No debe haber una ‘francmasonería’ cristiana

En su breve y a la vez imprescindible libro, ¿Quién es cristiano?, von Balthasar escribe: “todas las formas de una ‘francmasoner&i…

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En su breve y a la vez imprescindible libro, ¿Quién es cristiano?, von Balthasar escribe: “todas las formas de una ‘francmasonería‘ cristiana moderna resultan a la larga sospechosas, tanto para los cristianos como para los no cristianos y se hacen odiosas”.

Aquí Balthasar pone de relieve el gran error que cometen aquellos que, en nombre de una pretendida eficacia cristiana, se enmascaran y buscan el ejercicio del poder sobre los demás, convirtiendo a las personas en simples instrumentos.

Balthasar añade: “Quien hace cosas así no ha tomado correctamente en consideración ni la impotencia de la cruz (que en cambio habría de proclamar), ni la omnipotencia de Dios (que pretende auxiliar con el poder del mundo), ni las leyes del poder del mundo (que aplica acríticamente)”.

“Nos gustaría de forjarnos con la Iglesia un escudo contra el mundo, y con nuestra misión en el mundo un escudo contra la palabra y la exigencia de Cristo. Cristo desautoriza la espada mundana del integrista Pedro, toma partido por los atacantes y cura la oreja de Malco” escribe Balthasar.

Y añade: “El mismo atardecer, el mundo desautoriza las aproximaciones colaboracionistas del mismo Pedro y lo coloca en el lugar que le corresponde”.

Esta es la hechura profunda de la dimensión cristiana: “el cristiano es lanzado y expuesto allí donde ha de ser de manera perfecta con el único escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios, con las plegarias y súplicas fervientes como armas defensivas y ofensivas”. “Tienes bastante, con mi gracia en tu debilidad actúa mi poder”, escribe San Pablo en la 2ª Carta a los Corintios.

La posición católica que surge de la Iglesia no puede verse mezclada con aparatos que en busca de una pretendida eficacia cristiana se inspiren en secretismos y ocultaciones de sus fines últimos, propios de la masonería.

Ante esta realidad, los pastores de la Iglesia no pueden mirar hacia otro lado, porque precisamente este tipo de actitud es la que con inusual dureza el Santo Padre viene censurando. Ese pensar que la ocultación, de buena fe, resuelve algo que de salir a la luz pública escandalizaría a creyentes y no creyentes es un camino que de una vez por todas debe ser erradicado. Ningún resultado temporal, ningún éxito aparente, puede justificar que desde la Iglesia se arropen este tipo de actitudes.

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