Nueve meses a la deriva en el Pacífico, con acordes de Michael Nyman

El 25 de agosto de 2005, los pescadores de tiburones Lucio Rendón y Jesús Vidaña estaban en misa en Nayarit, México, dando…

El 25 de agosto de 2005, los pescadores de tiburones Lucio Rendón y Jesús Vidaña estaban en misa en Nayarit, México, dando gracias a Dios: habían sobrevivido al naufragio más largo de la historia, nueve meses a la deriva en el mar. Un día antes, con el tercer superviviente, Salvador Ordóñez, hablaron en la sala de prensa internacional del aeropuerto de México DF. "Agradecemos a nuestro Dios que nos tiene con vida aquí", repetían.

La gesta de Rendón, Vidaña y Ordóñez fue recogida en dos libros de periodistas: "Nueve meses en la eternidad. Historia de tres náufragos", de Rubén Cortés, y "Los náufragos de San Blas", de Adriana Malvido.

Ahora contará con un documental, titulado "Nueve meses, nueve días", y la música la pondrá el rey del minimalismo cinematográfico, el compositor británico Michael Nyman, según informa El Universal.

Nyman, con tololoche y tarola

El director del documental, Óscar Ramírez, explica su contacto con el músico: "Le dije (a Nyman) que me dejara escuchar su música, escoger las que tenían sentimiento para lo que quería, y que las transformaría en norteña. Cuando estuvieron, las escuchó y dijo: ok, hagámoslo", explica Ramírez. La música de Nyman será interpretada con instrumentos mexicanos como el tololoche (pequeño contrabajo), el acordeón y la tarola (caja).

El documental, para el que ya han sido filmadas 110 horas, contará cómo los pescadores lograron mantenerse vivos en alta mar nueve meses en un bote de 9 metros de eslora, capturando aves que comían crudas, y cómo viven actualmente en México.

En diciembre de 2005, los tiburoneros Lucio Rendón, Salvador Ordóñez y Jesús Vidaña, y dos compañeros más, salieron con una pequeña embarcación del puerto de San Blas, en el Pacífico mexicano. Quedaron a la deriva hasta que un barco atunero taiwanés les rescató el 9 de agosto de 2006 cerca de las islas Marshall, en el Pacífico sur.

Respondiendo a los incrédulos

Hubo quienes cuestionaron su odisea, considerando que estaban en demasiada buena forma para tantos meses de tribulación. Pero ellos, ante más de 50 periodistas de todo el mundo, respondieron a todas las preguntas a su vuelta a México:

– ¿Cómo se protegieron del sol estando en alta mar, porque los veo y no hay quemaduras?, preguntó un periodista a Salvador Ordóñez.

– Mi compañero Lucio Rendón llevaba una colcha y de los bancos de la embarcación que llevábamos los destruimos para hacer sombra. Si no venimos muy quemados es porque los señores del barco que nos levantó cerca de las islas nos tuvieron bien atendidos en un cuarto con aire acondicionado y no nos dejaron salir al sol.

– ¿Quién va a quedarse con la lancha?

– Se quedó allá en las Islas Marshall, no sabemos quién se la va a quedar, pero era del señor Juan (una de las dos personas que murieron en el trayecto).

– ¿En once días lograron esa recuperación?

– Claro, gracias a Dios, fueron muy amables con nosotros [en el pesquero que les rescató].

Murieron por no comer crudo

Hablaron además de los dos que murieron: “El señor Juan era muy buena persona y El Farsero se la pasaba solo en una esquina y llorando (…) se murieron porque les daba asco comerse el corazón de los patos, su sangre; los pescados crudos”, detalló Salvador.

Jesús Vidaña agregó que los dos pescadores que se murieron “nos miraban que nos comíamos los patos, las aves en pedazos crudos y volteaban y se nos quedaban viendo (…) Juan me decía que no comiera, pero yo le decía: tú no comas si no quieres, y ahí están las consecuencias: yo estoy aquí viéndolos a ustedes”.

Las aves se posaban por la noche en la proa y y Salvador las cazaba con la mano. “Mi ‘compa’ Salvador parecía un gato atrapando patos”, comentó Jesús Vidaña.

"Mi vida es el mar. Le tengo mucho respeto, pero ese lugar es mi trabajo y regresaré junto con la Biblia que no dejé de leer durante esos nueve meses", comentó Salvador Ordóñez a la agencia Efe.Fue Salvador quien decidió organizar lecturas colectivas de la Biblia que llevaba en el barcopara levantar la moral del grupo. “Confiemos en Dios. Porque Dios es bien grande y milagroso”, les animaba. Por eso entendió como una buena señal que, en abril, los vientos de una tormenta arrancaran del libro las hojas dedicadas al Apocalipsis: “el fin no vendrá todavía”, explicó a los otros.
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