Padres y educadores cristianos: Maestros que son discípulos (y II)

Me ha parecido conveniente comenzar esta segunda parte copiando las últimas líneas con las que terminaba el artículo anterior, la primera parte de PADRES Y EDUCADORES CRISTIANOS: MAESTROS QUE SON DISCÍPULOS, para que pueda verse fácilmente la continuidad de ambas partes.

Decía así: “El hombre es ser en camino, homo viator, en todas las facetas de su existencia. También en los campos psicológico y espiritual hay que cubrir un recorrido para alcanzar unas metas, también en los órdenes psicológico y en el espiritual avanzamos en zig-zag, y también en esos campos rige el principio de la dualidad”.

Se había dicho también que en educación -igual que en la vida- las cosas no pueden avanzar en una trayectoria rectilínea, sino con un movimiento de balanceo. Ahora toca explicar por qué, por qué la vocación del maestro es dual, por qué tiene que desenvolverse necesariamente en zig-zag, entre dos orillas. Puestos a buscar causas, seguramente encontraríamos varias, pero a mí me basta con señalar una sola: porque el maestro, al tiempo que maestro, es discípulo. La condición educador no le sustrae de tener que seguir siendo educado, de la misma manera que el padre por ser padre no pierde su condición de hijo. Seamos padres o maestros, o ambas cosas, seguimos siendo hijos y/o discípulos. Hijos de Dios en primer lugar, hijos de la Iglesia e hijos de nuestros padres, si acaso viven todavía. Añadamos que en el caso del maestro, este será, muy probablemente, discípulo de otro maestro con más saber y más autoridad que la suya. Y el caso del maestro cristiano, discípulo de Cristo, que no es poco.

De todas las posibilidades que se ofrecen, para no complicar la reflexión, nos vamos a quedar solamente con el hecho de ser maestros cristianos, es decir, hombres y mujeres que teniendo el deber de educar, al mismo tiempo somos discípulos de Cristo e hijos de la Iglesia.

No podemos ni siquiera esbozar ahora todo lo que comporta ser discípulo de Cristo, pero para lo que aquí interesa, digamos que puesto que “un discípulo no es más que su maestro” (Mt 10, 24), el objetivo final, por elevado que sea, no puede ser otro sino llegar a ser como el maestro. Esta es la clave, ser como el maestro. Creo que si se nos hubiera dado a los hombres la potestad de fijar nuestros propios objetivos como discípulos de Cristo, como mucho se nos habría ocurrido aspirar a parecernos al Maestro, pero he aquí que el listón no lo hemos fijado fijado nosotros, sino Él, el propio Cristo, el cual dice que “ya le basta al discípulo ser como su maestro” (25).

¿Te das cuenta, discípulo cristiano, de la inmensa dignidad que se te concede?: Parecerte al Maestro, no. Ser como el Maestro.

La aceptación de este objetivo, ser como el Maestro, nos abre a un mundo de interrogantes, el primero de los cuales se encuentra en responder a esta pregunta: ¿De verdad se puede ser como el maestro? La respuesta afirmativa, que ya está implícita en el versículo citado del evangelio de San Mateo (“ya le basta al discípulo ser como su maestro”) se hace explícita y rotunda en otro evangelista, San Lucas: “No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro” (Lc 6, 40). O sea, que sí se puede, con una condición: que termine su aprendizaje.

La siguiente pregunta nos lleva a preguntarnos por el aprendizaje. ¿En qué consiste? Ese aprendizaje consiste en vivir en comunión con Cristo y vivir en comunión con Cristo es vivir al mismo tiempo su cruz y su resurrección. Ese es justamente el programa de las Bienaventuranzas. En palabras de Benedicto XVI, “las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo [y] son la trasposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo” (Del libro Jesús de Nazaret, p. 101). “En las bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con Él” (p. 102).

No sé si acierto a explicar bien la relación entre los vaivenes del ejercicio de la vocación educadora y la condición del discípulo. Desde que Cristo vino a este mundo, suyo y nuestro, la historia de sus discípulos a lo largo de los siglos y en cualquier lugar de la tierra, es una agonía en el más pleno sentido de la palabra ‘agonía’, una lucha entre la vida y la muerte. Esta agonía ha introducido en la historia una dialéctica  ininterrumplida entre cruz y resurrección que se repite inexorablemente en cada discípulo.  “El poder de Dios -sigue diciendo Benedicto XVI- en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva” (p. 70). La tarea educadora también es una tarea salvadora (aunque hay que entender la salvación en otra dimensión). Ahora bien, sin cruz y resurrección no hay salvación posible. El educador-discípulo habrá de aceptar, por tanto, que sin cruz y resurrección no hay educación. Ahora entenderás por qué sería un error aspirar a llevar adelante una vocación como la educadora, renegando de su cara oscura y dolorosa. Renegar de esta cara dolorosa es renegar de la cruz y eso no es lo que corresponde a un buen discípulo del Crucificado porque dice Él que el que quiera ser discípulo suyo, debe renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (véase Mt 16, 24). Entiendo que te veas tentado -tentado también en el sentido más pleno del término- de querer quedarte solo con las zonas luminosas de tu magisterio o de tu paternidad, pero debes ser consciente de que en esa aspiración es justamente donde introduce su propuesta el tentador. Ahí está la gran trampa, en hacerte creer que no debes renunciar a ti mismo. Esa fue la tentación-síntesis de las tres que sufrió el Maestro y esa es la seductora tentación que acucia a todo educador. La pregunta ¿no puedo ejercer mi vocación solo y siempre gozando de ella?, tiene la misma respuesta que esta otra: ¿no puedo ser discípulo de Cristo sin llevar ninguna cruz?

Una palabra ahora sobre la idea de vivir en comunión con Él. Sobre el hecho de vivir en comunión con otro, el mejor ejemplo que tenemos es el del matrimonio. Vivir en matrimonio (me refiero al matrimonio cristiano, el sacramental) es un misterio que por ser misterio solo podemos explicar parcialmente. Vivir en matrimonio es vivir una sola vida, sin que ninguno de los esposos pierdan su vida personal individual. Es constituirse en una sola carne sin dejar de ser dos personas distintas, con una unión tan singular que cuando el matrimonio llega a cierto grado de madurez, no hay manera de saber dónde empieza el esposo y termina la esposa, y al revés. Es bien sabido que el matrimonio cristiano es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. ¿Signo de qué? De la unión de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, que llevado a la individualidad personal significa unión de Cristo Esposo con el alma esposa. Dicho de otra manera, un discípulo de Cristo es un consorte de Cristo.

Esta es la almendra, este es el fundamento de la vida del discípulo: vivir siendo consorte de Cristo. Esta es la llave del maestro cristiano.

El católico que no está en comunión con Dios porque deliberadamente la rechaza, se cierra voluntaria y torpemente a la acción del Espíritu Santo, con lo cual actuará como hombre mundano. Si ese hombre es maestro, será un maestro mundano y enseñará mundanamente, que quiere decir, ajustado a los criterios de este mundo, el que nos va tocando vivir en cada instante del tiempo presente. Actuar mundanamente no equivale necesariamente actuar mal, pero sí equivale a actuar a ras de suelo, sin sentido trascendente. Pues bien, una educación sin sentido trascendente, que no mire al más allá de las personas que la reciben, normalmente niños y jóvenes, no merece ser llamada educación; una educación que no sirve para la vida eterna, en realidad no sirve para nada. “La educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario”, vuelvo a citar a Benedicto XVI, ahora tomando estas palabras del saludo que dirigía el 17 de septiembre de 2010 a los profesores y religiosos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham (London Bourough of Richmond) durante su última visita como papa al Reino Unido.

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