Ofensiva contra la Iglesia y los católicos

El gobierno y el partido socialista han reaccionado en unos términos que resultan peligrosos para la democracia, frente a la gran concentración de cat…

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El gobierno y el partido socialista han reaccionado en unos términos que resultan peligrosos para la democracia, frente a la gran concentración de católicos del pasado día 30, en Madrid.
El peligro nace no del hecho de que aquel partido reaccionara legítimamente a unas críticas, sino a la naturaleza de las mismas. Querer negar, como hacen, el derecho a criticar las leyes aprobadas por el Congreso de los Diputados, y presentar esta crítica como un “imponer” significa liquidar un principio fundamental de todo régimen democrático: el de discrepar de las leyes si así se considera, el de buscar su modificación y el de movilizarse en este sentido.
 
Solo una concepción totalitaria niega tal posibilidad. Baste recordar que el partido socialista cuando ha estado en la oposición también ha descalificado con dureza leyes democráticamente aprobadas, como la de enseñanza, y cuando ha podido la ha derogado. ¿Por qué ahora esta crítica se les niega a los católicos? ¿Es que un laico católico, un obispo o un cardenal por el hecho de serlo ven coartados sus derechos como ciudadanos?
 
Otra línea crítica que también encierra un sentido pervertido de la democracia es la que niega el derecho a manifestarse políticamente si uno no se presenta a las elecciones, si no se hace en nombre de un partido. Esta es una idea restrictiva que margina la primacía de la sociedad civil de la que la Iglesia es una parte muy importante en España, y a la que los partidos políticos deben escuchar y buscar el encauzamiento de sus opiniones.
 
Cuando se quiere negar esta posibilidad, cuando todo se quiere reducir a un juego de elecciones y partidos, significa que la democracia se ha convertido en partitocracia.
Una tercera línea crítica del PSOE es estrictamente táctica, pretende presentar una Iglesia dividida entre buenos y malos, en función de la vibración crítica que emita cada persona en relación a las leyes. Es un católico “bueno” aquel que aplaude a Zapatero, y es “malo” si hace lo contrario.
 
Pero la Iglesia es solo una y dice lo mismo en todas partes. Criticar las extrañas leyes españolas en materia de matrimonio y divorcio, insólitas en occidente, es la consecuencia lógica de la propuesta positiva que la Iglesia hace sobre la relación entre hombre y mujer en el ámbito de su unión personal.
Con todo esto el gobierno ha conseguido relegar al olvido el hecho más importante de todos. Con independencia de que le parezca bien o mal, el domingo 30 de diciembre se produjo una concentración de personas en un número extraordinario que se manifestaron abiertamente críticas, una vez más, con aspectos concretos de su política.
 
Si Rodríguez Zapatero tuviera un mínimo de sensibilidad democrática, debería buscar la forma de tender puentes, de dialogar en estos temas tan criticados, en lugar de dedicarse a perseguir a aquellos ciudadanos que discrepan políticamente.

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