Otra universidad es posible

La vida universitaria propiamente dicha está muy ausente en lo que hoy por hoy se llama universidad. Parece una paradoja, pero ésta es la verdad. La v…

La vida universitaria propiamente dicha está muy ausente en lo que hoy por hoy se llama universidad. Parece una paradoja, pero ésta es la verdad.

La vivencia universitaria apenas existe para muchos universitarios: escasean los foros de debate, la asistencia a las conferencias y otras actividades que propiamente harían de la experiencia académica una experiencia universitaria.

Cuentan los créditos, el cálculo aritmético para alcanzar la graduación, pero la vida universitaria es más que la aspiración legítima a un título.

Estas actividades de carácter cultural y formativo al margen del estricto currículum académico son percibidas en muchos casos como distracciones de lo que es importante: superar exámenes, aunque se reconozca en teoría que la universidad debiera ser más que un centro de enseñanza, por muy superior que sea, que dispensa títulos con los que concurrir al mercado laboral.

Más allá de esto, la más alta institución académica de un país, debería socializar la cultura y ser capaz de impulsar el análisis crítico y el debate social y científico.

La institución universitaria se ha empobrecido como espacio socializador de la cultura, de actitudes sociopolíticas y de la participación social e institucional.

No soy apocalíptico, pero da pena ver el nivel de lecturas que realizan los estudiantes de supuestas carreras de letras.

Da pena ver como se pierden por Internet a la búsqueda del resumen simplificado. Da pena ver con qué poco entusiasmo abordan la lectura de un clásico.

En general, el alumnado apenas se siente involucrado en la vida universitaria y participa muy poco en las estructuras de representatividad. Cuando lo hace, descubre muy frecuentemente grupos muy corporativos o muy vinculados a intereses exógenos a la universidad misma.

El número de alumnos que participa en los comicios es exageradamente bajo, quizás porque ya les va bien como está la universidad, quizás porque consideran que no puede mejorar. El caso es que falta debate intelectual, lucha por las ideas, espíritu de búsqueda, de permanente atracción por lo nuevo.

Puestos a criticar, también los profesores debemos hacer autocrítica.

El mismo profesorado ha decaído en su actitud universitaria y en su capacidad de movilización y cunde en todos el camino pragmático de la sumisión al poder. La preocupación por la aplicación de la Bolonia ocupa todas las conversaciones y cada vez más los trámites y las gestiones burocráticas para acceder a un programa de investigación ocupan más tiempo y, sobre todo, más espacio mental.

Crece, como consecuencia de todo ello, el pragmatismo en todos los estamentos universitarios y la búsqueda de la competencia es confundida con la obsesión por la competitividad.

De hecho, los universitarios apenas buscan en la universidad nada más que la preparación para la vida profesional, pero paradójicamente aparece bastante frustración al respecto.

Más de la mitad de los universitarios piensan que la universidad actual no prepara adecuadamente a los estudiantes para la vida profesional.

Es esencial que la universidad logre formar profesionales competentes, pero a veces el énfasis en la competitividad ha sido exacerbado hasta confundir ser competente con ser competitivo.

Lo que se logra es generar relaciones individualistas, contrarias al espíritu universitario; la insistencia en la excelencia aún más que en la calidad tiene una clara resonancia elitista, muy presente en la ideología universitaria dominante, reflejo de una Europa obsesionada por competir con los Estados Unidos de América.

Sin embargo, merece la pena recordar al respecto que el sistema educativo de Finlandia, número uno según la OCDE, fundamenta su éxito en no priorizar la competitividad, sino la solidaridad.

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