No a la militarización de la sociedad

En los regímenes democráticos existe una clara división entre lo que son funciones de la Policía y del Ejército. Ahora, Rodríguez Zapatero con la nuev…

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En los regímenes democráticos existe una clara división entre lo que son funciones de la Policía y del Ejército. Ahora, Rodríguez Zapatero con la nueva ley militar quiere dar poderes policiales a determinadas unidades del ejército, como la Policía Militar y las nuevas, creadas para actuar en situaciones de emergencia.

En nombre de la democracia esto no puede tolerarse. Es un grave atentado a la sociedad civil que el ejército pueda detener, dar órdenes, entrar en los domicilios, incautarse de propiedades de los españoles.

Zapatero demuestra una vez más que es un hombre de derivas peligrosas donde el discurso general va por una parte y la práctica por otra. Así, no es un dato menor que mientras España proclama su servicio a la paz a los cuatro vientos, sea al mismo tiempo uno de los primeros países exportadores de armas. El negocio es el negocio como ya se ha demostrado en el caso del dictador Obiang.

Las funciones del ejército son las de defender al país de agresiones externas y a ello debe estar circunscrita su misión, que debe poder desarrollarse en las mejores condiciones posibles. En ningún caso debe estar facultado para intervenir y actuar contra los propios ciudadanos del país en nombre de nada.

Esta es una prevención democrática que todo gobierno debe respetar. Más cuando en nuestro caso la Policía es fuerte y el Ejército débil. Fuerte porque es muy numerosa y también, especialmente en el caso de la Guardia Civil, porque está dotada de importantes medios materiales. Insuficientes, pero importantes.

Al tiempo, el Ejército, teóricamente profesional, que a penas llega a los 100.000 hombres, tiene una capacidad operativa muy inferior a aquella cifra, puesto que se reduce prácticamente a las unidades especiales, Legión, Paracaidistas, Infantería de Mariana, etc. Los cuarteles se han convertido en oficinas de 9h a 14h. y poca cosa más, y la profesionalidad no ha representado una mejor cualidad y temple castrense sino la conversión en un oficio más. Pero el Ejército en ningún caso puede ser eso, un oficio como los demás, sino algo singular que requiere un marco legal muy específico y de una vocación también particular.

Con este paso, Zapatero profundiza en la línea de convertir al ejército en una ONG armada y por otro, de militarizar las incidencias que puedan suceder en la sociedad civil, a través de una unidad militar de nuevo cuño que depende directamente de la presidencia. La incapacidad técnica para hacer frente a tragedias como los incendios forestales no debe traducirse en la llamada a la milicia, que nos retrotrae directamente al siglo XIX. Claro que, bien pensado, este sería un estilo francamente masónico.

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