fue desterrado por el Gobierno zarista. Años después, abandonará esta tendencia, redescubriendo su vocación a la filosofía. Se consagra por completo a la investigación de la verdad. Pasa por varias crisis, hasta que se reencuentra con el cristianismo de su infancia, que prácticamente olvidó. Abraza con ardiente deseo la fe y se opone radicalmente al régimen comunista.

 

Expulsado por los soviéticos

 

Expulsado de Rusia por el Gobierno soviético (1922), acusó al marxismo de olvidar la dimensión existencial del hombre, aportada por el cristianismo. Se refugia en Berlín y París. Es en París donde desarrolla su incansable actividad filosófica, cultural y religiosa. Años más tarde morirá, tras una larga trayectoria filosófico-literaria, en la ciudad del Sena.

 

Sus escritos son muy extensos. Entre otros destacamos: El sentido de la historia (1931), La destrucción del hombre (1947), El destino del hombre (1947), Ensayo de una meditación escatológica (1940), El cristianismo y el problema del comunismo (1959)…

 

Lucha por la verdad

 

Berdiáev nos da testimonio continuo de la búsqueda de la verdad. Él mismo considera que vivimos en una época en que "ni se ama la verdad, ni se la busca. La verdad es, cada vez más frecuentemente, reemplazada por el interés, y la utilidad, por el deseo de poder" (Reino del espíritu y reino del César, 1953).

 

Para el pensador ruso, no existe nada tan elevado como buscar la verdad y el amor a la misma. Él tiene muy claro que la única verdad es Dios, y su conocimiento consiste en la penetración en la vía divina. Cuando sustituimos la Verdad por pequeñas verdades particulares, que pretenden una significación universal, nos acercamos a la idolatría y a la esclavitud humana. Y éste es, para Berdiáev el problema del cientifismo actual.

 

La ciencia moderna cree que el conocimiento es únicamente humano, y se olvida del elemento divino. El cientifismo predica el avasallamiento del mundo. No puede darnos respuesta a las inquietudes más profundas del corazón humano. Por ello, al igual que Jaspers, afirma la necesidad del conocimiento existencial, en la búsqueda de la Verdad.

 

 

Un espiritualismo profetizante

 

El existencialista ruso defiende una visión cristiana del ser humano. Lo concibe como individuo, ligado con la naturaleza. Lo contempla como persona, en cuanto viviente de su propia existencia, con responsabilidad ante su vocación.

 

El espiritualismo de Berdiáev ve al hombre ante el problema de los problemas: Dios. Unos rechazan la idea de lo divino, otros la exageran. Frente a estas posturas contrapuestas, cree que la fe en Dios es un encuentro interior en la experiencia espiritual.

 

Así, el hombre se encuentra con Dios, no en el ámbito de la razón, sinó en los dominios del espíritu. Sólo el encuentro en el espíritu es un encuentro en la libertad. Encontrar a Dios es encontrar la propia humanidad.

 

 

Hombre, sociedad y socialismo

 

Para Berdiáev el hombre es un ser natural, social y espiritual. Vive inclinado tanto a la imagen de Dios como al egoísmo. Es precisamente el egoísmo social quien desea atrapar al propio hombre. La sociedad se alza con pretensiones totalitarias y no deja margen a la libertad humana. De ahí que Cristo enseñase el dualismo entre el reino de Dios y el reino del César.

 

El socialismo, propagado por Proudhon, Marx o Mikhailovsky, exalta al propio individuo por encima de la sociedad. Desea instaurar una sociedad nueva, fundamentado en el hombre. Pero esta teoría falla, porque considera al hombre como una cosa y un mero objeto. El socialismo "ve en el mundo de los objetos la realidad primera y en el mundo del sujeto una realidad secundaria. De esta forma, el socialismo representa una de las transformaciones del reino del César"  (Reino del espíritu y reino del César). Para el pensador ruso, el socialismo es incapaz de resolver los problemas esenciales de la existencia humana.

 

Sin embargo, el cristianismo ha realizado una mayor revolución espiritual. Liberando espiritualmente al hombre del poder ilimitado de la sociedad y del Estado, lo ha acercado a la Libertad divina. A pesar de todo, el reino del César ha invadido el ámbito cristiano, creando teocracias políticas, sustentadas por la coerción.

Urge, por lo tanto, que el cristianismo retome su forma original, la del Evangelio, para que llegue la plenitud del reino de Dios. Sólo, de este modo, saldrá de la crisis en la que se haya inmerso. "Este angustioso problema no podrá tener solución más que con la aparición en el cristianismo de una nueva conciencia, de una concepción que le considerará como una religión de transfiguración, no sólo personal, sino también social y cósmica, con la introducción en la conciencia cristiana del elemento mesiánico y profético" (Reino del espíritu y reino del César).

 

De la tragedia humana a la esfera mística

 

El místico ortodoxo considera que el marxismo es una utopía espiritual. Racionaliza absolutamente toda la vida humana, sin dejar espacio al espíritu. Los marxistas creen superar el mito del cristianismo con sus nuevos valores materiales. Aseguran que han vencido a lo trágico de la vida humana, formulando una sociedad justa, la del colectivismo y predicando una teoría optimista del progreso.

 

Berdiáev considera al marxismo una utopía más, semejante a la de Thomas Moro, Campanella o a los sueños de Fourier. La utopía social tiene siempre un elemento de engaño: el mito revolucionario. Y esto es lo que le pasa al socialismo marxista.

 

La superación de la tragedia humana necesita, sin duda, de la esfera mística. La mística es un estado y experiencia espiritual, al alcance de todos. No obstante, una mística que no implique una espiritualidad profunda sería una falsa mística.

 

A través de lo trágico de la vida, el mundo se encamina hacia una nueva espiritualidad, que salvará al mundo, con nuevos valores religiosos y morales. Y concluye Nikolái Berdiáev: "Ésta será una victoria sobre las formas ficticias de la mística social, una victoria del reino del espíritu sobre el reino del César".

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