Nueva reforma del Código Penal: no estamos de acuerdo

Una vez más va a modificarse el Código Penal y una vez más se va a hacer sin la reflexión y el consenso necesarios. Desde …

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Una vez más va a modificarse el Código Penal y una vez más se va a hacer sin la reflexión y el consenso necesarios. Desde 1995, que empezó esta serie inacabable de cambios parciales, se han hecho cerca de una treintena de reformas del Código Penal. Parece como si cada gobierno tuviera su propia visión, siempre parcial, siempre unilateral y siempre dirigida a endurecer las penas.

Desde 1995 se instauraron normas como el establecer que ya existía emancipación sexual a partir de los 13 años o, en otros términos, no era delito ir con una menor de esta edad si existía evidentemente el consentimiento de ella. Al lado de estas liberalizaciones absurdas, que no contemplan los países de nuestro entorno de civilización, todas las restantes han ido por la vía de incrementar el castigo, vaciando de contenido dos principios constitucionales como son el de la reinserción social y el de la humanidad de las penas. Ahora mismo se quiere implantar algo tan extraño a estos conceptos como la prisión permanente y revisable. Pero hay que advertir que desde la reforma del 2003 los condenados por delito de asesinato grave y también de terrorismo pueden cumplir 40 años efectivos de internamiento penitenciario, con reducidas, muy reducidas, posibilidades de acceso a la libertad condicional. Por lo tanto, ya se pueden condenar con dureza estos delitos.

Esta acumulación de cambios en tan poco tiempo hace afirmar a un catedrático de Derecho Penal tan prestigioso como Jesús María Silva que “tanta reforma crea inseguridad jurídica porque el sistema tarda en asimilarlo”. El propio Silva considera que el mensaje es de dureza y que se tiene una percepción desviada del delito. Es cierto, de alguna manera el Gobierno actúa a golpe de escándalo e intenta granjearse las simpatías de los sectores de población que siempre piden más y más penas sin considerar otros aspectos. Todo esto sucede además en una sociedad que tiene una brutal contradicción: una tasa de delincuencia comparativamente baja y un nivel de gente encarcelada comparativamente alto. Esto no tiene sentido y con los nuevos cambios se acentuará. En esta línea vale la pena recordar el endurecimiento que significó, y que se mantiene, toda la legislación sobre la violencia contra la mujer, cuyos cambios introdujeron la transformación de simples faltas en delitos penales si quien los cometía era un hombre.

Esta no es la vía. Tampoco lo es el hecho de que los recursos para la reinserción sean tan pobres. No podemos confundir la justicia con la venganza, ni la única finalidad de la condena es hacer pagar al detenido. Nos interesa también en la medida de lo posible recuperarlo y reinsertarlo. Esto que es cierto desde una posición estrictamente cívica todavía lo es más desde una lectura cristiana. Un cristiano no se define solo por el hecho de acudir a la Iglesia los domingos o cumplir con los sacramentos. Todo eso se ha de traducir en actos, como afirma San Pablo. Al final del tiempo seremos juzgados en el amor. Y el amor debe existir incluso hacia aquellos que nos quieren hacer y nos hacen mal. La justicia humana no puede ser amorosa, pero al menos debe ser mucho más racional y menos demagógica.

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