No crearnos necesidades

En esta sociedad del consumo y del confort en que vivimos, cada vez nos estamos acostumbrando a tener más necesidades que sin ser básica…

En esta sociedad del consumo y del confort en que vivimos, cada vez nos estamos acostumbrando a tener más necesidades que sin ser básicas nuestro modo de vida las “ficha” como básicas y no podemos pasar sin ellas. Si nos falta alguna ya empezamos a sentirnos mal, algo intranquilos; si no faltan varias ya nos viene el decaimiento; y si nos faltan algunas de las que consideramos imprescindibles, aunque no lo sean, nos viene la frustración, el desencanto y llegamos hasta la sinrazón de enojarnos e incluso amargar la vida a los demás. En muchas ocasiones somos esclavos de lo superfluo, de lo innecesario. Vamos, en múltiples situaciones, tras bagatelas inútiles.

A veces nos arrastramos y perdemos la dignidad por conseguir un placer pasajero, una experiencia fugaz, un capricho insustancial y momentáneo. Hay días que si no nos tomamos dos cafés, tres cervezas, 20 cigarrillos, el aperitivo y alguna otra cosa más parece que vamos de cabeza. Otros necesitan comprar en las rebajas de una manera incluso compulsiva; otros necesitan internet todo el día para hojear, hojear…; otros más jóvenes necesitan ir al botellón todas las semanas y, en esa misma línea, otros fútbol y más futbol; y otros en el colmo de la ambición un poco de todo para con ello llenar el día de fugacidades intrascendentes. Estamos esclavizados por placeres caducos y nos olvidamos de la realidades que verdaderamente valen la pena: el amor, la amistad, el cariño, la amabilidad, la ternura, la dulzura, la ayuda mutua, una sonrisa, la gentileza, el respeto, la cordialidad. En múltiples circunstancias dejamos estos valores y cogemos el anodino capricho de cada día que nos tiene drogados. Cuántas discusiones se originan por querer conseguir un algo superfluo sin el cual pensamos que no podemos vivir. También podemos hablar de tantos vicios como vamos acumulando en nuestra vida: el alcohol que bebemos de más; el tabaco que nos envenena; las drogas que inutilizan, trastornan, deterioran y acaban matando a tantos y tantos y que además traen consigo deterioros familiares, dramas, situaciones violentas, escándalos sociales… Una pequeña “necesidad” innecesaria puede acabar convirtiéndose en una terrible pesadilla para toda nuestra vida.

Hemos de luchar a cada instante para vivir la templanza, la sobriedad, la moderación en la comida y huir siempre de la gula y de todo tipo de caprichos que aprisionan nuestros sentidos y nuestro corazón y nos convierten en ciegos y sordos que no somos capaces de descubrir las necesidades de los demás, los problemas de los demás, las circunstancias adversas de tantas y tantas personas. Seamos generosos, dejemos las bajezas terrenas y sigamos con valentía los caminos del amor, dejemos la superficialidad y cojamos el timón que nos lleva a descubrir los auténticos valores. Y en el horizonte de todo este panorama, Dios. Un Dios que por la humanidad se hizo hombre. Un Hombre desprendido de todo y lleno de amor, lleno de capacidad de sacrificio, para a través de él ganarnos la Redención. En Dios el amor pudo más y por ello los caprichos, lo superfluo, lo innecesario, fue desterrado de su existencia. San Josemaría nos dice que para ser apóstoles debemos de vivir sobria y templadamente. Personalmente tengo que reconocer que en este terreno de abandonar las necesidades superfluas estoy a medio camino, pero con la ayuda de Dios quiero seguir caminando para ganar en generosidad, en abandono de lo superfluo, en espíritu de servicio y en ese luchar decididamente por eliminar de mi vida todo lo que me aparta de los bienes celestiales; y en este arduo cometido cuento contigo, contigo y contigo; todos somos útiles. Dios necesita su ejército de paz, libertad, solidaridad y amor. Dios necesita amores grandes y nosotros, si queremos, podemos colaborar.

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