No, los que han votado Brexit no se comen a los niños crudos

brexit-1074x716Cuando pensé en escribir estas líneas supuse que, cuando aparecieran publicadas, constituirían una especie de apología del derrotado, algo con lo que vitalmente me siento plenamente identificado. Estaba pensando en escribir una defensa de los partidarios del Brexit, movido por algunas acusaciones que me parecían injustas. Luego vino San Juan, con su verbena y sus petardos y este escrito quedó en el tintero. Aún hay prioridades.

Y después, la sorpresa. La inesperada victoria del Brexit. Y sin embargo, todavía pienso que hay algo que decir, pues aquellas acusaciones se han redoblado.

No pretendo analizar aquí los pros y contras, la conveniencia o no del Brexit. Me limitaré a puntualizar algunas de las afirmaciones que forman parte del discurso general con el que nos martillean estos días.

No, el Reino Unido no abandona Europa, abandona la Unión Europea. No es lo mismo. Y si no que se lo pregunten a suizos, noruegos o serbios. No niego que entre los votantes del Brexit haya ingleses que no se sientan europeos, pero les aseguro que existen quienes, amantes y conocedores de Europa, gente culta y viajada, han votado a favor de abandonar la Unión Europea. Yo conozco a algunos de ellos y me honro con su amistad. No rechazan Europa, rechazan, acertadamente o no, una estructura política concreta.

Ya antes del referéndum pude escuchar a menudo la acusación de que los defensores del Brexit son irracionales, epíteto que se ha generalizado después de su triunfo. Una acusación curiosa para quien ha seguido los encendidos y argumentados debates que han tenido lugar en la campaña. No pretendo analizar ni los argumentos a favor ni los argumentos en contra, pero presentar a un bando como el poseedor de la razón y al otro como una especie de secta irracional es falso, injusto y dice más, y peor, del acusador que del acusado. Estamos, una vez más, ante ese característico despotismo ilustrado moderno en el que la apelación a la democracia forma parte sustancial del discurso oficial pero que no duda en despreciar la voluntad de las urnas cuando no se ajusta a sus deseos.

Tampoco pretendo que todos los británicos que han votado a favor del Brexit sean como mis amigos. No soy tan ingenuo como para negar que algunos de ellos pueden haber votado por motivos poco ejemplares (como, por otra parte, también habrá ocurrido entre algunos partidarios del Remain). Sin embargo, me choca que sea tan difícil comprender que hay británicos que, sencillamente, no quieren perder un sistema de representación política en el que conocen quién les representa en el Parlamento y saben cuándo y dónde pedirle explicaciones o comunicarle sus anhelos y preocupaciones. A la pregunta ¿quién es tu representante en el Parlamento? quieren seguir respondiendo con un nombre y un apellido, y no con la cara de póquer que ponemos nosotros cuando nos enfrentamos a la cuestión. Es obvio que no parece que para nosotros eso tenga mucha importancia, pero yo puedo entender que otras personas puedan considerarlo como algo de gran valía.

Por último, en todo lo que se ha dicho y escrito acerca del Brexit me llama la atención poderosamente el hecho de que el foco se haya centrado, casi de manera exclusiva, en la Gran Bretaña. He echado en falta mayor atención a lo que es la Unión Europea, a su modo de funcionar, a su actitud ante los gobiernos de los estados que la forman y su peculiar forma de entender ese principio recogido en los tratados y que atiende al nombre de subsidiariedad. La sorpresa del Brexit ha sido mayúscula, pero tendríamos que recordar que los avisos han sido recurrentes… e ignorados. Dinamarca en 1992 y luego en 2000, Irlanda en 2001 y 2008, Suecia en 2003, Francia en 2005, Holanda en 2005: demasiados avisos que, en vez de provocar un cambio de rumbo fueron recibidos desde Bruselas con condescendencia y rigidez, obligando a repetir los referéndums hasta que saliera lo previsto o incluso, sencillamente desdeñándolos. No pretendo presentar a los británicos como víctimas, pero no se puede ocultar la grave responsabilidad de unos líderes de la Unión Europea soberbios y con una cada día más evidente tendencia expansiva a inmiscuirse en los asuntos que son competencia de cada uno de los estados miembros (un último y muy gráfico ejemplo son las impresentables presiones y amenazas contra el gobierno polaco a raíz del anuncio de una serie de medidas para restringir el aborto).

En este panorama, es cierto, el Reino Unido limitaba algunos de estos desarrollos. En esto, como en tantas otras cosas, se les echará de menos. Desconozco si el Brexit significará una Comisión Europea ya sin trabas, cada vez más expansiva, o si por el contrario será un revulsivo que nos hará reconsiderar el modo de funcionamiento de la Unión Europea. No soy adivino. Lo que sí sé es que los británicos continuarán siendo europeos, que no es cierto que la mitad de la población sean hooligans irracionales y que el flujo de ideas, cultura y costumbres seguirá fluyendo, en ambos sentidos, a través del Canal de la Mancha (¿o debería decir el English Channel?).

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One comment

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    Gracias, Jorge, por defender con argumentos lo que muchos intuíamos pero no nos atrevíamos a decirlo en público so pena de ser tachados de ogros preconciliares,de ultras o de no-se-qué- fobos. A lo mucho que me atrevía a decir, para escándalo de la sociedad librepensadora, es que la Unión Europea no ha existido siempre, y que muchas generaciones han sobrevivido sin ella.

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