Nos sobran diálogos de pie de foto

A lo largo de la historia de la sociedad humana, cuyos miembros son las únicas criaturas capaces de comunicarse con palabras, hemos conocido innumerab…

A lo largo de la historia de la sociedad humana, cuyos miembros son las únicas criaturas capaces de comunicarse con palabras, hemos conocido innumerables formas civilizadas de intercambio oral.
 
Por dicha vía se podía avanzar en el conocimiento, y así tenemos los diálogos socráticos, de Platón; la charla camino de Emaús; el diálogo de los oradores, de Tácito; el diálogo de la lengua, de Valdés; o el diálogo de la fortaleza contra la tribulación, de Moro.
En la literatura y las artes también abundan los diálogos, como el coloquio de los perros, de Cervantes; las conversaciones con los muertos, de Quevedo; la charla amorosa entre Don Juan y Doña Inés, de Zorrilla; las conversaciones –y soliloquios– de Unamuno; las tertulias del Café Gijón, de tantos; los Cuadernos para el Diálogo, de Ruiz Jiménez; el departir absurdo esperando a Godot, de Beckett; los diálogos del conocimiento, de Aleixandre; las charlas pintadas de Gainsborough, de Matisse; los diálogos de besugos de los hermanos Marx, la conversación pinchada de Coppola, la entrevista con el vampiro, de Jordan, o el babel comprensible de película hablada, de Oliveira.
Y, por no ser exhaustivos, el diálogo ha servido al fin de dirimir problemas y conflictos, y en este sentido podemos recordar la Dieta de Worms, el Concilio de Trento, la Paz de Westfalia, el Tratado de Versalles, los acuerdos de Yalta y Postdam, las conversaciones de mil sitios para el desarme, el comercio o la reconciliación.

Todo este elenco, apenas escrito a vuelapluma, se queda corto para clasificar la realidad actual. Me refiero al diálogo impostado que hoy copa páginas de periódicos y cabeceras de informativos, una suerte de espectáculo bufo en que dos, naturalmente enfrentados por sus convicciones o intenciones, se reúnen con el presunto objetivo de dialogar.

Dicha farsa, pues no se trata de otra cosa, persigue el único propósito de fotografiarse para los noticieros, a fin de imprimir en la retina de los ciudadanos una imagen de cordialidad y apertura al otro. La prueba de que no exagero se aprecia en que nunca varían las posiciones de los que se reúnen para «dialogar», pues terminan el coloquio sosteniendo un discurso idéntico al que traían al encuentro. Eso sí, ambos, o el que sea más hábil utilizando la situación, habrán ganado un halo de personas tolerantes y abiertas por el simple hecho de haberse hecho una foto con el «enemigo», a cuyo pie figure la palabra que ha devenido mágica: diálogo.
Este comportamiento movería a la risa lo mismo que una comedia barata, si no fuera porque se quiere hacer creer que realmente esos gestos, esas actitudes huecas, significan algo más de lo que realmente son: poses, imposturas, propaganda. Sirven a quienes las emplean como puerta por la que se colarán una serie de medidas unilaterales que habrán sido prestigiadas por la mera razón de su preámbulo dialogante. El público –eso somos para ellos– acatará con resignación las decisiones a las que ha precedido un «esfuerzo» de diálogo, aunque los reunidos se sonriesen con desprecio y no hayan intercambiado una sola palabra sobre el tema en cuestión.
Lo que cuenta hoy es el trámite de fijar la imagen de diálogo en la opinión pública; el contenido de tal actividad carece de importancia, su resultado es previsible. En unos tiempos en los que se quieren extirpar consideraciones y protocolos que se estiman obsoletos, se introducen otros propios de la mentalidad vigente, como el trámite de la foto con el contrario, tan inútil y de puro morbo como la reunión de dos boxeadores antes de un combate, en la que se disparan improperios y se enzarzan, ante la expectación malsana de la prensa amarilla; tanto da una cosa como otra, pues todo el mundo sabe –al menos en el mundo pugilístico–, que ahí no se decide nada, que tales previos sólo sirven para preparar el ambiente de lo que acaecerá después.
Como también sabemos otra cosa que ambos contextos tienen en común, y es que en ellos las palabras sólo esconden dos posibles voluntades: la de vencer al adversario… o el tongo.
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