Padres Católicos Sin Fronteras (PCSF)

No es necesario describir el panorama religioso que existe en nuestros días, cualquiera que visite un templo puede dar testimonio de la agon&ia…

No es necesario describir el panorama religioso que existe en nuestros días, cualquiera que visite un templo puede dar testimonio de la agonía bullanguera de esa inmensidad de ciudadanos que viven de espaldas a Dios. Pero eso, que de por sí debería ser la mayor de las tragedias no es la peor de ellas, pues, a poco perspicaces que seamos, nos daremos cuenta de la enorme quiebra generacional que existe en las familias en lo que atañe a la transmisión de la fe. El futuro está hipotecado al eterno Enemigo. Una sociedad sin presente ni futuro, una sociedad sin pulso, una sociedad que, en definitiva, no cuenta con Dios es una sociedad desahuciada en todos los sentidos.

Hoy más que nunca, tenemos que reaccionar ante esta dramática situación pues, aunque nosotros nos apartemos de Dios, Él siempre nos persigue con su Amor. Por eso el Año de la Fe no debe de acabar nunca; cada mes, cada semana, cada minuto debe ser una oportunidad para evangelizar, para dejar pasar la luz de Dios a través de nuestros corazones.

La solución a la Nueva Evangelización de Occidente pasa necesariamente por la familia, pues ésta es el núcleo de la sociedad. No podemos permanecer impertérritos viendo cómo el Maligno roba las almas de nuestros hijos y nietos sin que nosotros nos rebelemos; exhalando, en el mejor de los casos, un leve suspiro de resignación. No podemos seguir regocijándonos en nuestra acedia, mustios en las celebraciones religiosas, con las caras desencajadas de sabernos los últimos portadores de la antorcha de la fe en nuestras familias. ¡Hay que reaccionar y pronto!, ¡cuanto antes mejor! Si es preciso, que lo es, ¡ahora mismo! Sabedores de nuestras incapacidades y limitaciones; de que Dios, que ve en lo escondido, no va a permitir que naufraguemos si nos confiamos a Él.

Es el momento de los Padres Católicos Sin Fronteras (PCSF); de todos aquellos que desde los talentos que Dios les ha concedido se sienten capaces de echar la red del Señor en estos grandes bancos de pesca en los que se han convertido nuestras ciudades, en estas periferias existenciales al alcance de la mano. Y como en cualquier otro tipo de salvamento, como es usual, ¡primero los niños! Niños necesitados de una embarcación para su rescate, o al menos de un pequeño tablón donde asirse, que, ¿por qué no?, bien podría venir del auxilio, in extremis, de esos PCSF: acompañando a los menores a misa, recomendándoles lecturas enriquecedoras, animándoles al descubrimiento y puesta en práctica de las virtudes cristianas, dando respuestas a sus primeras inquietudes existenciales y religiosas, arropándoles en la vivencia de la religión católica de cada día, resaltando la importancia de la armonía de cuerpo y espíritu, desapegándoles de las tendencias envilecedoras del mercado o simplemente compartiendo con ellos unos momentos de oración. Todo ello siempre con el S.O.S previo de sus respectivos padres; a los cuales, a su vez, en algunos casos, habrá previamente que ayudar a que pidan esa asistencia, pues pedir no deja de ser un acto de humildad, virtud que en un mundo ensoberbecido no es fácil de encontrar.

El objetivo del voluntariado de los PCSF consistirá, a fin de cuentas, en la mayor de las obras de caridad: dar alimento espiritual al colectivo más desvalido de la sociedad, los niños. Si bien esta tarea se completará con la posterior asistencia y seguimiento de los adolescentes; siempre en la esperanza de que estas semillas de mostaza crezcan y se hagan grandes arbustos para que, ¿quién sabe?, algún día tengan ellos la gracia de servir a otras familias que necesiten anidar en sus ramas.

Retocando desmañadamente el poema de Mario Benedetti “Decir que no”, se podría recurrir al mismo para reflejar con la musicalidad de los versos lo anteriormente descrito.

Ya lo sabemos

Es difícil educar

Decir que no

Decir que Cristo es el primero

Ver que lo mundano forma un cerco

Alrededor de la familia

Sentir que otros

Los peores

Entran a saco en nuestras vidas

Ya lo sabemos

Es difícil

Decir que sí a Cristo y a Su Iglesia

Decir Le quiero

No obstante

Cómo desalienta

Ver bajar la esperanza

Saberse lejos de uno mismo y de sus seres queridos

Primero, dejarles al son de sus emociones y sentimientos

Decirles, más tarde, lo que quieren escuchar sus oiditos

Participar con ellos

Con un orgullo enajenado y ciego

Y ver que un día

Primero despacito, pobres diablos

Ya para siempre pordioseros

Poquito a poco desahuciados

Del amor de Dios y de sus amigos

Para nunca más recuperar

Ese gran tesoro, la fe

Su gran don, el don divino

Muchos de nuestros abuelos intentaron con sus manos en forma de cuenco dar de beber a sus hijos; estos, a su vez continuaron haciendo lo mismo, pero entreabriendo sus dedos, dejando escapar el agua en medio del fuerte estío del secularismo. Los PCSF pueden ser hoy los nuevos cuencos de los que Dios quiere servirse para calmar la sed de agua viva de tantos niños. Quien beba de esa agua, jamás estará sediento.

Ojo avizor, quizás Dios ha puesto a alguno de estos PCFS cerca de nuestros pequeños: no los ignoremos.

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