Nuestro futuro, la mujer (II)

La tercera capacidad sobre la vida es su papel como eje de la familia. Es ella quien determina el éxito o fracaso, en la medida en que los lazos famil…

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La tercera capacidad sobre la vida es su papel como eje de la familia. Es ella quien determina el éxito o fracaso, en la medida en que los lazos familiares están fundamentados en la gratuidad del amor y el reconocimiento del otro.

La gratuidad, uno de los valores esenciales para vivir, es esencialmente femenino porqué precisa de un interior fuerte, resistente y valeroso.

Los hombres tendemos con facilidad al egoísmo porque expresamos nuestra debilidad interior. Ello es así porque la mujer para desarrollar su papel central en la transmisión de la vida y de su sentido debe poseer más y mejores mecanismos intelectuales y psicológicos.

Sin mujer que asuma la centralidad, la familia lo tiene difícil. Y sin familia no es posible la cohesión y la paz social. Los datos son abrumadores y los estudios comparativos ponen de relieve que el colchón social que atenúa los problemas sociales, como el paro, la delincuencia o la drogadicción es la existencia de familias bien constituidas.

Y si todo ello es así ¿por qué la mujer que se dedica a su familia no percibe una compensación, un verdadero salario social? ¿Por qué no es legalmente y automáticamente titular de una parte de los ingresos que percibe el marido?

La mujer es más importante para nuestro futuro como nación que el estado del bienestar, la enseñanza o nuestra especificidad como pueblo, porque de su papel depende que todas estas cosas funcionen bien, o se degraden y desaparezcan.

La mujer debe poder trabajar, desempeñar el liderazgo político que todos necesitamos, ser madre, educar a sus hijos, conducir una familia, como opciones libres de realización personal, de trascendencia social. Esto es lo mejor para todos y para todo.

Por tanto las normas sociales han de crear las condiciones que lo hagan posible, y finalizar esa discriminación que considera a la mujer que trabaja duro en casa como dedicada a “sus labores”, sin salario ni Seguridad Social, clasificada con macabro humor estadístico como “inactiva”.

Hay que terminar con esa nueva explotación moderna de la profesional que trabaja fuera de casa –muchas veces cobrando menos- y otra vez –gratuitamente- dentro de ella, en jornadas ininterrumpidas que empiezan a las siete u ocho de la mañana y terminan bien entrada la noche.

En el fondo de todo esto hay un problema político, generado por los propios hombres, que como malos gestores de lo obvio somos incapaces de cambiar nada.

Pero también existe un problema en el campo de la mujer, porque políticamente todavía no se ha emancipado.

No ha desarrollado en el grado necesario su aportación, nacida de su interior, de “su vida” en femenino, al nuevo proyecto de sociedad porque parte de la reivindicación feminista transformó rápidamente la “idea”; es decir, la experiencia personal de vida, en “ideología”; esto es, un fin externo al que sacrificarlo todo, hasta los sentimientos y donde la persona –la mujer- es una abstracción y no un ser real. No era el “hombre” el punto de referencia, sino lo común a ambos: la persona, por desarrollar desde la feminidad.

Pero la sociedad a reconstruir está formada por personas –hombres y mujeres- que se desarrollan libremente en la igualdad desde sus respectivas especificidades.

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