Obama y el Daesh

Las continuas derrotas que está registrando el Daesh, autodenominado Estado Islámico, eleva a la máxima visibilidad una realidad molesta y a la vez evidente. Aquella organización del terror que pareció surgir de la nada para pasar a convertirse en algo con la pretensión de estado en tierras de Siria e Irak, y cuya fuerza parecía imparable, ha vivido y ha crecido a expensas de la condescendencia de los Estados Unidos. Esta es la realidad trágica producto de la política exterior de Obama.

En realidad, el Daesh ha surgido de unos ingredientes que eran variantes que dependían de la inacción de Estados Unidos.

En primer lugar, la financiación a espuertas de Arabia Saudí y Qatar, aliados principales de Washington en la región, y que permitió pagar el desarrollo inicial de material bélico y hombres. Porque, además de las razones ideológicas, el atractivo de apuntarse al Daesh venia se debía a unos altos salarios para muchas de las comunidades islámicas, además de otras contrapartidas materiales. El segundo factor decisivo fue Turquía. A través de sus fronteras, se estableció, primero el tráfico de armamento y el paso de voluntarios, en una dimensión escandalosa, después de conquistar enclaves petrolíferos, Turquía fue la segunda baza de financiación al facilitar el tráfico ilegal de petróleo, transportado cada día por las carreteras de aquel país. Miles de viajes de camión han sido necesarios para perpetrar en este contrabando masivo ante la complacencia turca, otro aliado privilegiado de Estados Unidos.

Elmirar hacia otra parte de Obama, la no exigencia de que cesaran tamaños desafueros, permitió incubar el huevo de la serpiente hasta convertirla en un monstruo. Sin aquellos factores el Daesh no existiría como tal, y habría sido uno más de los grupos en disputa.

El abandono precipitado de las tropas de Estados Unidos de Irak sin haber completado su tarea de conformar un ejército autóctono propio de tal nombre, ha sido un factor coadyuvante, como lo fue, hasta que la intervención rusa lo corrigió, otorgar la prioridad a la caída del régimen de Al Assad antes que a la lucha del Estado Islámico

Los desequilibrios que este engendro del mal ha provocado en la zona, el terror y la esclavitud que ha impuesto, el exterminio de cristianos y otras minorías, son el resultado trágico de la política de Obama, de la que debería rendir cuentas. Pero sus efectos van incluso más allá, y golpean a Europa, porque una gran parte del flujo de refugiados tiene su origen en aquellos desequilibrios.

Europa está pagando una doble factura de la particular visión del mundo, de la vida y de la muerte que tiene el premio Nobel de la Paz norteamericano, la de los refugiados y el contencioso con Rusia, en Ucrania, concebido y realizado desde Washington.

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