No es un terremoto pero podría llegar a serlo

El siglo XIX español fue la génesis de una gran transmutación política, ocasionada por el agotamiento de los partidos y las instituciones, y su incapa…

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El siglo XIX español fue la génesis de una gran transmutación política, ocasionada por el agotamiento de los partidos y las instituciones, y su incapacidad para dar respuesta a las demandas y necesidades reales de la sociedad de aquella época.

No fue, obvio es, un proceso instantáneo ni aislado –buena parte de Europa vivió movimientos semejantes- pero en pocos lugares se registró tal grado de desmantelamiento de las instituciones del Estado y agudización de las diferencias políticas.

En buena medida los grandes conflictos del siglo XX, empezando por nuestra guerra civil, son consecuencias de todos aquellos profundos desajustes. No se trata de establecer paralelismos mecanicistas, pero sí es necesario subrayar que la sociedad española, también en este caso de una manera más intensa que la europea, está viviendo un considerable proceso de desajuste societario que no encuentra de momento en los partidos y en las instituciones, la respuesta adecuada.

Los factores son diversos y conocidos pero no existe una respuesta política, es decir, que los integre todos ellos en términos positivos.

La inmigración masiva está propiciando consecuencias de todo tipo, muchas positivas pero sería un error no ver también la otra cara de la moneda: el desarrollo de las carencias en servicios básicos como la enseñanza y la sanidad que están creando una gran insatisfacción y disgusto en el pueblo llano, es decir, la mayoría.

También lo que está sucediendo con los salarios y la vivienda. Los ingresos de los españoles de mayores rentas son equiparables a los conciudadanos europeos de otros países más desarrollados, como Italia e incluso Francia. Pero los ingresos de los españoles de menor renta se sitúan por debajo de sus homólogos franco italianos.

Dicho en plan populista, nuestros ricos son tan ricos como los ricos de los países ricos, y los pobres son más pobres que aquellos pobres.

La desigualdad entre grupos sociales está creciendo desde el año 2004, después de haber experimentado una substancial mejoría en el período precedente. Parece una paradoja que con el gobierno socialista la desigualdad tiende a aumentar. No lo es desde el momento que este partido ha renunciado a toda voluntad de reforma social.

Así mismo, la vivienda constituye un problema que tiene múltiples dimensiones: motor de la economía, factor de enriquecimiento de unos pocos, necesidad insatisfecha de muchos, causa que presiona contra la natalidad.

La reciente iniciativa de un constructor de Fuenlabrada, José Moreno, que vende pisos de 3, 4 ó 5 dormitorios a 80.000 euros, es una demostración que otra política es posible, siempre y cuando los ayuntamientos dejen de hacer negocio con el suelo y los promotores urbanísticos no sean los principales financieros de todos los partidos políticos que están en algún gobierno local, autonómico o estatal.

Todo esto no puede seguir así indefinidamente como lo constata el surgimiento de movimientos sociales espontáneos de todo tipo, que van desde las elites económicas, como en el caso de Cataluña y su reivindicación sobre el aeropuerto de Barcelona, hasta un número creciente de ciudadanos que en la calle vienen reivindicando periódicamente el derecho a la vivienda.

Nuestro siglo no será el XIX, pero la verdad es que cada vez se le asemeja más. Si nuestros políticos pensaran más allá de la próxima cita electoral constatarían que si bien todavía estamos ante un terremoto social, éste podría llegar a producirse.

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