El padre ha de saber decir no

La afirmación, como sistema, no es siempre un acierto, como no lo es la negación. Tampoco pensamos que sea un gesto necesario querer queda bien con todos en cada momento. Esto sirve para cualquier persona, con independencia de su condición, y por consiguiente, también sirve, con los matices que se quiera, para el padre, para todos ellos, los que surgen de la sangre y los que son engendrados por el espíritu. Un padre sabe el daño que puede ocasionar decir siempre amén al hijo, querer quedar siempre bien.

Un papá sabe decir no a su hijo por mucho que lo quiera. No será en la mayoría de ocasiones, resultará algo excepcional, pero le dirá no. Todos los pedagogos están de acuerdo que uno de los problemas actuales es que la crianza, en muchos casos, no es buena debido a un exceso de aceptación de todo lo que el hijo dice y hace, de dejarlo todo en la afirmación o en una ambigüedad que se interpreta como una afirmación. La paternidad espiritual no es una excepción a la norma.

Hablar con el no, es para un padre, incluso para cualquier persona, una de las cosas más difíciles que existen, y hay un supuesto, de paternidad espiritual en este caso, cuya dificultad bordea, incluso supera, el límite de lo humanamente posible. Se trata de la palabra y el gesto del Papa. Constituyen una carga de responsabilidad terrible que solo la santidad de sus vidas les permite arrostrar. Son difíciles porque aun cuando se dirija a un auditorio concreto su impacto es universal, y ello fuerza a una tensión permanente, porque si ya es arduo hablar con tus hijos que conoces bien, resulta muy complicado, incluso peligroso, cuando las palabras llegan a la mayoría de la humanidad. Solo hace falta recordar el conflicto que se produjo con una parte del Islam, ante unas bien intencionadas palabras de Benedicto XVI, una persona además que ponía un delicado cuidado intelectual en la precisión y finura de su lenguaje.

Además, es muy humano dejarse llevar por la situación concreta del interlocutor que tienes delante y no perder de vista la audiencia universal, de ahí la necesidad de improvisar lo mínimo, porque la improvisación, la espontaneidad, tan sana y tan bien recibida, puede ocasionar estropicios irreparables. La segunda gran dificultad radica en los actos cotidianos, el día a día. También en esto la tensión es terrible, porque su liderazgo global hace que el menor gesto sea escrutado y elevado de anécdota a categoría. Y en este caso, el cuidado surge porque el Papa tiene la autoridad máxima, pero al mismo tiempo es servidor no solo de la Iglesia ahora, sino de su pasado y de su legado futuro. Su acción debe mantener una armonía con el pasado, sin dar pie a confusiones y, sobre todo, pensar que no debe depositar en la espalda de su sucesor una pesada herencia, más allá de la que levantan las circunstancias. No sería justo abrir ambiguas e inconcretas expectativas, con la idea que las cierre o concrete otro. Afortunadamente, la Iglesia lleva años, siglos, de buenos papados, y esta evidencia siempre reconforta.

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