El Ojo de Halcón o el sesgo de la mirada

Más de algún lector sabrá a que reciente evento deportivo corresponden estas exclamaciones que hace escasos días y en boca de numerosos aficionados al fútbol inundaban las tertulias de terrazas y bares

“¿Cómo es posible que el colegiado no concediera el gol si el balón traspasó medio metro la línea de  portería?”. “¡Por supuesto que fue intencionado!¡ Se pone de manifiesto una vez más la persecución a que son sometidos nuestros colores, nuestro equipo…!”

Más de algún lector sabrá a que reciente evento deportivo corresponden estas exclamaciones que hace escasos días y en boca de numerosos aficionados al fútbol inundaban las tertulias de terrazas y bares.

No son los protagonistas de los hechos sino los hechos en si mismos lo que nos ocupa.

Evidentemente estamos haciendo referencia a la llamada “Mejor liga del mundo del fútbol”, a la autodenominada “Liga de las estrellas”, a aquella que acoge en su seno a archimillonarios futbolistas la que más dinero mueve en la galaxia del fútbol mundial, la liga de fútbol española.

Si todo esto fuera cierto y creo que a mi juicio lo es aunque sólo fuera como mera hipótesis de trabajo deberíamos preguntarnos por qué situaciones en el juego de tal relevancia para el resultado final del match son dejadas al albur de un juez árbitro que debe decidir en milésimas de segundo si concede tanto o no, o si la presión ejercida en el hombro del jugador atacante es suficiente desde el punto de vista biomecánico y de las leyes de la física para que sea objeto de sanción y penalti.Si puede su acierto o error justificar tan acaloradas discusiones y tales crispaciones fanatizadas.

Hablamos de un juez “desnudo” ante veintidós actores y miles de espectadores vocingleros, con la mínima ayuda de dos compañeros, los jueces de línea, partícipes de las mismas herramientas de que el árbitro principal dispone: la limitada percepción visual del ser  humano. Un director del juego a quien se le exige, no obstante, cualidades perceptivas sobrehumanas más propias de rapaces, es decir: estar dotados de una vista de halcón, águila o el más ligero alcotán.

Hablamos del fútbol multimillonario, de los futbolistas-mito disculpados de cualquier error en el lance del juego por su condición de semidioses, de su “precio” seguro en el mercado del deporte y cuya valoración económica no  está dispuesta a dejarse devaluar por los comentarios inapropiados de una prensa deportiva que debe permanecer sumisa al mantenimiento del mito, del business, del deportista convertido en valor de inversión “bursátil” de los clubs, como si de una obra de Velázquez o de Rembrandt se tratara y siempre estuviera predispuesta a revalorizarse en el altar de Sotheby´s o Christie´s.

Hablamos de la utilización del árbitro como inveterado “chivo expiatorio” de cuanto nuestros jugadores yerran.

(¡Ay, cuán diferente del rugby, cuyo respeto sagrado por las decisiones del árbitro son unos de los pilares fundamentales del juego)

Y hablamos de aquel protagonista que debería ser de respeto “sagrado” por parte de los intervinientes de la ceremonia: los jueces árbitros. Hagan ustedes mismos la prueba: “arbitren” un sencillo juego de minúsculas reglas con sus hijos y se darán cuenta de la dificultad.

El ser humano puede alcanzar con la práctica una esmerada visión periférica de las simultáneas acciones que realizan varios jugadores, concatenadas o simultáneas y sobre las cuales debe decidir instantáneamente.

Pero no puede discriminar una a una y decidir de las resultantes de las mismas la decisión que las resuma y juzgue. Es metafísica y biológicamente imposible.

En el siglo de la ingeniería genética, de la nanotecnología, de los proyectos de habitación humana en marte, de las neurociencias, nuestra tecnología se bastaría sobradamente para abastecer a los jueces deportivos de herramientas de las que se ayuden para responder ante la presión de miles, millones de personas que esperan la sentencia rápida y ecuánime con la realidad (o con lo que ellos consideran “su realidad”).

Estamos hablando de un fútbol de evolución reglamentaria tan lenta, tan imperceptible, que más parece una involución (Recuérdese que en el caso de este deporte ya en los años treinta un juez de silla ayudante del árbitro permanecía sentado junto a los postes de cada portería con la única misión de observar si la pelota entraba en ella o no.

¿Han visto ustedes alguno de estos jueces de línea últimamente? Quedaron postergados a un pasado congelado entre paisajes sepias. El fútbol ha avanzado mucho, tanto que estamos discutiendo todavía si la pelota ha entrado o no ¿Pueril o interesada cuestión?

Los deportes más populares han ido evolucionando en todos sus aspectos posibles Sólo por citar algunos de los innumerables ejemplos que afectan a la mayoría de deportes: en el voleibol se  permite ahora que una pelota de saque, que toque la red y caiga en el campo propio, se considere como punto del sacador, se instaura el jugador universal, se modifica la contabilización de los sets con un quinto que puede llegar a ser inacabable. El baloncesto re-define sus espacios (como la zona de pivots, la llamada “botella”) sus tiempos ,como los de posesión del balón, los de desarrollo del encuentro (cuatro partes de 10 minutos),un alejamiento de la línea de triple respecto a la canasta .En balonmano los cambios constantes de jugadores en función de si el equipo se encuentra en defensa o ataque, la ley – ¡tan importante!- de la “pasividad” en el equipo atacante.

La lista referente a cada unos de ellos y de muchos otros sería inacabable.

Y que decir del rugby, de nuestro rugby. Cada año la Federación internacional de rugby nos advierte de constantes modificaciones reglamentarias (En la temporada 2016-2017 han sido más de veinte)

Líneas arriba mencionaba como metáfora a las aves rapaces, cuya visión es proverbial para la caza de sus presas, no sin la intención de hablar del tan conocido “Ojo de halcón” del mundo del tenis.

Hace mucho tiempo que sus legisladores federativos admitieron la incapacidad del ojo humano para detectar si una bola diminuta lanzada a 200 km por hora golpeaba o no en los estrechos márgenes de una línea blanca pintada en el suelo. Recurrieron a la tecnología y la llamaron “Ojo de halcón”.

Y hasta en el deporte con mayor número de jugadores participando en campo abierto y de mayor y continuo contacto entre los mismos, el rugby, con su constante evolución dirigida en aras a la mayor vistosidad del juego pero sobre todo a la seguridad de los jugadores, la tecnología, nuestro “Ojo de Halcón” particular es ya un elemento consustancial en el desarrollo de los partidos.

Ello nos reporta una continua supervisión de las imágenes en tiempo real por parte de unos jueces de vídeo que a requerimiento del árbitro ayudan a dilucidar entre otras muchas acciones una de la más decisivas, es decir: establecer si el ovalado oculto bajo los cuerpos numerosos de los atletas está depositado correctamente en la zona de marca.

Interrumpido el juego, son varios los técnicos que encauzan la decisión soberana del árbitro de la contienda.

En ese momento el colegiado manifiesta su poder sagrado en el juicio: con el juego detenido y solo, expresa su decisión en público. Su voz amplificada por la tecnología llegará a todos los espectadores del estadio.

Habrá aplausos pero no silbidos ni gritos de desaprobación.

Y si sus jueces de línea le advierten de que un jugador ha infringido el reglamento lejos de la jugada sobre la cual está concentrado el árbitro, se detendrá el encuentro y si dicha acción es susceptible de expulsión de uno de los jugadores o de ambos dos, se procederá a la misma.

El  proverbial respeto que los jugadores de rugby, profesionales o no, de niños o jóvenes iniciados en este deporte, tienen sobre el árbitro, lleva a que algunos jugadores que habiendo olvidado este principio, simplemente con un gesto airado contra el colegiado, sean expulsados durante semanas o meses de la competición.

No se permite que un jugador mancille los sacrosantos valores del rugby: el respeto al rival, al árbitro y al reglamento.

¿Se imaginan ustedes a un árbitro de fútbol, en un Barça-Madrid pregonar por megafonía la anulación de un gol a uno de estos equipos es su propio estadio?

¿Impensable, verdad?

Con esto no queremos decir que en el rugby no se produzcan acciones vergonzosas (que por inusuales son “debidamente” atendidas por la prensa deportiva (quiero entender más por su excepcionalidad que por otros motivos)

Nada más lejos de juzgar peyorativamente el mundo del fútbol, éste también es reflejo de la realidad, pero también lo es el mundo del rugby, quizá no tan “conocido” y tan incomprendido todavía pero con un sustrato de valores que quienes disfrutamos del amor por él debemos preservar denodadamente.

La evolución de ambos deportes, “inmbricados” en el mismo juego durante siglos pero de destinos divergentes como todos sabemos por mor de la acción estudiante Web Ellis en la segunda década del siglo XIX ,nos ha conducido a estos días en que el fútbol  está llevando a cabo su propia “evolución” para convertirse en un deporte más técnico, a diferencia del rugby de exigencia más física. Ello no obsta a que en el fútbol la preparación física no sea importante y que en el rugby se hayan de diluir los gestos técnicos en pos de la exhibición meramente atlética.

Hablamos de la extrañeza de que en el deporte que tanta habilidad  técnica precisa, el fútbol, la tecnología en ciertos aspectos de su juego no le ayude a la expresión de las “creaciones” de los más extraordinarios jugadores que todos conocemos. Si el problema es que no se “respetan” las jugadas de estos “astros”, que se interrumpen las acciones deslumbrantes de los mejores jugadores con acciones bruscas y violentas; si convenimos todos en que el legislador deportivo debe “proteger” a quienes concitan la atracción multitudinaria de los estadios, a los “genios”, de las posibles acciones violentas provocadas por los contrarios ¿por qué entonces las más altas instancias de este deporte no toman las medidas adecuadas ¿Qué interés se esconde detrás de esto?

Y cuando intento responderme a esta pregunta y sin saber por qué, a mi memoria acuden recuerdos de aquellas   noticias de antaño que hablaban de que en la ya extinta U.R.S.S. algunos equipos emblemáticos de fútbol de las ciudades más altamente industrializadas, tras sus victorias del domingo (y que a veces incitaban a la sospecha) hacían aumentar  exponencialmente el ritmo de producción de las fábricas que patrocinaban a dichos equipos.

Los obreros producían con más alegría los lunes, orgullosos de que su equipo había resultado victorioso el día anterior.

(Espero de la amabilidad de los lectores que no infieran de mis palabras que el conocimiento por parte de las autoridades de estas relaciones causa- efecto les llevara les llevara a la tentación de mostrar “discretamente” sus “opiniones” a los responsables de la celebración de tales eventos deportivos, de que hicieran partícipes a las federaciones deportivas del “sesgo de su particular mirada”)

¿O tal vez si?  Establezcamos en este caso una respetuosa duda razonable.

Pero lo que si es cierto es que quienes defendemos los valores del rugby, con sus luces y sus sombras como toda actividad humana, siempre manifestamos nuestro legítimo orgullo al ver a un  juez árbitro, solo, en medio de una cancha de rugby ante 50.000 espectadores y con un pequeño micrófono en sus labios, dictar una  sentencia contraría a las expectativas de este público sin que éste muestre la más mínima desaprobación.

El silencio de este público durante la espera de la resolución arbitral y su respuesta caballerosa ante la misma nos reafirmarán una vez más, como en otras tantas ocasiones,de que la expresión pública del respeto al juez arbitro es la mayor muestra de fair play de la que el universo del rugby sigue haciendo gala: la comprensión y la tolerancia.

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