Palestina avanza aceleradamente hacia su desintegración institucional

Palestina vive su peor crisis interna desde que su presidente, Yasser Arafat, pudo volver al país como consecuencia de los acuerdos de Oslo de 1993, m…

Palestina vive su peor crisis interna desde que su presidente, Yasser Arafat, pudo volver al país como consecuencia de los acuerdos de Oslo de 1993, momento en que se abría la puerta a la esperanza con la concesión, por parte de Israel, de una primera autonomía para Gaza y Jericó. Pero cuando se acerca el cuarto aniversario del inicio de la denominada “segunda intifada”, Arafat ha tenido que afrontar en tres días la dimisión de dos altos responsables de seguridad por una oleada de secuestros, acusaciones de corrupción económica, acciones de grupos armados contra intereses de la propia Autoridad Nacional Palestina y protestas ciudadanas por el nombramiento de un primo del presidente que han provocado, este mismo lunes, la marcha atrás de Arafat. En el momento de cerrar esta edición, el Gobierno del primer ministro Ahmed Qurei, que presentó su dimisión el sábado 17 de julio sin que fuese aceptada, se encontraba reunido para abordar la crisis sin que se descarte una renuncia irrevocable de Qurei. Desde septiembre de 2000, la constante actividad bélica de los grupos armados (Hamas, Al Fatah y las brigadas de los mártires de Al Aqsa) y la respuesta militar de Israel han convertido a Palestina en una zona de altísima inestabilidad que, de hecho, avanza aceleradamente hacia su desintegración institucional.

Esta última crisis estalló el viernes 16, cuando se produjo una oleada de secuestros con la que los grupos armados intensificaban su pugna violenta por un futuro control de las zonas de Gaza de donde el ejército israelí tiene previsto retirarse junto con 7.500 colonos. Los hechos fueron como la gota que colmó el vaso en la debilidad de la Autoridad Nacional Palestina, y provocaron la dimisión de Rashid Abu Shabak y Amin Al Hindi, dos altos responsables de seguridad. Ya el sábado 17, Ahmed Qurei también puso su renuncia sobre la mesa, pero no fue aceptada por Arafat, quien decidió además nombrar a su primo Musa Arafat nuevo jefe de seguridad. Pero la decisión dio paso el domingo 18 a unas protestas, sin precedentes en la historia reciente de Palestina, en las que también apareció el tema de la corrupción política y económica. Los mártires de Al Aqsa, vinculados a Al Fatah, usaron incluso armas contra sedes de la Autoridad Nacional Palestina, lo cual acentuó el caos.

Todo el desorden de las últimas horas ha llegado a alimentar rumores sobre una nueva dimisión del primer ministro, en este caso irrevocable. Sería la protesta más contundente de Ahmed Qurei por la falta de control de la situación. Con todo este panorama, sectores reformistas estarían aprovechando para exigir a Arafat cambios políticos en las instituciones con el fin de acabar con la corrupción. Como ha recordado recientemente el responsable de la Política Exterior europea, Javier Solana, “la Autoridad Nacional Palestina se aguanta (económicamente) por la Unión”. Detrás de esta frase, referida a las cuantiosas ayudas de los últimos años está la idea de que el Gobierno palestino no existe en términos económicos, sencillamente porque el país no genera recursos propios. El enfrentamiento permanente, tanto con Israel como a nivel interno, está siendo la ruina para los ciudadanos del país.

El caso de Palestina es especialmente grave porque está llegando a los niveles de Somalia, donde Estados Unidos decidió intervenir en los años 90 para intentar acabar con la guerra pero tuvo que retirarse precipitadamente por el caos reinante. La diferencia es que Somalia está en África, mientras que Palestina es ahora el principal referente de la siempre tensa situación de Oriente Medio.

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