“¡No me cuestiones!”

Cada día más locos y menos Dios

Uno: Ayer por la tarde me dirigí a una parejita de veintipocos años que paseaban por la acera con un bebé de unos cuatro meses en un cochecito. Él, todo un mozo, estaba entusiasmado hasta la embriaguez poniéndole a toda castaña la música del teléfono móvil a dos dedos del oído al pobre hijito. Alarmado por tanta inconsciencia, le avisé al inexperto padre, imberbe él de esa barba que no era barba ni era nada: “¡No sabes el daño que le estás haciendo con esa música estridente!”. Ella me miró asqueada y continuó empujando el cochecito, como si no me hubiera visto; él, incluso con una sonrisa amable ante mi “osadía”, se paró y me preguntó, con cara de franco interés: “¿Ah, sí?”. Le expliqué que el bebé no tiene todavía formados el oído y el cerebro, y me pidió que le aclarara, cortados cada tres palabras por la maleducada niñata desagradecida, reclamando a su imberbe que me dejara correr. Dos: Hace unos días, me colgó el teléfono aquella dama presuntamente ilustrada grosera más o menos cercana a mí, madre de pimpollos por si fuera poco, con los que también se ha ejercitado siempre aplastando. ¿Por qué me colgó? Porque le advertí con palabras tiernas pero con severidad que me estaba aplastando con la insultante fuerza ciega de un potro salvaje desbocado y sin argumentos objetivos que defendieran su punto de vista, solo por el “deporte” de aplastarme. Era la sexta vez que me colgaba el teléfono en tres semanas por el mismo dicharacho. Tres: No hace mucho, a los nuevos habitantes del apartamento, en el que no paran de entrar y salir nuevos inquilinos veinteañeros como ellos, les advertí de que si seguían dando esos portazos cada vez que entraban y salían del piso, se harían más profundas las grietas que hace unos años se están haciendo en las paredes. Resultado: Ella ya no me mira a la cara cuando la saludo, y él es tan amable que me devuelve el saludo por lo bajini, pero sin mirarme. Y cuatro y cinco y seis…: Podríamos seguir la lista con la cantidad de gentuza que va por la calle atropellando y sin ceder el paso cuando le corresponde hacerlo. Suma y sigue. ¿Qué está pasando? Quieren la suya a toda costa, sin que les cuestionen nada. Caiga quien caiga. Y, si hay que llegar a las manos, los hay que hasta a eso se muestran osados. Sí, es cierto: Cada día más locos y menos Dios. El sexo ambiental envilece. Por este camino, la cepillada vendrá, pues será muy fácil que, en el momento menos esperado, salte la chispa que prenda el fuego que prende todas las guerras. Porque, no lo olvidemos, Dios y la Naturaleza tienen siempre su momento. Tarde o temprano.

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