Óscar Romero, beato de todos

El domingo 5 de julio el papa Francisco emprendió un viaje apostólico que lo llevará a Ecuador, Bolivia y Paraguay. Francisco vis…

Romero poseía una sólida vida interior Romero poseía una sólida vida interior

El domingo 5 de julio el papa Francisco emprendió un viaje apostólico que lo llevará a Ecuador, Bolivia y Paraguay. Francisco visitará por segunda vez el continente de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, beatificado el pasado 23 de mayo. Monseñor Romero fue vilmente asesinado por odio a la fe el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía en la pequeña capilla del hospital oncológico de la Divina Providencia de la capital salvadoreña, donde residía. Tenía sesenta y dos años. El papa Francisco envió para la ocasión una carta al arzobispo de San Salvador, en la que se congratulaba por la beatificación del obispo mártir, «que supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia».

El martirio es la muerte voluntariamente aceptada por la fe en Cristo, por obra de un perseguidor que actúa movido por odio a la fe en Dios. La causa del martirio, por tanto, debe ser el amor a la fe u otra virtud cristiana relacionada con la fe en la persona del mártir. El testimonio de fe se puede dar no sólo sufriendo por la persona de Cristo y su doctrina, sino padeciendo también por obrar conforme a la fe y la caridad. Monseñor Romero fue asesinado porque su vida y sus enseñanzas de pastor, coherentes con la fe profesada, se oponían a la ideología de sus asesinos; en esto consiste precisamente el odio a la fe. El mártir es el santo por excelencia; es el que ha seguido a Cristo tan de cerca hasta derramar su sangre por amor a Él, ofreciendo de este modo el testimonio de fe más alto y creíble.

Cuando monseñor Romero fue trasladado en 1977 a San Salvador, procedente de la diócesis de Santiago de María, el país se encontraba sumido en una profunda crisis política y social que precipitó en una guerra civil que duró doce años (1980-1992) y causó cerca de 80.000 muertos en un país que contaba con cuatro millones de habitantes. La Iglesia católica también fue atacada con dureza: secuestro y asesinato de sacerdotes, religiosos y catequistas, profanaciones en iglesias, amenazas e intimidaciones de todo tipo, calumnias en la prensa, etc. Entonces Romero alzó su voz con fuerza para condenar la violencia, viniera de donde viniera, para reclamar justicia social y para defender a los más desfavorecidos de la sociedad salvadoreña, siguiendo la doctrina social de la Iglesia. No cedió a las presiones y a los intentos de soborno para que abandonara El Salvador; decía: “No deseo morir, pero si esta es la voluntad de Dios, hágase su voluntad”.

Preguntado en una ocasión si compartía los postulados de la teología de la liberación, Romero respondió que sí; pero aclaró que había dos interpretaciones de la misma: la que dirigía su mirada solamente hacia las cosas terrenas, y deseaba una solución inmediata de los problemas; y la otra, que proviene del mensaje de Jesús, que vino a liberar al hombre del pecado y redimir el mundo. Romero defendía la segunda, porque su pensamiento teológico se identificaba plenamente con el de Pablo VI. De esta y de otras cuestiones trata Roberto Morozzo della Rocca, catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Roma Tre, en su libro Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador; probablemente es la mejor biografía de Romero que se haya escrito hasta el momento.

Romero poseía una sólida vida interior; en la última etapa de su vida dedicó más tiempo a la oración, y realizó los últimos ejercicios espirituales el mes anterior a su muerte. La mañana del día de su asesinato participó en un encuentro organizado por sacerdotes de la prelatura del Opus Dei. Por la tarde, antes de celebrar la Misa, se confesó por última vez.

Se podría decir que Romero se encontró atrapado entre dos fuegos: el de quienes lo consideraron equivocadamente un agitador político, hasta atentar contra su vida, y el de quienes quisieron adueñarse injustamente de su figura, instrumentalizando su martirio con fines ideológicos.

Cuando san Juan Pablo II llegó a El Salvador en 1983, quiso rezar en la tumba de monseñor Romero en la catedral, desoyendo la orden del Gobierno, que había prohibido la visita. Por indicación del Papa, el vehículo se desvió del recorrido previsto, cruzando calles y plazas desiertas. Llegados a la catedral, se encontraron con la puerta cerrada, pero el Papa fue muy enérgico y pidió que buscaran la llave. Cuando consiguieron entrar, el Papa rezó largo rato en la tumba de Romero. Durante los días que transcurrió en El Salvador, el papa Wojtyła, reivindicando el carácter eclesial de la figura del arzobispo asesinado, repitió varias veces: “Romero es nuestro”. El 7 de mayo de 2000, durante la conmemoración ecuménica de los mártires del siglo XX en el Coliseo, Juan Pablo II mencionó expresamente a monseñor Romero como testigo de la verdad y la caridad del Evangelio hasta dar la propia vida.

Viajando a Brasil en 2007, Benedicto XVI dijo que “monseñor Romero fue un gran testigo de la fe, un hombre de gran virtud cristiana, que se comprometió en favor de la paz y contra la dictadura, y que fue asesinado durante la celebración de la Misa. Por tanto, una muerte verdaderamente creíble, de testimonio de la fe”. Manifestó también que no tenía dudas de que mereciera la beatificación. Por su parte, el papa Francisco, regresando de Corea del Sur en agosto del año pasado, comentó a los periodistas que le acompañaban en el viaje que en esos momentos el proceso de beatificación de Romero estaba siguiendo el curso habitual, y esperaba una rápida conclusión.

Con el reconocimiento del martirio de Romero emerge su persona: su vida y su obra, quedando liberado definitivamente de las controversias que rodearon su asesinato. Romero fue un pastor que vivió únicamente para anunciar el Evangelio, exhortando a la conversión y a la reconciliación; es un mártir de Cristo que murió amando a todos sin excepción.

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