No es bueno que el hombre esté solo

Esta frase titular nos remite al alfa de la existencia, al origen de los orígenes, a lo más genuinamente genético del ser humano….

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Esta frase titular nos remite al alfa de la existencia, al origen de los orígenes, a lo más genuinamente genético del ser humano. Es decir, a la génesis de la humanidad. Y es el libro del Génesis -el libro primero de la Biblia-, el que nos narra, en el segundo relato de la creación, cómo habiendo creado Dios al hombre y puesto al frente del ‘Jardín de Edén’, advirtió la inconveniencia de que el hombre, creado en soledad, no contase con un ser que estuviese a su altura. Y se dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté sólo”. Y creó Dios a la mujer, y quedó Dios satisfecho de su obra magna, porque se había completado el ser humano. Sin Eva, Adán no habría alcanzado la plenitud de su humanidad.

¿Fue Adán, en solitario, una especie de boceto o borrador, que sirvió de ensayo al Creador para completar su obra? Así parecería imaginarlo el que invento aquel chiste, que provoca hoy la más cruel ironía entre el feminismo reinante: “¿Por qué creó Dios a Adán antes que a Eva? Porque la cosas importantes se hacen primero en sucio”.

Recobrando la seriedad del tema que nos ocupa, y leyendo entre líneas el relato del Génesis, descubrimos la enseñanza que subyace en torno al tema: Que el hombre ha sido creado con un condicionante natural, es decir, un ser necesitado de relación en igualdad personal, un ser hecho para con-vivir, un ser para la comunicación con iguales, un ser para la común-unión. “Un ser para el encuentro”, lo definió el eminente doctor en medicina psicosomática, el español Rof Carballo.

El hombre, como ser social, tiene, pues, una primera y primordial tarea: que las sociedades, parceladas en razón de cada historia y cada cultura, confluyan todas en un punto común donde sea posible ese encuentro.

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