No son solo las tarjetas negras de Bankia: el estado moral de España

Dejémoslo claro de entrada: moral significa lo que debe ser para realizar el bien, pero no es posible tal cosa si previamente la persona o una …

Dejémoslo claro de entrada: moral significa lo que debe ser para realizar el bien, pero no es posible tal cosa si previamente la persona o una comunidad no tiene claro en que consiste el bien a realizar. ¿Cómo va a cumplirlo si lo desconoce o rechaza? ¿Cómo hacerlo si el bien en nuestra sociedad desvinculada es primero y sobretodo la satisfacción del sujeto, hedonista y narciso, incapaz de trascender, que observa el mundo en función solo de lo que le satisface?

El caso de Bankia y sus tarjetas opacas es tríplemente escandaloso, por tratarse de una entidad social, una caja, después por ser un banco rescatado con el dinero de todos, finalmente porque esta misma entidad colocó sin piedad preferentes a personas que depositaban sus escasos ahorros en un producto que ya se sabía ruinoso. Todo esto es muy grave, todo eso es indigno.

Como escribía este domingo Enric Juliana en La Vanguardia, “La Lista de Bankia parece extraída de un manual de estrategia de Podemos porque están todos nombres excelentes, de la burguesía de estado, del Palco del Bernabéu, altos cargos, consejeros de prestigio, dirigentes pequeños y medianos del PSOE, cuadros sindicales, gente de Izquierda Unida con corbata”.

Es exacto, pero hay mucho más en pocos días. La indemnización acordada por el Gobierno para el proyecto Castor, una suma enorme de 1.350 millones de euros, por un fracaso descomunal, para pagar a la empresa de la que es el máximo titular Florentino Pérez y que sufragaremos todos los españoles con el recibo del gas, es también escandaloso por inaceptable, sobre todo cuando antes la Administración no ha depurado ninguna responsabilidad de esa máquina de fabricar terremotos que construyeron entre las costas de Cataluña y la Comunidad Valenciana.

En otro orden de cosas, pero concomitantes con la idea moral, el que Renault presione a los trabajadores para abrir los domingos, liquidando así el único día de la semana en el que la vida familiar es posible, y dificultando la vida a los católicos. Y, en esta misma línea de “business is business”, las declaraciones de Mónica de Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, que crucifican a la maternidad, en un país donde ya existe una fuerte cultura antinatalista, y que tiene su fin anunciado a fecha fija por la falta de nacimientos. O la insensibilidad del Gobierno y los partidos, empezando por el PSOE, de la Comisión de Exteriores del Congreso, capaces de ocuparse otra vez de la prioridad de asilo político a gays, lesbianas, y transexuales, y olvidándose de los cristianos degollados, crucificados, que huyen atemorizados de sus casas en Próximo Oriente. El poderoso lobby Gay en Madrid, el embajador de Estados Unidos, el de Francia, tienen atenazados a los poderes políticos, mientras que a los pobres cristianos no tienen quien se acuerde de ellos, con la única excepción de Unió Democrática de Catalunya, que ha anunciado una moción en este sentido. El reciente y detallado artículo de denuncia del Monje de Monserrat y archimandrita del Próximo Oriente, publicado en el L’Osservatore Romano sobre la indiferencia de los católicos, resulta en esta ocasión de especial aplicación en España. ¿No es esta otra descomunal corrupción de las conciencias?

Este panorama, que dura meses y meses, favorece la estrategia de Podemos de que la gente vaya a votar como a una guerra con la tarjeta entre los dientes. Pero en realidad su argumento principal, “ La Casta”, es un sin sentido, no porque no exista, sino porque abarca a tantos como tantos han tenido la oportunidad de utilizar una prebenda, empezando por el propio Pablo Iglesias, que después de ocupar su escaño en Europa se ha preocupado de construir su propia prebenda en la Universidad Complutense: como solo era un simple profesor contratado, condición que perdía con su cargo de diputado europeo, ya se ha encargado de asegurarse su futuro con el cargo de profesor honorario, una arbitrariedad pura y dura, porque jamás en ninguna parte un simple contratado ha pasado directamente a gozar de tal condición, sin méritos académicos mínimos que lo justifiquen. Y es que el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra, y solo aparecen los que no han tenido un mínimo de poder.

No, el problema de España no es de una casta, sino de una sociedad que un buen día y muy rápidamente decidió cargarse todo su sistema moral, sin tener otro con que substituirlo que sus deseos individuales. El problema es que para que exista moral se necesita gente virtuosa que conozca y practique la virtud, y eso ahora no existe ni siquiera en el vocabulario.

Lo que necesita España de entrada no son revoluciones robesperianas que practican el quítate-tu-que-me-pongo-yo, que como poseedor de la verdad, todo lo que yo hago es necesario (como que me nombren profesor honorario). Lo que se necesita es una Revolución Moral, y el retorno de la virtud, no solo a la política sino a toda la sociedad.

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